lunes, 4 de octubre de 2010

Tres poemas

Miguel Gaona

FUNERARIA

a nuestros muertos

hay días en que espero brotes con angustia
de la tierra bastarda en la que hundí tus huesos

lilas creciendo entre tus dedos,
campánulas cuyo perfume arde en tus ojos,
pequeñas yerbas agrietando el asfalto de tu corazón

noches enteras de nardos que asoman el aroma
y yedras incendiando sus verdes multitudes

pero también hay tardes de vino germinal
en que el cielo es el rumbo del que vuelves,
la escalera en cuya cerca te apoyas levemente
bajando hacia nosotros como un ave de presa

en ocasiones, envuelto por las llamas de la aurora,
otras helado —diría que como un muerto—,
y en otras simplemente llamas a la puerta
y entras sin esperar que alguien responda

siempre, en cada uno de estos sueños intranquilos,
de estos veleros crujiendo de ansiedad,
te sientas a la mesa
—tu piel oscurecida, tus ojos amarillos,
tus dolores de tierra arada en las costillas—,
avergonzado por hacerte ver de esa manera

de forma predecible, tu voz pulsa un idioma extraño
y el sueño se disuelve cuando intento besarte

despierto, en esos días, y corro hasta el amanecer,
hasta caerme, hasta volver encima de la tierra yerma
sujetándome el vientre acalambrado

luego espero tus brotes con angustia



DINÁSTICA

estuve preso:
me acusaron de parecerme por teléfono a mi padre,
de usar en algún tiempo la ropa de mi padre,
me acusaron de oler como mi padre, de ser como mi padre,
de preferir algunas cosas
—por ejemplo el blues, por ejemplo el olor de la madera serruchada—
              como hacía mi padre;
                            como hace todavía mi padre

caí de igual modo en ciertos lechos,
huí de mis fronteras, perseguí estrellas en órbita,
tuve algún tiempo el pelo largo (y me fotografié de esa manera)

gusté de la velocidad
—su nave fue el alcohol; la mía fue el deseo, la sangre químicamente impura—,
y tal como él lo hizo yo azoté a mis hijos;
injurié a la sangre que me dejó crearlos,
les alcé un templo abandonado por el amor sangrante que me dejó crearlos

me acusaron de ser como mi padre
y yo me defendí: su cartilla militar sería la mía
si no hubiera su mano pedregosa deformado mi rostro

así fue mucho tiempo, casi toda la infancia,
sin embargo mi madre me reconocía por mis manos:
cuando me recogía en la escuela, yo siempre pendía del barandal, las manos fuera,
como esperando alguna dádiva:
un viejo boxeador colgado de las cuerdas, discurriendo: caer o no caer:
                                                        el rumbo de la sangre es su dilema



APOCALIPSIS, LUEGO

si para entonces ya no estoy, apaga dulcemente la vela
y deja que la oscuridad te arañe con su escalofrío

descorre las cortinas,
deposita puñados de sal en los rincones,
abre tus ojos a cualquier sonido

mira el mundo a través de los cristales,
su danza del horror

se quemarán las rosas del jardín.
tal vez mueran los peces junto a la ventana
al ver caer el mundo, liberados

pero recuerda siempre en ese instante
que estarás a salvo tú, también los hijos

nunca olvides que aunque crujan los muros
no van a desgarrar el tapiz que los contiene,
y aunque se agiten las lámparas,
su iluminado péndulo no llegará a marcar
el fin de nuestro tiempo

salgan más tarde, con cuidado, a caminar entre los riscos

y enséñale a mis hijos el sitio al horizonte
donde el rojo del sol hacía temblar las barcas