jueves, 7 de octubre de 2010

Dos poemas

Daniela Camacho

ÁGATA

guardo el canto de la alondra
en la garganta de los melancólicos

escribo una canción de cuna
que haga florecer diamelas en tu sueño
y apacigüe la tormenta

tú vienes de la lluvia
y el color de los gorriones en tus labios
dice aire

vienes de la noche para ser oscura
pero a ti la noche, Ágata niña,
hace tiempo te pobló
la sangre con estrellas



MORIR DE PARAÍSO
(fragmentos)

I
Tu silencio es el lenguaje de la mujer que espera. Buscas un nombre. Una voz que al germinar no se rompa. Hurgas en el sueño de tu amante y con manos insalubres arrebatas frutos de la adormidera. Sobre tus labios, negras semillas recuerdan a los tábanos que enjambran en espera de sus hembras. Poco a poco la temperatura de tu cuerpo se condensa; sobre tu lenguaje se desata el aguacero.

La lengua se bifurca. Dice lluvia y crece una amapola en el desierto. De sus pétalos, el té para aliviar el frío, el hambre.

                                    Tengo miedo de nombrar la arena, de escanciar el vino en la copa equivocada. Tal vez sería más dulce pronunciar la sed, interrumpir el vuelo de libélulas que van hacia tus ojos,
                                   heridas de mis ojos.


Pero es un designio lo que en mí se agrieta.


                                   Mientras te espere


                                                          seré del precipicio.


II
Escuchas. Hay una sonata para oboe pudriéndose en el río. Es silencio y no. Lo ángel de tus ojos ordena los acordes sobre el agua. En tu corazón, un niño mudo ahoga una canción enferma. Aprendes a decir la noche con sus árboles envejeciendo. El aroma de los frutos, afilado, taja el cuerpo de la niebla. Al amanecer, la nota más violenta en el silbido de las oropéndolas predice la llovizna.

Te sueño bálsamo. Gota que desciende en la resquebrajada corteza del almendro. Ámbar lágrima de Dios o roja sangre en el costado de la bestia.


                                                                           Yo construyo para ti un lenguaje, una parva de cristales tan sanguíneos que semejan flores de cobalto.
                                                                                     Digo para ti la transparencia, cincelo el paraíso.


En la desmesura del verano brillarán las hojas, el vocablo que al calor se deletrea.


Nublado y turbulento, sólo tú podrás instrumentar mi silabario.

IV
Vuelves del jardín de los quemados con una magnolia humeante en el lugar del corazón. Se escucha en tu vestido el crepitar de los gladiolos, el trágico gemido de las rosas. Oscuros tulipanes mecen tus cabellos. Ya muertos, despiden un olor a bestias devorándose. Tú sabes que esperar también es un jardín en llamas. Tú sabes que una flor caliente a veces sueña con morir de lluvia.

Quería verlos frutecer en la ceniza.
                                                   Árboles despavoridos.
                                                                                  Abiertas bocas negras.
Quería apagar la flama enrareciendo el vuelo de los pájaros. Hacer callar al violinista.


Pero ya desde mi cuerpo algo agitaba sus pañuelos blancos.
Caía de mi boca la palabra amor muerta de frío.