lunes, 28 de febrero de 2011

Yo no sé qué es un yo


Sònia Hernández

Siri Hustvedt, La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, Anagrama, Barcelona, 2010, 240 p.

A lo largo de toda su obra, Siri Hustvedt (Minnesota, 1955) ha mostrado su interés por todo el brumoso espacio que se extien­de alrededor de la psicología, la psiquia­tría, la neurociencia y demás disciplinas afines. Quizás hasta ahora la muestra más obvia había sido su novela Elegía para un americano, estrechamente ligada a su úl­tima obra traducida al español por Ana­grama, el ensayo La mujer temblorosa o la historia de mis nervios. En la novela, uno de los protagonistas, Erik Davidsen, es psiquiatra y psicoanalista, por lo que la narración se adentra con frecuencia en reflexiones y descripciones propias de su profesión. Además, la historia de Erik y su hermana Inga parte del momento en que han de enfrentarse a la muerte de su padre, la ausencia y el significado de todas las vivencias compartidas.
Más allá de mostrar y acotar los territorios por los que transita la obra de la autora y las estrategias mediante las que transforma la propia experiencia en ficción o en ensayo, la comparación de los dos li­bros sirve para entender el proceso a través del cual Hustvedt ha llegado a un libro tan auténtico como lo es su último estudio. Si bien la sinceridad y el deseo de transmitir un mensaje genuino ha sido una constante en su trayectoria, con La mujer tem­bloro­sa ha superado los límites que parecían im­poner la ficción y el ensayo. Todo cuan­to amé se vio rodeada de polémica porque determinadas personas consideraban que las referencias en la novela eran demasia­do autobiográficas o reales; mientras que, por otra parte, sus ensayos siempre han par­tido de la propia sensibilidad para ex­pli­car y explicarse la evolución de la pintura, la literatura y la sociedad norteamerica­na. Es decir, que la propia autora no ha hecho ningún esfuerzo por tratar de disi­mular que la verdadera y principal finali­dad de su escritura es tratar de narrar el mundo para así poder aprehenderlo y com­prenderlo.
No es otra la voluntad que mueve su úl­timo ensayo, en el que ha trabajado ar­duamente para llegar a explicar por qué razón mientras hablaba en un homenaje a su padre todo su cuerpo empezó a temblar sin que ella pudiese hacer nada por evitarlo, mientras su mente seguía desgra­nando el discurso. De esta manera, ella misma, su presunta enfermedad y su com­portamiento —“yo soy la mujer tembloro­sa”—, configuran la tesis que ha de ser demostrada en este estudio. El interés que siempre ha demostrado por el cerebro, la mente y las relaciones que se establecen entre éstos, así como sus incursiones an­teriores en estos temas, le sirven para acer­carse a un primer autodiagnóstico: histeria o trastorno de conversión. A partir de ahí, pone sobre la mesa todos los estudios, pu­blicaciones, experimentos y teorías con los que intenta buscar la explicación para sus convulsiones. Esta narración está lejos de la prosa sutil, ágil y directa tan propia de sus novelas, y es así porque está buscando el rigor científico de la misma manera que en sus ficciones busca una escritura sin concesiones, que apunta a lo más verdade­ro. No escatima referencias bibliográficas ni farragosas explicaciones teóricas proce­dentes de la neurociencia. Sin embargo, aunque el rigor de la investigación vaya en detrimento de la fluidez de la lectura, con­sigue construir una interesantísima narra­ción de la historia de sus nervios.
A partir de los casos estudiados por los científicos a lo largo de la historia, de Freud a Oliver Sacks, Hustvedt consigue cons­truir un muestrario de los subterfugios, los engaños, los escondites y las amenazas que la mente del ser humano es capaz de cons­truir cuando sufre o ha sufrido un daño anímico o físico. No es difícil que surja la empatía —ahora que tanto se habla de las neuronas espejo que nos empujan a sentir lo que siente el prójimo a quien observamos— ante la lectura de alguno o muchos de los casos estudiados y detallados; porque, en definitiva, Hustvedt consigue construir la narración de la propia vulnerabilidad, que es la de todo ser humano. Por eso siempre sus lectores acaban inmer­sos en su mun­do, en el universo literario que ha creado, a la vez tan propio y tan universal.
La gran pregunta que subyace duran­te todo el ensayo es la que se cuestiona sobre el enigma que rodea la relación en­tre el cuerpo y la mente: Hustvedt acabó de leer el texto de homenaje a su padre sin problemas mientras su cuerpo sufría violentas convulsiones. Así, otros muchos pa­cientes han llegado a sentir esa disociación hasta niveles tan extremos que no recono­cen sus brazos o sus piernas como parte de su cuerpo. A partir de este enigma, se desa­rrollan otras muchas apasionan­tes incógnitas a las que los neurocientíficos, psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas si­guen intentan­do dar respuesta, como la necesidad de crear un doble a quien tras­pasarle nuestras dolencias, la ubicación de facultades como la religiosidad o la creati­vidad en nuestro cerebro o la construcción del yo.
“Yo no sé que es un yo”, afirma Siri Hustvedt en su ensayo tras su inmersión en numerosos estudios sobre la materia. Los enigmas siguen siendo demasiados co­mo para poder saberlo, por lo que la autora puede darse por satisfecha si ha encontra­do una mínima explicación que aporte un pequeño destello a un territorio tan brumoso. En este caso, tanto esfuerzo sirve para llegar a aceptar que la enfermedad forma parte de la propia narradora y que, como tal, debe aceptarla. No llega a saber ni cómo ni cuándo ni por qué la mujer tem­blorosa se instaló en ella, pero sabe que es­tá allí y que sólo por eso le corresponde a ella hacerse cargo de sus cuidados. La aceptación de la presencia de los múltiples agentes y fenómenos que amenazan el equilibrio mental y físico es, a la vez, el reconocimiento de la propia vulnerabilidad, y Siri Hustvedt se ha acercado a esta verdad con una gran honestidad, la de quien acepta acatar las respuestas que reciban sus preguntas, sin trampas ni subterfugios, con el valor necesario para enfrentarse a los resultados que muestran los análisis y las observaciones. Ésa es la sustancia de su escritura, que siempre acaba ofreciendo al lector algún elemento que lo acerca a una esencia genuina.