viernes, 22 de octubre de 2010

Engranajes

Alejandro Badillo

Góngora y Lemus jugaban cartas en el silencio de la habitación. Un foco ama­rillo, medio muerto, aleteaba. Las manos escondían el juego. Los ojos en la mesa, velados por el humo acumulado, por las nubes que las bocas alentaban. Dis­plicentes, lentos ajedrecistas, a sus piezas. A los dados habían jugado antes. Sin embargo la aburrición, el azar que en ese momento no decía nada, los había conducido a las cartas.
—Es medianoche —dijo Góngora.
—¿Y qué? —respondió el otro
—Ya debería estar aquí.
—A veces tarda —lo tranquilizó.
Los vasos brillosos. Sus orillas redondas y nubladas. El alcohol —apenas diluido en los hielos— los despabilaba. Desde hacía años tenían varias coincidencias: la paz del whisky, su lenta fiebre, su progresivo ascenso a la cabe­za. Lemus tenía una herida reciente sobre la ceja derecha. Góngora, huellas de sangre en la nariz. Los zapatos habían dejado un rastro de lodo en la coche­ra. En la siguiente mano de cartas la herida de Lemus brilló, quizá motivada por las esquirlas de luz, por el semblante descolorido y sin vida. El foco parpa­deaba, casi inservible. Entre amarillos, volutas, las cosas.
—¿Y la maleta? —preguntó Góngora.
—Está en el cuarto
Con codicia miraron el inventario de cartas. Siguieron jugando un rato aunque las nervudas manos los delataban. Los ínfimos movimientos. Góngo­ra, buscando desahogo, se rascaba las sienes. La codicia en los dos, la imagen de los billetes. Después de la última partida Lemus dijo:
—Voy por la maleta.
Góngora inclinó la cabeza. Los ojos grandes siguieron los pasos del otro. Y la inestable luz le carcomía la cara y la sombra de su cuerpo ane­gaba una parte de la mesa. Tan den­sa como un charco, pen­só. Tan ní­tida era, una silueta viva, en la espera.
Lemus regresó:
—Deberíamos contar los bi­lletes.
Los hombres comenzaron a sacar los fajos de la maleta.

El whisky volvió a fulgurar en los vasos. El mantel manchado de la mesa, los motivos frutales medio bo­rrados; los tenedores. La botella menguó, asediada por los ofician­tes. Los escrupulosos habían contado los billetes dos veces. Apilados por denominaciones, junto a los vasos. Por precaución una pistola. La siguien­te partida. Pero los ojos atentos al reloj. Los segundos sin ruido, más lentos. Hecho el tiempo esa noche, para atascarse.
—¿Lo habrán atrapado? —dijo Lemus
—No sé.
—Al menos una llamada.
Acabó de improviso la partida. Los dos se miraron. Las cartas descubiertas y el juego expuesto. Abundantes tréboles y ases. Magro juego. Pocas combinaciones. Las cabezas en dirección al teléfono. La vasta habitación re­producía sus temores. El vuelo de un mosquito, amoroso al halo del foco, era amplificado por el silencio.
Góngora fue a la ventana. Dudó un instante antes de apartar la cortina. Afuera, un camino de tierra, los desperdicios del maíz, perros nocturnos, falenas, desperdigadas luces.
—¿Miras algo?
—Bien muerta, la noche.
Volvió a su lugar la cortina. Las ventanas comenzaban a helarse. El vaho de la noche las opacaba. Intentaron volver a la normalidad.
—Hay que esperar al día, unos horas, nada más —dijo Lemus mirando sus dedos. Las uñas despostilladas fueron a la herida en la ceja. Se concen­tró en la hinchazón, en el ardor que le aguijoneaba el ojo.
Góngora, buscando respuestas, remiró la cocina: en la mesa sólo los inú­tiles reflejos, el ámbito amarillo en todo y los hielos en los vasos, a pesar del frío, desmoronándose.

El transcurso de las horas, una tortura. El whisky en los ojos amilanaba. Ya no había cigarros. Sólo cadáveres en el cenicero, apilados; una solitaria voluta so­bre ellos. Lemus, mirando a la leve, retorcía el cable del teléfono. Imaginaba al ausente, interrogado en una silla, su cara anónima por las bocanadas de una lámpara. ¿Dónde están? ¿Sus nombres? ¿Por dónde huyeron? Lemus casi miraba en la penumbra a los captores. Las voces difusas, los brillos de los ojos; también las placas.
—¿Qué piensas? —dijo Góngora.
—En que no hay mucho tiempo.
—No podemos estar aquí.
Cavilosos consumieron los asientos del whisky. Prendieron el radio en busca de alguna noticia. En vano. Entre la estática, entre las inútiles voces, sólo algarabía y acordes. Caminaron en círculos. Triste carrusel los dos. Pe­rros enjaulados.
—¿A dónde vamos? —dijo Góngora.
En el silencio de la habitación quisieron huir en despoblado, aferrados a la maleta, alejándose de la carretera. Borrarían innumerables pistas, vigila­rían huellas. Atentos al horizonte de la bruma, en el imaginario la llegada de barcos enemigos, peligrosos contingentes. Las heladas respiraciones y la lujuria expuesta en los rostros, incontrolable por los billetes.
—No sé —respondió Lemus.
—Quizá esté cerca de aquí.
—No va a llegar.
Sin alcohol, con los cigarros vueltos humo, nada en la mente. Góngora se acercó a la puerta. El whisky en su cuerpo bullía. Recordó el gesto del desco­nocido mientras lo amenazaba con la pistola. La sangre, entonces, un hervide­ro. Los ojos calientes, tensos los nervios, el torrente que venía de alguna parte y que le abultaba las venas. Recordó que el desconocido, a pesar de la amenaza, del probable fuego, le buscaba la mirada deseando la muerte. El hombre, pensó Góngora mientras huía por la calle, tenía en sus rezos al dios de los prematuros, de las naves que naufragan, de los árboles que nunca crecen.

Lemus, gato apresado, dio una última vuelta por la habitación. Miró a Góngora.
—¿Salimos?
—Espera —murmuró Góngora, después inclinó la cabeza y movió el cuer­po. Los brazos como los insomnes, por instinto, hacia las ventanas. El sonido de un auto llenó la calle. El silencio alrededor era pleno: sólo el transcurrir de las llantas y el resto del andamiaje. Insectos se reunían en las ventanas por la inestable luz. El zumbido de los convocados, murmullo de mucha gente, casi los engañaba.
Los impacientes se miraron. Ganas de romper el reloj, de tomar el teléfono, marcar números al azar, esperar una voz y confesarlo todo.
—Hay que apagar la luz —dijo Lemus.
Hubo en Góngora un poco de incredulidad. Pero el semblante de Lemus no era de nieve. Ahora temblaba y era rico en temores. Oprimió el apagador. El auto pasó a un lado de la casa pero no se detuvo. En las ventanas un último reflejo. La habitación tuvo nuevo peso. A la distancia los objetos zozobraban, inundados por la noche. En el ámbito sólo luz del exterior, muy leve entre los hombres, vagando. Varadas en sus lamentaciones, las figuras. En un sutil ar­tificio, una búsqueda de señales, las manos abiertas y vencidas, como si en ellas el peso de innumerables peces.

¿Había pasado el tiempo? Sentados en la mesa, repletos de oscuridad, ignorantes. La faz de las cartas, manchas de luz entre sus manos. Pensaron en la luna, entre las ramas de un árbol, dejando una cauda. Góngora le contó a Lemus del hombre, de su mirada que todavía lo buscaba. Las consecuencias se encadenaban, infinitas y redondas. Tal vez el hombre lo siguió. Tal vez en la esquina, en el edificio de enfrente. Tal vez la casa, en ese momento, rodea­da por la policía. Góngora decía que imaginaba las voces, los susurros, los pasos. Que la cara del hombre en la faz de las cartas, nítida, mientras jugaban.
—Tonterías —dijo Lemus.
—¿Qué hacemos? —arremetió Góngora.
Miraron las desmesuradas pilas de billetes. Torres anchas, vigías, imagi­naciones. Llevaría tiempo guardarlas en la maleta. A un lado la pistola.
—El otro quizás esté muerto; tu hombre, no sé —dijo Góngora mientras iba a la mesa, motivados los ojos por el metal de la pistola. Lemus, apenas vi­sible, avanzó a tientas, vacío, vadeando los muebles.
—¿Y nosotros? —dijo Lemus.
Góngora apretó los labios. Sin sombra, sólo silueta, indeciso junto a los estantes. Miraba y se relamía y husmeaba el espacio con la tosca nariz. De re­pente quiso consultar el reloj y lo buscó ahogado en el mueble de enfrente, entre las demás cosas.
—¿Dónde está?
—¿Qué?
—El reloj.
Lemus aguzó la vista. Buscó encima del refrigerador, cerca de las llaves, junto al coronado cenicero. Después fue a la mesita de madera, la del teléfo­no, precisa por la luna al inicio de las escaleras. Nada.
—¿Dónde está? —repitió, reclamándose.
Siguieron buscando con una lámpara de pilas. Indagaron los cojines de la sala, cajones inferiores, botellas de cerveza, calendarios. Restos de polvo, por el haz, se descubrían. También los muebles intactos. Las manos de Le­mus abandonaron la lámpara y tantearon. Atentas a la forma redonda, a la retumbante campanilla. Góngora, inútil comparsa, revolvía el aire.

Hartos estaban de buscar cuando escucharon al auto en la calle. El sonido más vivo que antes, el pesado andamiaje, el rechinido, las luces. El resplan­dor a través de los cristales, amarillo, el de un faro. La bocanada tocaba a los hombres. Instantes de ámbar en los rostros, como antes, con el foco. Se en­corvaron por instinto. Las miradas a la puerta, a la cerradura, al improbable giro de la perilla. Pero cuervos en el temblor de una rama, con entereza, esperaron. Bajaron las voces:
—¿Y si es él?
—¿Por qué no se detiene entonces?
—No sé, tal vez desconfía.
—Es la policía.
—Hubiera llamado.
—No tuvo tiempo.
—¿Entonces?
El auto, como la primera vez, siguió de largo. Y destacó el mutismo del teléfono y el hervor de insectos siguió y de nuevo en el punto de inicio. Inde­cisos, sólo en los cuerpos los latidos. Después el aullido de un perro, el frío que ascendía y asediaba los huesos.
—Va a regresar —dijo Góngora.
—Esperan que salgamos —completó Lemus.
—No lo haremos.
Góngora tomó la pistola. En el otro aún perduraba la inseguridad, la sensación de que intensos ojos lo espiaban.

El auto pasó una vez más. Orbitando la casa, sus cortos intervalos, casi im­posible la huida. La desparramada luz. En los cristales el fantasma, la proce­sión entrevista tras los sillones. Y los dos espectadores, fugitivos en su casa, boqueando. Los ojos de pez llenos de asombro. Imaginaban nubes de tierra entre las llantas, por los baches. Incluso intentaron poner un rostro al conduc­tor. El del ausente, quizás un testigo del robo, un policía de bigotes. ¿Iría solo?, ¿con pasajeros?, ¿cuántas armas? Pensaron en una risa bullendo en el auto, justo cuando pasaba frente a la casa. Una risa aguda, carcajada festiva, serpentinas, burbujas en el aire. Y después la luz recorriendo la calle, posada en la ventana, detenida ahí, por instantes, con avidez de insecto.
Góngora sopesó la pistola. El brillo de la empuñadura en los dedos, dimi­nuta luna, alumbraba. Quiso tener un blanco para disparar, quiso chispas en la boca de la pistola, fuegos artificiales; un cuerpo enfrente, a sus pies, humeante.
—Tenemos que contar —dijo Lemus, haciendo a un lado sus ima­ginaciones.
—¿Qué?
—El tiempo en que tarda en pasar el auto.
—¿Piensas en el intervalo?
Góngora asintió en silencio.
Buscaron una hoja de papel y un lápiz. La lámpara avivó muebles, cajones. Como viento apartan­do nu­bes, el haz, en los objetos. Esta­ban listos cuando hubo un problema im­portante: la desaparición del reloj. La ausencia renovó el malestar, una intromisión en la cuidada estrategia, la única seguridad que tenían para aferrarse.
—Tendremos que calcular nosotros —dijo Lemus.
—En cuanto pase empezamos a contar.
—Al mismo tiempo, sin distracciones.
—Muy bien.
Escondidos tras un sillón. Un consumido lápiz entre los dedos, la hoja cuadriculada; las armas. Con nervios, en una trinchera, no hablaron. Sólo faltaba el humo de los cigarros y los sacos de arena. Pero las quijadas apretadas remitían a la guerra, también los ojos devorados por el alcohol, por el forzado insomnio.
Después de un rato escucharon el auto. A la misma velocidad, tiempo suficiente para prepararse, una respiración profunda. Los hombres inclina­ron las cabezas. La velocidad del auto disminuyó, rodaba tan lento que pensaron en el andar de un animal esforzado, en un barco pequeño, suspendido en la inmóvil marea. Góngora, impaciente, enderezó el cuerpo y avanzó un trecho para espiar por los cristales.
—Creo que es un Datsun viejo, color blanco —dijo.
El informe tentó a Lemus.
—¿Distingues al conductor?
—No.
—Regresa, es peligroso.
Góngora se arrastró hasta su posición de combate. A pesar del esfuerzo, del movimiento dócil y cuidado, no pudo ocultar el tintineo de las monedas, inquietas en el fondo de los bolsillos.
El auto llegó al final de la calle y, como antes, dobló en la esquina de­recha.
—Ahora —dijo Lemus.
Empezó el murmullo de números, un rezo vivo en las bocas. A la distan­cia las voces se unían, una sincronía de insectos. Siguieron contando. Las len­guas al unísono, también los labios. El tiempo, sujeto a las palabras, transcurría de otra forma. Más verdadero que el otro, el de los relojes.

El auto volvió a pasar: en el papel diez minutos exactos. La redonda cifra alarmó. La precisión maléfica, de miniaturista, perturbaba. ¿Habían sido ellos? Quizás una sutil maniobra, de los de afuera, en sus bocas.
—Tal vez se dieron cuenta
—¿Qué?
—De que los viste, te vieron.
—No lo creo.
Sopesaron probabilidades, las más fantásticas ganaban. Lo único cierto era la inmovilidad. Estar los dos, en charola de plata, listos para el depreda­dor. Sólo el enroque final y la última embestida. Una señal que así, a oscu­ras, no vislumbraban. Quizá por el jardín, caminando en la azotea. Sigilosos poli­cías en el cerco. Miraron el techo. ¿Volver a contar? ¿Huir ahora? En cóncla­ve meditaron: a favor la semioscuridad, acrecentada por las densas nubes que manchaban la luna. Y después, más seguros, al otro lado de la calle, aprovechar el siguiente intervalo para internarse en despoblado o, en caso con­trario, buscar el amparo de los matorrales. Tal vez, incluso, habría tiempo suficiente para recomenzar o componer el trayecto. Sólo la coordinación, la fortuna del movimiento, el instante preciso, garantizarían la victoria.
—Muy bien.
—Esperamos una última vuelta y nos largamos.
Decididos fueron a la cocina. Miraron las altas torres, las varias deno­minaciones. Lemus puso la maleta en la mesa. Abrió el cierre. Desbara­taron las torres, pronto ruinas entre las manos. Mientras metían los fajos Góngora miró las uñas de Lemus. Destacaban monedas brillantes en la pe­numbra. La del pulgar, un poco más larga. Espolón para la lucha, pensó Gón­gora, para el abordaje.
—Espera —dijo Góngora.
—¿Qué?
—Será muy pesada la maleta para la huida, mejor repartimos el dinero en partes iguales, tengo una bolsa.
Lemus lo miró. La desconfianza era evidente en el otro. El temor de trai­ción, el despojo. La promesa que fácil enceguece, la codicia que despierta. Lemus, sin argumentos para rebatir, accedió con un movimiento de cabeza. Repartieron dos bultos de similar tamaño. Guardado el tesoro, con la carga a cuestas, regresaron a su lugar en los sillones. La conjura en las mentes, sólo una cuenta más, una vuelta más del Datsun blanco. El vibrar de insectos, los nervios, como el anterior temblor en el foco
—No debe tardar —dijo Góngora.
El sonido creciente del motor hizo buenas las predicciones. En el inicio de la calle aceleraba. En una pequeña subida el motor desfalleció, pero acrecentó el brío entre los baches, entre las nubes —también pequeñas— que las llantas del auto despertaban. El habitual recorrido, pensaron los hombres, el último que escucharían. El Datsun blanco, medio cansado, a trompicones, a pesar de todo, avanzaba.
Se acercaron a la puerta. Las coyunturas, los pies ligeros, la sensación de libertad que aturdía e impulsaba. Inclinaron los cuerpos antes de correr. Los hombres, antes homogéneos en la penumbra de la casa, mostraban sus di­fe­rencias en la bocanada. Lemus, un poco más alto, las uñas en filo y la herida que trastocaba la ceja. Góngora, el rostro pulido por el insomnio, los afilados pómulos y la paz de los ojos, a pesar de la experiencia. Como añadido, igual que la herida de Lemus, la costra de sangre bajo la nariz, sombreando roja los labios. En común el nervio del pez que remonta, que va contrario a las aguas y que busca, en el impulso, otro torrente. El Datsun blanco pasó de lar­go y en la cabina hubo breve vislumbre del conductor pero equívoco, como una vaga señal en el cielo o un reflejo percibido en la esquina del ojo.
—Ahora —dijo Lemus.
Abrieron la puerta y comenzaron a correr con sus cargas. En el primer trecho alcanzaron el jardín y cruzaron la reja. Los pies liberados de sus anclas, en el impulso, volaban. La otra orilla de la calle, su promesa en los ojos, en el escape. No miraban al otro. Lemus adelantó un poco pero Góngora em­parejó la carrera. Veloces no eran pero en el ansia ligeros se imaginaban. A breve distancia de la orilla, con el despoblado en perspectiva, la maleta de Lemus se abrió, abrumada por el peso. El cierre había cedido lentamente desde el inicio del escape e, incapaz de contener el cauce, dejó en libertad su contenido. El caso de Góngora fue similar aunque relacionado con la premu­ra en la salida. La bolsa, en un primer instante, había tocado los agudos filos de la reja y, desgarrada, soportó el principio del embate. Pero los jirones de plástico poco pudieron hacer y pronto la fuga de billetes acompañó la ruta de Góngora. El valioso rastro en el suelo. La carga, entonces, granos en un reloj de arena, poco a poco, escapando. Los hombres sólo se detuvieron cuan­do los billetes comenzaron a revolotear. En carnaval los fugitivos aunque la algarabía era solitaria, encendida por el único farol de la calle. Los papelitos, por el viento, casi con vida propia. Algunos husmearon por lo bajo, otros buscaron cielo, a la altura de las ventanas. Los menos afortunados quedaron atrapados, como afiches en la pared, en esqueletos de arbustos y matorra­les. Lemus y Góngora no intentaron recogerlos. En silencio, a la mitad de la calle, testigos de la desbandada. Sin ninguna motivación, extrañamente libe­rados, miraban y miraban. No las casas, no la bruma, no el farol y su sortilegio. Tampoco el despoblado. Concentrados en sus zapatos, en las puntas indecisas por el galope, cubiertas de polvo y alboroto. Después de los zapa­tos alzaron las cabezas y miraron el final de la calle en busca del Datsun blanco. Pero el silencio era pleno y no hubo atisbos de luces.