miércoles, 2 de marzo de 2011

Datrebil

Raúl Renán


Prenda inconsútil.

No tienes forma—

el aire circular

te define con vaguedad

y pone el ejemplo.



Te proyecta

hacia los lados

del espacio

en ti contenido.



Vienes hacia mí

no a mi movimiento

sino a la transparencia

de los gestos

que dicen

quién soy yo

en mi conducta

por la alucinación

de inquietas

apreturas.



Desparramada

entre los escombros

para aumentarlos

en intensidad humana—

tu naturaleza

no se detiene

a fin de no pactar

con la definición.



Ahí donde

lo imperceptible

irrumpe

de felicidad

te atropellan—

saltan

al cielo plomizo

las palomas

que fondean

la catedral.

El vuelo

para qué quererlo

si la atmósfera

se presta

en lo absoluto

como un espacio

de tersa humedad.



La alegría

es la misma

en todos

los elementos

salvo

la geografía

empobrecida

por la destrucción

de sus límites.



Lo tuyo

es la revelación

como en la arena.

Con buenas intenciones

como dicta el coro

valiéndose de los medios

elementales.



La desigualdad

saca tu impulso

de las bolsas

de la diferencia—

hay voluntades

detrás—

severas cuanto aparentes—

pero con llagas semejantes.

En la aventura

lo que previene

no es fantasmal—

viene de ti

por voluntad

que puede gustar

a la nobleza

imperante

en tu mente.



Tu diestra

como tu siniestra

son fuerzas

de un gran

resplandor

enviado

desde arriba

a modo

de designio.



El pacto

entre la lámpara

y la luz—

su autonomía—

son reas

del tiempo

como una pesadilla

recurrente.



El tormento

se sale con la suya—

no hay soplo

que lo apague

en tanto mas hermosa

es su soledad.

*

Sabrás tu nombre.

Apresuro mi alma

para encontrar

la virtud

que te guarda—

y voy sin perder

la vista

estoica arrastrando

tu imagen en sombra

como el camino

anticipado al

infierno—

ese siniestro vértigo

en llamas blancas.



Dónde estás

que no te ve

el agua cayendo

sin quererlo

sobre los telones

que imitan

mis manos

de corta extensión.



Ahí tal vez

donde la quietud

es una voluntad—

estás aposentada

fiel a tu seducción.



Así las oleadas

de la bandera

vuelan

no porque sí—

su soltura

lo manda

a gritos de héroe

que huesos

tendrá en tierra.



El cabello

que blondamente

se percata

de sus oscilaciones—

en él estás

acompasada

a imitación

de los tañidos

de la especie.



Dígase

que es femenina

la ecuación—

sus trazos

y sus signos

van de un lado

a otro porque el efecto

inane la persigue.



El movimiento

equilibrado

pertenece a

los tiempos

matados del planeta—

a las desigualdades

de la distancia

que esconde

la pregunta

al rostro

del pudor.



¡Ah! la superstición

de que los hombres

no pueden

ascender la escalera

descendente—

sino al contrario.



¡Ah! los mitos

de los viejos

porque tienen

que morirse

encerrados

en sus nombres—

sus gestos

y lenguajes

que a propósito

no dejarán

huesos

para que

los monde

la ilicitud.

Y la fe

de las legionarias

que escapan

odiadas por

los lamentables extravíos

de sus competidores.



¿Quién seca

las lágrimas?—

ellas solas

dejan su

humedad

a costa de lo imposible—

las penas

también son secantes.



Improvisadas

las texturas

De improbable                            de inadmisible

imitación                                   imitación

a la piel humana

fabricada

de finito

sobre el tiempo.



Se resuelve sobre nada.

Los resultados

sin culpa

manifiestos

qué otra cosa

habrían sido

en la respiración

de las montañas.



El hombre no

quiere respirar—

en cambio se ordena

volver la mirada

a su costado.



Lo mismo

que el gusano

ondularse

en los agujeros

de sus anillos

y las antenas

que perciben

de la hoja

seca

la amenaza.



La

creación

se sumerge—

se aclara

a oscuras—

se oculta

a millones de ojos—

se despoja

de sí misma—

se arrugan

sus lisuras—

se instala donde está—

se hace microscópica—

se inmoviliza con la noche

como una inmensa

marea.



Y como cada cosa (Le Clézio)

lleva en sí

su infinito

que nos aguarda

la eternidad.



El hecho de que

esté Dios ahí—

de qué nos sirve

la voluntad

reprimida

en los abismos

de la creación.



La idea

de que

todos nos uniremos

peregrinos

en el agua propia—

será el principio

de esta ardua

jornada

a una amarga

desilusión.

La luz se abrirá

en otro sendero

pero tendrá

oscuridad

de la que

seremos

paisaje

iluminado.



¿Dónde estás

para impedirlo?—

porque querrás

salvarnos—

para eso

existes

en la energía

en potencia.



Estás en mi vida

en mi tiempo

aquí sobre ésta

superficie pedregosa

en la cual

me muevo.

Y cada día

que yo construyo

a mano

será mi conquista.



Lo hago

porque habré

de morirme

es decir

inmiscuirte

en mis actos

no importa

la oposición

de los contrarios.



Así es mi voluntad—

un banquete formidable

de dones para amar

y ser amado

es decir

que se llena

para el aparejado destino.

*

Prisionera del tiempo

eres el resultado

por efecto

del deseo—

lo más cercano

a la imagen

de la voluntad

manifiesta

en el gesto

del impulso

y cuando éste

es en sí

revelación—

imperio de un cuerpo—

nobleza que no hiere—

inquieta energía—

rito de los miembros

que nos justifican—

andanza que lleva

al extremo de una

tarea del pensamiento.



Aquí estoy diría—

soy ceniza

felizmente acertada

huella

dinámica.



Te escucho

cuando dices:

Quien tiene

la facultad

de verme—

en mí

se halla.