lunes, 21 de febrero de 2011

Cuatro poemas

Silvia Eugenia Castillero


LEJOSCERCA

Ya no de amor ni de odio.
Un derramamiento del color en los ojos
de quienes caminan cerca.
Sin escucharse. Un derramamiento de vocales
cuando la gente ríe.
Entre gritos como de pájaros huyentes,
desconcertados, se ve un relámpago a medio
bulevard, un patio con lazos atravesando.
Sin ropa tendida. Ese lejoscerca es una abertura
en medio de la acera. Y pasé apresurada y tropecé.
Y ni Dios permaneció conmigo. Se abrió el cielo
pero de inmediato cerró su movimiento nítido.
Su porosa superficie de paz, o descanso:
lejoscerca. El alma vio un movimiento largo
que desapareció en el mismo instante de haber sido.
A media calle.


EL ALTO CEDRO

El alto cedro se desprende en ramas heridas, ramas desvaneciendo entre savia, ramas ardientes, madera astillada y hueca, vacía su médula por el fuego. Incisivo. El alto cedro posee entre sus ramas un águila, o tal vez un nido de águila, el recuerdo del águila y su nido, el vuelo más alto del águila. No el águila. Posee en la claridad de su brillo, de su incendio, en su propio corazón que arde en cientos de lascas, los rayos del sol, el resplandor del sol, las tribulaciones del recuerdo. El águila madura —en vuelo— alegre en su disolución. Entre el querer y el deseo arde ella, arde en el alto cedro, arde embelesada. En el alto cedro, en el abismo —entre recuerdos— como vuelo de águila. Como en un nido. Arde.


CAUCE

Se apagaron las luces. Apareció con orillas —crudo— un eco. Sonido peregrino, un felino —dirías. Cauce abierto para ofrecerte el mar. No tengo razones —dice. Lo oigo completo, sin palabras, lleva un como mirar por el cauce abierto. Eco y fluido —corriente— es la voz desentendida que pasea. Sin sed. Sin conocer. Une verdad y rudeza. Urde su pizca de asombro con los bordes del agua. Por el cauce, vuelta hacia la nada del día, desaparece.


MIENTRAS

Mientras alistas en filigrana la boca y los dientes tiemblan sin ser vistos, mientras te conviertes en nadie (la voluntad que producía el deseo está muerta). Mientras te pintas la boca detrás del muro y avanzas ligera como cuando ibas a mitad de la noche a la piscina y cruzabas el reflejo de las estrellas. Mientras buscas un argumento en tu cabeza y entreabres los labios, esa nada crece y el todo inunda tu sensación (la voluntad que producía el deseo está muerta). Mientras el rocío del alba te salpica la mirada tus pasos recorren aquella avenida donde el tren para y suben a tu pecho los ires y venires de la memoria. Desde ahí vienes, con la taza de café tocando todavía las comisuras y el olor en los dedos. Cruzas el umbral, te desvistes, te miras sin espejos, sientes la plegaria de los otros (la voluntad que producía el deseo está muerta). Lo sabes todo, lo tienes todo, lo quieres todo. Y terminan tus cenizas en nada.