lunes, 4 de octubre de 2010

Consejos y reprensiones

Daniel Saldaña París

Extraviarás tu camino varias veces. Entre la repetición y el salario, no encontrarás motivos para el canto. Aún así, buscarás lo más sagrado en la renuncia, en el tono amarillento de las cosas, en la disolución del entusiasmo.
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Si vienen hacia ti las premoniciones, arrópalas con el gesto, aun cuando tu gesto no contenga la intensidad ni el sentido.
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Habrás de hacer oídos sordos al ronroneo de los electrodomésticos. Puede costar, pero la forma de las manchas dictará una música más tuya.
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Te dirán que tu inocencia está cifrada en lo sencillo.

Atiende esas palabras, pero despójalas del tono categórico y conserva solamente una fruición por sus vocales; en esta necedad residirá tu venganza.
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No finjas demencia. Reconoce que te llenan de placer algunos ruidos. No te hagas el sueco. Cuando escuchas aquello de “tengo una suerte loca” y “tus playas lejanas”, una suerte más loca que el incendio te recorre el espinazo. Te gusta cantar de noche. Te gusta que ascienda un olor a fruta desde el departamento de abajo. Y dices cosas como “el alma anestesiada” para crear desconcierto.
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Ya sabemos que te deleita la opacidad de las comas. Pero plantéate decir sin tachaduras lo que te dejó esa tara: la violencia del trayecto en teleférico (Santiago de Chile, finales de mayo). Ponle fecha y lugar a ese doblez de tu ego.
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Estás forzando las cosas.

No eres un diletante de los significados. No eres medi­tabundo ni pones demasiada atención a lo que ocurre en las calles. No buscas un centro. Aprende la quietud amenazante de las bestias. Ponte en su sitio.
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No te interesa la risa frente a los ventiladores. Hablas por hablar de las rosas, de los famosos nenúfares.
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Balbucearás argumentos cuando te digan que se te acabó el veinte. Algo sobre las ventajas del desencanto, sobre la virtud de decepcionar y decepcionarse. En el fondo, sabrás que tienen razón: que no hay nada que hacer. Ahora que lo has dicho puedes quedarte tranquilo. Repartir insultos. Escribir “nenúfares”.