jueves, 7 de octubre de 2010

Cuatro poemas

Daniel Bencomo
 
 
BORDE
 
Tienes una vida para
comentar sobre el
margen del Libro.
Brilla con ardor la
madurez cuando a
pudrir empieza.
Inmadurez de la acción:
el panadero el artista
el vagabundo. Escribir
en las orillas, tropezar
cuando se llega al filo
al mosto al providente
acorde de la abulia.
Cuando se espuma
en las arenas del final.
Todo escribir es transcribir
el deseo del contenido,
que no es nada. El Libro
está vacío, señores, es
silencio puro, su letra
es blanca y fenicia: la
vida que también es
sorda, muda por el
desliz de lo inefable
o lo mismo.
 
 
 

BODEGÓN CON YERBA Y TICKET DE COMPRA

En la víscera del día rompe la luz.
No toca los objetos, los ciñe a un andamiaje de tiniebla y ácido.

Arde la casa en los ancestros del polvo;
el óxido, la tarde peregrina sobre las horas de un halcón.

Algo inunda la víscera:

Cae la luz tortuosa, gota a gota,
sobre el cráneo la tarde;
del cuerpo
es la navaja,
filo en lo alcalino,
tigre caminando sobre la lista de olvidos:

el único nutriente es el cadáver de un fauno,
la yerba es sólo un plus en esta imagen.

Perdido en el estante de las horas,
como llama bisiesta, el recuento de tus días,

el eco de un galope.



XEROX

para Maurizio Medo

Pues todo merma las ínsulas de lumen, breves naufragios entre el sentido y lo bisiesto. Nada es original en estos tiempos.
¿Sí en el inicio la semilla? Cuando el basalto la gula, cuando el vacío.

Qué tormenta. Afuera la noche muestra sus agallas verticales, branquias
son de otra anterior. La noche nos respira y en su vaho
intoxica al Nos.

En el veneno que retorna, tímpano que brilla no recuerda.

La copiadora da muestras de sal (herrumbre ahí, tejados), las reparte. Xerox es el vértigo de un dios que sueña en clones. Soy una arista de otro Soy que al guano apunta.

Letras se colapsan sobre letras, laja sobre piedra pómex, se imitan: forma espejos. La piel no se repite cuando encalla.

Si nada original en estos tiempos, un Yo saca la mano para decir agua va. En la húmeda y siniestra, por reptante, simple cauda, cae la marea de atomizar semejantes.

Del manglar a los desiertos repta un Ya de sílex. Quien afirma sabe del engaño, quien afirma niega siempre la germinación del oro.

Macerando el jugo por la yugular, este cáliz.


LA HOSTIA QUE LO BORRA

El tigre ya no está, sordo canal de negra miel lo abate. Se abre el no existir dentro de sí, fragmento del monzón sin equilibrio. La nube su reflejo sostiene: máquina de aceite sin volver al camino, filón de precipicio. Lo carcome algo mayor: allá de sus pupilas, hecho mar en brama su canino, adentro a lo Jonás le escurre vida. Otro espectro, huella múltiple, despliegue del desastre. Caminan sobre él, bajo él, entre la luz arañada que ceñía su cuerpo, por el ácido coloquio de su celo. Alteran su muerte, lo desnudan de materia, el tigre ya no está y la hostia que lo borra es un dragón de hormigas. La gente en Bombay acelera los laúdes, lame el hueco del estío y en la televisión naufraga. El tigre ya no está: su muerte eriza la espalda de los ríos, mientras lo llevan silencioso a la panza de la nada.