lunes, 28 de febrero de 2011

El quinto río del Edén


Saúl Ibargoyen

Marco Tulio Aguilera, Agua clara en el Alto Amazonas, Universidad Autónoma de Puebla, México, 2010, 126 p.

Cuando hace unos diez años tuve ocasión de pasar algo más de una semana en la fascinante Manaos, en la juntura del río Ne­gro y el río Solimoes, era inimaginable pen­sar que en este mayo de 2010 Marco Tulio Aguilera me entregaría un ejemplar de su libro Agua clara en el Alto Amazonas. Mi agradecimiento es doble, al menos. Por un lado, el de un lector que ha ido eliminando prejuicios y rescatado al menos una parte de su ingenuidad literaria, o sea que se per­mite rememorar libremente su propio viaje amazónico; y, por otro lado, disfrutar a ple­nitud y sin trabas este viaje que un egocén­trico escritor y científico de 53 años realiza a la Amazonia colombiana cual un Dante guiado por su Virgilio, Mariño Riascos.
Es decir, borro de mi lectura cualquier alusión al autor real, cualquier dato que sugiera su existencia, que si Querétaro o Xalapa, que si Antonia o como la exigen­te esposa se llame, que si la revista científica o la escritura novelística, que si la fidelidad conyugal o el triunfo de la tenta­ción… Todo es realidad, ficción. Todo es frontera de verdor y agua.
Admira la felicidad descriptiva, diría ina­gotable, del autor de este relato de viaje. Autor que asume amplia cultura libresca y científica, lo que resulta una apoyatura invalorable para que este lector se asome a esa expresión del Edén-Infierno de tono detallista en sus enumeraciones adjetiva­das y suculentas de plantas y animales que parecen habitantes de otra dimensión cós­mica. El viajero ha entrado en los reinos de la desmesura atravesando laberínticos ríos, caños, caudales, cataratas, lagos, has­ta el quinto río del Paraíso. Desmesura de lo grande y de lo pequeño, de lo veloz y de lo expectante, de lo tensamente vivo y de lo brutalmente muerto, de lo erótico palpi­tante y de lo hediondamente descompues­to. El lodo, el aire, las súbitas aguazones arden; las estrellas crujen, se desorbitan; la luz solar teje monedas de oro entre las ceibas; la sombra es una espesa sustancia de zancudos; las hojas en el suelo son es­camas de una anaconda mítica.
Y el viajero, coleccionista de vivas le­yendas y escuchante de lo insólito, tenaz escriba en su libreta, necio caminador ha­cia sí mismo, marchador azotado por terro­res y caídas descomunales, hacedor de un futuro relato que tal vez sea el que está viviendo, dialoga con Mariño, su anciano maestro que todo lo sabe de ese mundo que es encontrado y perdido a cada mo­mento. Mundo al acecho, donde los indios huitotos y tikunas, ya alcanzados por in­fluencias “civilizatorias”, continúan su unión mágica con la naturaleza, aunque lejos del supuesto “buen salvaje” de Rousseau que el autor menciona. El viajero, pues, que se mueve en varios tempos narrativos y/o existenciales, suelta relatos dentro del re­lato mayor en un ejercicio de barroquismo necesario: hay mucho para decir, para mo­nologar, más tal vez para pensar, y más también para respirar en esos apretados días: de ahí la novela que, como autor, se promete escribir. Como si debajo de esta crónica viajera estuviera latente otra escri­tura esperando su avatar.
Claro que Mariño es la segunda voz, ya que si escribiera este relato sería la pri­mera, más allá del autor o con él incluido. Aquí este comentarista añade que, en Mede­llín, hace una decena de años, pudo ad­mirar con asombro la danza y el cántico con que los huitotos manifestaban su poesía. Tal añadido se produce gracias al espléndido torbellino en que se convierte la lectura de la gesta amazónica que el libro despliega. Me recuerda mi primera lectura del Ramayana con sus proteicos simios y el movimiento furioso de lo existente, simios que identifico con el monito fraile dedica­do a robar todo lo posible a los excursio­nistas que acompañan a Mariño, al piloto del barco y al autor del relato…
En torno a la pareja autor/Mariño, los demás excursionistas aparecen poco dibu­jados, salvo algunos momentos que se de­dican a Yolanda y al autoritario señor mormón (personajes/personas que podrían entrar en alguna otra narración). Además, son numerosos los personajes menores o que gastan poco tiempo narrativo, pero en su totalidad nada sobra de lo humano. Ah, las semidesnudas musas indias, como fru­tos primigenios de la carne más carne y de la piel más piel… Quizá los fragmentos que el autor se rinde egocéntricamente, en dis­curso libre, fuera de toda consideración confesional o de autocrítica, restrinjan es­pacio al desarrollo de otras presencias real/ ficticias, aunque la justeza de la cuidada descripción, no ajena al retrato instantáneo, las torna casi tridimensionales; esto en función de que la materia narrativa es percibida a otros niveles de sensorialidad y sensibilidad intelectual, es posible que más hondos y menos contaminados por los hábitos urbanos En especial, lo referente a las muchachas indias y a las mujeres re­cordadas en los relatos que, con base en la confianza, intercambian la primera y la se­gunda voz. Lo sensorial tiene su sostén en el olfato: los aromas zoológicos y vegeta­les, y aun los feos olores de la enferme­dad o la putrefacción, atraviesan luces y sombras, anuncian el alba y la oscuridad, delatan la asunción o la consunción de los cuerpos.
En ese cosmos selvático, largamente prehumano, se insertan señales de la rea­lidad exterior que a veces lo invaden. El narcotráfico ha logrado asentarse en ciertos puntos, el “agua clara en el alto Amazo­nas” está amenazada, el añejo conflicto cultura depredadora vs Naturaleza queda establecido de manera inapelable. ¿Podrán salvarse el Edén y su quinto río? ¿Cuánto tiempo llevará esta lucha terminal que no pocos auguran? ¿Cuánto de un ser huma­no muere con la muerte de una alta ceiba o de un delfín rosado? ¿Podrán envejecer en su selva los nietos y los biznietos de las inditas que coquetearon con el autor? Pero el sistema capitalista rapaz y sus derivados son implacables.
De todos modos, para no salirnos del via­je en que el autor ha sabido incluirnos, fal­taría agregar que una experiencia como la narrada puede producir (“asigún” cada cual) la apetencia de una riesgosa incursión hacia el fondo de las entretelas del ánima, donde se acumulan y entrecruzan pulsiones, culpas, miedos, deseos, angus­tias. Este negro hervor de lo interno gene­ra monstruos goyescos difíciles de eludir o anular o transformar, aun por medio de la escritura artística o el psicoanálisis. La na­turaleza amazónica, al inventar delfines, pirañas, caimanes, guacamayas, pitones, monos araña, zancudos… a más de insóli­tas manifestaciones vegetales y minerales, lo ha resuelto en un agua clara donde las muchachas indias duplican su hermosura y su sed sin fin.