viernes, 8 de octubre de 2010

Bibliotecas propias y ajenas

Adolfo Castañón

A lo largo de mis más de veinte mil días, me ha tocado ser custodio o propie­tario de algunos libros. Los he comprado y recibido. Los he regalado o donado.
Nací en una casa biblioteca. Mi padre era lector voraz, y mi madre no se quedaba rezagada. Cuando él murió durante del eclipse total de sol del 11 de julio de 1991, ya habíamos tenido tiempo de conversar y de convenir co­mo amigos en que la biblioteca de la casa se iría a la Universidad Nacional Autónoma de México. A él le hubiese gustado que su biblioteca se fuese a la Facultad de Derecho pero finalmente se quedó en el Instituto de Investiga­ciones Jurídicas de la UNAM. Aquella biblioteca de mi padre ascendía a unos veinte mil volúmenes legendarios en los que convivían la historia de México, la de América, la de Europa, incluida España, algo de la de Asia, la filosofía, las novelas policiacas de la colección El Séptimo Círculo, la Filosofía Polí­tica, el derecho en sus diversas ramas, las enciclopedias y un caudal de literatura contemporánea. Y notando esa biblioteca de don Jesús Castañón Rodrí­guez, fue para mí y mi hermana gimnasio, arena, teatro, lugar de estudio y juego.
Desde antes de casarme en 1975, a los 22 años yo ya tenía mis propios libros que no eran siempre los que le pedía prestados o “robaba” a don Jesús. Aunque lo acompañaba a las librerías, sobre todo las librerías de viejo, as­piraba yo a explorar las cosas por mí mismo, como cualquier jovenzuelo. He dicho en algún apunte anterior cuán importante fueron para mí infancia dos libros: Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram, y la biografía de Arthur Schlei­mann, el polémico descubridor de Troya y del palacio de Cnossos. Esta afición temprana a la arqueología me llevó luego a leer libros de antropología, en particular La rama dorada, de sir Ja­mes Frazer, que durante el año de 1968 fue una de mis lecturas de cabecera, como se recuerda en el poema extenso Recuerdos de Coyoacán. De Frazer salté años más tarde a interesarme por otro antropólogo: Claude Lévi-Strauss, cuya lectura me fue sugerida por un maestro al que tuve la triple fortuna de seguir antes de conocerlo personalmente, de trabajar y colaborar con él una vez que lo conocí y de concluir la tarea de editar sus Obras completas una vez que murió: me refiero a Octa­vio Paz. Debo decir que en la semilla de mi primera biblioteca y luego en todas las que he tenido a mi cuidado, siempre han estado presentes las obras de Octavio Paz, y no sólo sus obras sino las de los autores que él sugería, recomendaba o aun descalificaba.
Pasé a leer al autor de Tristes trópicos y de Mitologías. Casi inmediatamente después descubrí a Roland Barthes, Michel Foucault, Maurice Blan­chot, Pierre Klossowski, Pierre-Jean Jouve, Raymond Roussel. Leí y releí Las palabras y las cosas de Michel Foucault, y recuerdo haber hecho un cuadro sinóptico para entender su peculiar historia de las ideas, entre episteme y ta­xonomía. También leí fascinado La historia de la locura en la época clásica y El nacimiento de la clínica.
Volviendo más atrás, debo precisar que mi primera biblioteca se encon­traba en un sótano que mis padres habían mandado construir desde que hi­cieron la casa. El sótano tenía un ambiente peculiar. Además de su oscuridad natural sólo matizada por la luz que entraba por la escalera exterior que lo conectaba con la parte exterior de la casa, aquella pieza era todavía más os­cura pues yo había decidido ponerle unas cortinas de terciopelo color púrpura. Aquella pieza subterránea tenía algunos libreros, un escritorio, sillas, un sillón y una cama; yo le había puesto como adorno poemas de Baudelaire y Edgar Allan Poe que yo mismo había transcrito con torpe caligrafía sobre hojas de papel albanene recortadas y pegadas sobre varitas de madera. En ese es­pacio subterráneo mis amigos de aquella época y yo —Coral Bracho, Marce­lo Uribe, Alberto Ruy Sánchez, Margarita de Orellana— leímos en voz alta algunas páginas de la historia de la cultura griega de Jacob Burckhardt y el ensayo de Georges Bataille sobre las cuevas de Lascaux publicado en la re­vista Tel Quel. Entre tanto, arriba, la biblioteca de mi padre crecía de una for­ma inquietante: cada día él llegaba a la casa con paquetes de libros. Cuando no había ofertas en la Gandhi, era domingo e iba a la Lagunilla o era viernes y traía libros de las librerías de viejo. Ir a recorrer librerías de novedades o de libros viejos era como ir a buscar chácharas, era parte de un estilo de vida. Para mí, era casi inconcebible que mi padre llegara a la casa sin traer un li­bro, alguna adquisición reciente. Yo heredé esa costumbre de la cual no me ha costado trabajo deshacerme porque no me interesa perderla. Cuando mi ma­dre murió, el 19 de junio de 1987, fuimos al día siguiente a comprar libros usados a la librería que tenía don Ubaldo López en la colonia Doctores.
Recuerdo que en aquella ocasión compré una colección que aún conser­vo: los numerosos volúmenes de Histoires d’amour de l’historie de France de un tal Guy Breton, publicados por Les Editions Noir et Blanc, en 1958. Quizá con esos libros amorosos quería yo consolarme de la pérdida trágica de mi primer amor: María Estela Morán Nuñez, mi madre.
Pero vuelvo al sótano, el lugar mítico a mis ojos en que tuve mi primera biblioteca: ahí leí las vidas de Ricardo Flores Magón, de Praxedis Guerrero y de Librado Ribera, los santos anarquistas mexicanos. Las biografías de Ba­kunin y del príncipe Kropotkin, la vida de Chopin por André Maurois; ahí también descubrí a Sören Kierkegaard… Allí leí y releí Las flores del mal de Charles Baudelaire en el original, además de las obras del propio Marx y de Trotski en la traducción del poeta Eduardo Marquina, y en el original los cuentos de Edgar Allan Poe y en la traducción de Borges el Orlando de Vir­ginia Woolf y una muy gruesa exposición del pensamiento de Karl Marx hecha por el jesuita francés Jean-Yves Calvez, publicada por Taurus, también ahí leí las novelas del Marqués de Sade —Justine y Las ciento veinte jornadas de Sodoma.
Pero no todo ha sido bibliotecas sedentarias. Entre 1973 y 1974 hice un viaje a Europa y Medio Oriente que duró más de un año. Llevaba yo poco dinero, poca ropa y, previsiblemente, muchos libros: aunque parezca mentira, anduve cargando por Francia, Italia, Grecia, Israel, Turquía y España, los tres volúmenes del Cicerone de Jacob Burkhardt, La tumba sin sosiego (The unquiet grave) de Cyril Connolly, Manhattan Transfer de John Dos Passos, Le bain Diane de Pierre Klossowski y El castillo de Franz Kafka en traducción inglesa. Algunos de estos libros los adquirí durante el viaje, como The unquiet grave de Cyril Connolly, una obra que he leído y releído a lo largo de los años. Gracias a Connolly descubrí a Chamfort, a La Bruyère y a Pascal, que me han acompañado siempre. Debo a Huberto Batis y a Juan García Ponce el haber compartido como en secreto desde aquellos años las obras de Pierre Klossowski y de Rainer María Rilke. Durante aquel viaje por Europa, Gre­cia, Turquía e Israel, otros de los libros que me acompañaban eran Los cua­dernos de Malte Laurids Brigge y Las cartas a un joven poeta de R. M. Rilke. También iba leyendo libros que me prestaban o que encontraba por ahí: la saga de Los comunistas, de Louis Aragon, cuya Semana Santa, inspirada en la vida del pintor Thèodore Géricault había yo devorado años antes. Otros libros prestados que recuerdo haber leído en ese viaje fueron las novelas de François Mauriac, en particular Nido de víboras y luego Pnina y Lolita de Vladimir Nabokov. Uno de los libros que adquirí en aquel viaje inicial e iniciático todavía me acompaña: es el Concise Oxford Dictionary, que además de las definiciones incluye las etimologías y permite reconstruir a través de sus acepciones la historia de la lengua inglesa. Cuando volví a México a media­dos de 1974, me volví a encontrar con mis libros de juventud y adolescencia y previsiblemente seguí adquiriendo y acumulando ya no sólo libros sino también discos. De hecho, para mí, biblioteca y discoteca son como las dos alas del Ave Rok llamada imaginación. En cuanto regresé de aquel viaje, me puse a trabajar en varios sitios a la vez como ahora y seguí acumulando libros en español, francés e inglés y luego en portugués, italiano, latín y griego. Obras todas éstas básicamente de literatura, poesía, novela, cuento, ensayo y a veces teatro. A fines de 1974, tuve la fortuna de adquirir parte de una hemeroteca valiosa: la de Alfonso Junco, quien había donado su biblioteca, creo, al tec de Monterrey. Las cultas autoridades de esa institución tuvieron que aceptar el donativo pero pusieron una condición: no aceptarían revistas. Yo no sé cómo me enteré pero pocas horas después estaba yo en la casa del fallecido escritor buscando las revistas. Ma­rie y yo hicimos varios viajes con la cajue­la (de un Ford Falcón verde modelo 1962) llena de publicacio­nes periódicas. Al final me encontré con un tesoro que incluía la revista Contemporáneos, Sol y Luna de Leopoldo Marechal, números suel­tos de Sur —de la primera épo­ca—, la valiosísima colección de la revis­ta de literatura comparada de la Universidad de Oregon, Estaciones Arbor, la Revista de las Indias de Ger­mán Arciniegas, Cruz y Raya de Jo­sé Bergamín, Hora de España, la Revista de la Universidad de Antioquia, Aso­mante de Puerto Rico y quién sabe cuántas publicaciones más que se iban añadiendo a las que mi padre tenía en casa como eran Cuadernos Ameri­canos, La Palabra y el Hombre, Historia Mexi­cana, Dianoia. Pero pronto, en 1975, dejaría la casa de don Jesús Castañón y de Estela Morán, mis padres, para irme a vivir en compañía de Marie mi esposa que llegó a México el 29 de julio de 1974 y con la que me casé el 11 de abril de 1975. Al principio como que teníamos pocas cosas pero pron­to los libros, los discos y las revistas fueron creciendo: gracias a Marie empecé a comprar todavía más litera­tura francesa y a suscribirme a publicaciones co­mo el Nouvel Observateur y luego Le Point, la efímera, o L’Evénement du Jeudi. Además, desde que em­pecé a trabajar para el Fondo de Cultura Eco­nómica, editorial cuyo nombre es enigmático, empecé a conocer revistas a las que luego me suscribí y sigo suscrito como el Times Literary Suplement, el New York Review of Books, La Quinzaine Littéraire, La Novelle Revue Fran­çaise, el London Magazine. La traducción del libro de George Steiner fue para mí formativa: no sólo hice cuatro versiones de la traducción, empecé a comprar un montón de diccio­na­rios de todo tipo —de filosofía, de religio­nes, de historia, de flores, de árbo­les, de piedras y metales, de heráldica, de mitolo­gía, de cocina— y además, cuando era posible, las obras diversas a las que se refería el ensayista. Si Steiner citaba a la poeta francesa del renacimiento Louise Labé, yo no paraba hasta adquirir las obras; si Steiner citaba a Ovi­dio, yo me ponía a coleccio­nar libros de este poeta latino con vistas a encontrar la mejor traducción para ci­tarla en mi propia traducción. Con ese método obviamente mi biblioteca dio un gran estirón. Y con ese mismo método —reu­nir en mi biblioteca todos los libros que citaba un autor al que estaba yo traduciendo— fui enriqueciéndola a medida que traducía libros sobre Baruch Spinoza, Jorge Cuesta, enciclo­pedias y diccionarios, Rousseau. Pero una bi­blioteca no solo se define por lo que acumula sino también por lo que se qui­ta o desprende de ella. Y mi bi­blioteca, que debe tener alrededor de diez mil volúmenes, es el acervo sobre­viviente de varias bibliotecas de las que me he ido desprendiendo a lo largo de los años. La primera biblioteca en importan­cia de la que me desprendí fue aquella legendaria de varios miles de volúme­nes que había acumulado mi pa­dre a lo largo de los años. Poco antes de que muriera dejó establecido en su testamento —con la conformidad de mi herma­na y la mía— que el conjunto iría a dar la Universidad. Unos cuantos meses después de su desaparición entregamos al Instituto de Investigaciones Jurídi­cas aquel valioso acervo que incluía una amplia sección de libros en varios idiomas de y sobre Maquia­velo, ediciones príncipes de Marsilio Ficino y Alexis de Tocqueville, una colección amplia de obras de historia y de literatura me­xicana, muchos libros de teoría política y de derecho. La ceremonia de entre­ga fue muy emotiva e hice concesión de aquella biblioteca leyendo un discurso sobre la figura y la biblioteca de mi señor padre. Otra biblioteca que he teni­do el privilegio de do­nar es la que está alojada en los 71 volúmenes negros de la biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra en su primera edición, una obra muy valio­sa que compré en una librería de viejo y de la que tuve que deshacerme du­ran­te una mudanza. Se la entregué hacia 1981 a la Coordi­nación de Humanidades dirigida por el poeta Rubén Bonifaz Nuño. Me arre­pentí y decidí rehacer la colección con los libros que más me interesaban. Unos años más tarde también me deshice de una buena cantidad de obras de sociología y mexicanismo al donarla a la delegación Benito Juárez. Duran­te los casi treinta años que trabajé para el Fondo recibía yo cantidades de libros, entre los publicados por el Fondo de Cultura Económica y los de otras editoriales. Casi nunca me que­daba con esas obras, pero tenía cuidado de que no se perdieran los libros. Iba yo acumulando paquetitos con obras de literatura, filosofía, ciencias o libros para niños, y los iba donando a diversos lugares y bibliotecas. Debo haber he­cho por esos años no menos de cinco donaciones de alguna magnitud para el Distrito Federal, Oaxaca, Chiapas y Morelos.
Pero ¿cuáles son realmente las líneas en que está organizada mi biblio­teca? Hay en primer lugar un librero atestado de diccionarios en todos los idiomas. Ahí destaca una obra que ha sido para mí clave: Le Grand Diction­naire de la Conversation, una obra de referencia publicada a mediados del siglo antepasado y que es uno de los libros más divertidos y excéntri­cos que conozco. También está por ahí la Enciclopedia Británica, una edición de 1949 y muchos otros li­bros de referencia como el Gran Dic­cionario de Mitología Celta que me ha sido muy útil para leer a Jorge Luis Borges, Corominas, Au­torida­des, Le Grand y Le Petit Robert for­man parte de ese conjunto.
En un librero contiguo están Michel de Montaigne y El Renacimiento Francés: los diversos libros de y so­bre Montaigne, las numerosas y diversas ediciones de los ensayos, la colección de los Montaigne Studies publicados por la Universidad de Chicago, los cuadernos de la Société Internationale des Amis de Montaigne. Ese núcleo montañesco es una de las vértebras de mi bi­blioteca. Junto está Jorge Luis Bor­ges con sus cuatro bibliotecas: la biblio­teca personal, la biblioteca de Babel, todos los libros escritos por Jorge Luis Borges y muchos de los libros que se han escrito sobre él. Cerca están algu­nos ingleses preferidos que están aparte de los libreros ingleses propiamente dichos: ahí está Virginia Woolf, Nancy Mitford, Vita Sackville-West, lord Acton, lord Maculay, Shelley, Keats, Ki­pling, Byron, Muriel Spark, Annita Brück­ner, Robert Graves y, como si fuere una inglesa, uno de mis amores literarios, Isak Dinesen/ Karen Blixen. También en ése el Quijote y Antonio Machado en las ediciones que hizo José Bergamín para la editorial Séneca.
Hay por supuesto libreros de literatura española, portuguesa, francesa, italiana, alemana, rusa, griega, latina, una sección de libros esotéricos y orientales que incluye 101 versiones diversas de Las mil y una noches y mu­chos, muchísimos libros de poesía china, japonesa, persa, árabe, mozárabe, hebrea.
Pero quizá la sección más importante de mi biblioteca, aparte de la sec­ción mexicana, sea la que corresponda a la literatura e historia hispanoa­mericanas.
Tengo una gran pieza de ocho metros por seis. En ella se despliega, desde el piso hasta el techo, es decir a dos metros y medio de altura, un librero que cubre de pared a pared el muro con sus estanterías. Y ahí están en hileras de hasta tres y cuatro los libros relacionados con His­panoamérica. Los tengo acomo­dados por países y regiones: Argentina, Bolivia, Brasil, Co­lom­bia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, Guatemala, Haití, la literatura del Caribe, Nicaragua, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay, Venezuela. Y persona­jes de América como Colón, Humboldt, Bolívar. Hay revistas, biografías, libros de historia y de filosofía pero sobre todo poesía, cuentos, novela, memorias. Los autores más ricamente representados ahí son Rubén Darío, Pedro Henrí­quez Ureña, César Vallejo, Jorge Luis Borges y todo el grupo de Sur —Bioy, Silvina, Bianco, Peyrou, Mastronardi, Murena, Barrenechea—, Julio Cortázar, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Eliseo Diego y Eliseo Alberto. Esta parte de mi biblioteca la he ido a cosechar in situ a las librerías latinoamericanas de todo el mundo. Muchos libros provienen de la gran Pulpería del Libro que en Caracas dirige el señor Castellanos, otros vienen de la librería el Virrey de Lima, otros del Carnero de Bogotá, otros más de la Librería Fuente-Taja de Jesús Ayuso en Madrid o de la librería Delfos que dirige un peruano también en Madrid y muchas, por supuesto, de las librerías de viejo de la ciudad de México, de los hijos de don Ubaldo López, con Mercurio a la cabeza, o la de Enrique Fuentes, la Librería Madero o la Librairie Espagnole de París. Vivo con el sueño de llegar a poseer la que quizá sea una de las bibliotecas latinoamericanas más completas en México y quizás en América misma en ciertos aspectos histórico-literarios. Muchos otros libros me han sido regala­dos por los autores y los editores, a veces en las ferias de libros, a veces en simposios, festivales o congresos, algunos están dedicados.
Al mirar las paredes de mi biblioteca, no me pregunto realmente si he leído todos esos libros sino si realmente sé lo que tengo en los anaqueles. Compruebo con alguna regularidad que tengo libros duplicados. Hoy mismo, cuando escribía estas líneas, comprobé que tenía repetida una Antología de la poesía clásica china publicada por Gallimard.
Lo más incómodo es descubrir que se tiene repetido un libro de alguien, dedicado por él en dos o hasta en tres ejemplares.
En algunos casos, la repetición de los ejemplares puede ser deliberada. Por ejemplo, debo confesar que tengo cuatro juegos de las obras completas de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Jorge Luis Borges, Platón, Ortega y Gasset, Montaigne y Cervantes, cuatro veces el Diccionario de la Real Academia, el Diccionario Larousse y el Oxford Con­cise Dictionary. Esos cuatro juegos están alojados estratégicamente en la casa donde vivo, el estudio donde trabajo, la de los fines de semana y la casa de mis suegros donde paso las vacaciones cada año. Otra causa para tener libros repetidos es de índole filantrópica. A veces me he encontrado en librerías de viejo y puestos de libros usados ejemplares de libros escritos por maestros o amigos, digamos un libro de… dedicado a…, quien es también mi amiga.
Tengo así algunos ejemplares duplicados que voy administrando y que guardo para la ocasión en que el dedicatorio o el dedicante autor me inviten a su casa. Llego entonces con el libro escondido bajo el saco y lo deslizo sin que nadie se dé cuenta en alguna estantería de la casa del amigo regalado o regalador. Esto me lleva a recordar otra práctica que acostumbro con los libros. Me refiero a la institución benévola y divertida del anti-robo. Consiste en llevar un libro desde la casa propia hasta la librería. Una vez ahí, se identifica el sitio en que debería estar dicho ejemplar y, sin que nadie se dé cuenta, se pone en la estantería.
Otras secciones muy gustadas y preciadas de mi biblioteca son la que corresponden a la cocina, la bebida y la alimentación. Ocupan un librero gran­de en el estudio. Ahí está la Historia mundial de la alimentación de la Uni­versidad de Cambridge, el Larousse Gastronomique, la Historia del vino de Garriguer, varios libros sobre vinos franceses, italianos o españoles, libros so­bre tequila, el mezcal, el vodka, la colección completa de los cinco sentidos de Tusquets, los libros de Kurlansky sobre la sal y el bacalao, la colección de rece­tarios y libros sobre la alimentación de Alianza y sobre lo mismo en Le livres de Poche, además de obras curiosas como el recetario de cocina veneciana realizado por el cocinero amigo de F. Fellini que preparó el banquete de La gran comilona y, por supuesto, el recetario manuscrito de mi bisabue­lo Morán (1883) y ejemplares de las tres ediciones de mi libro de cocina Grano de sal.
Otra sección de mi biblioteca es la de los diccionarios: la parte más im­portante aquí son los doce tomos del mencionado Gran Dictionnaire de la Conversation, los tomos del Gran Robert, el Corominas, el Diccionario de Autoridades, los diccionarios históricos de la lengua francesa, las enciclope­dias de las religiones, de la política, de la terminología bancaria, los dicciona­rios de plantas, animales y rocas y, por supuesto, los libros de regionalismos hispanoamericanos, los diccionarios de literatura, las efemérides.
Finalmente, quiero hablar del librero central de la Capilla Adolfina. Ahí está, como ya dije, toda la cadena montañesca pero también las obras completas de Thomas de Quincey que son uno de mis grandes placeres como bi­bliófilo. Son más de veinte volúmenes encuadernados en piel y tienen un olor peculiar. Conseguí estos libros gracias a Diego García Elío, quien me dijo que ahí estaban. Cuando estoy aplastado por alguna inquietud o deprimido por al­guna circunstancia, me basta abrir de par en par uno de esos tomos —por ejem­plo el Suspiria de profundis de The posthumous work, edited by Alexander Japp, London, 1891— para recobrar mi estado normal. Pero además de li­bros, hay en casa discos, cientos, quizá miles de discos. No todo es música clásica: tengo música iberoamericana de todos los países, músicas africanas, místicas, primitivas, modernas, rock, jazz, blues, óperas y, desde luego, li­bros leídos, dichos en audio: desde los típicos discos de Voz Viva hasta casos un poco más rebuscados como Ezra Pound, Apollinaire, Dylan Thomas, Dante leído por Carmelo Benne, Eudora Welty, William Butler Yeats y una colección de los sonetos de Shakespeare grabados por distintos actores e intérpretes.
Acaso la biblioteca más importante de entre las que me ha tocado conformar no sea ninguna de éstas sino, si se puede llamar así a la biblioteca que fui armando casi sin querer y jugando cuando era casi un niño, desde que en 1975 entré a trabajar al Fondo de Cultura Económica gracias a David Huer­ta, mi amigo, y Jaime García Terrés, el poeta y políglota, me permitió colaborar con la editorial debido a mi frenética capacidad de lectura y a los sedimentos que ésta iba dejando. Mi primera faena ahí fue la de leer un centenar de novelas para el concurso de Primera Novela, organizado por el Fondo de Cultura Económica del cual saldría un ganador: Luis Carrión Beltrán con El infierno de todos tan temido. El jurado que premiaría la novela estaba compuesto por Ramón Xirau, José Miguel Oviedo, Juan Goytisolo y Carlos Fuen­tes. Los conjurados que habíamos hecho la preselección éramos Daniel López Acuña, David Huerta y yo mismo. Ese primer ejercicio de esgrima sería con el tiempo de gran utilidad. El entrenamiento intensivo que supuso me obligó a leer con velocidad y claridad, a dar cuenta de mis pareceres críticos, razo­nán­dolos lo mejor posible y entrenar, como si fuese un perro cazador de trufas, mi olfato literario y crítico.
Entre 1975 y 1985 leí entre cuatro y cinco libros por semana para la editorial: muchos de ellos no fueron publicados, otros estuvieron a punto de serlo —un punto intenso como una línea en el tiempo— y otros más se publi­carían aunque sólo fuese una vez. Otros más y no son pocos, se siguen reedi­tando. Un editor sabe, como el jardinero, que el libro que realmente formará parte del catálogo —el de la biblioteca de la editorial— es el que tendrá la suerte de ser reimpreso. Todas estas categorías llegaron a formar parte de mi biblioteca personal, no en el sentido material sino moral y orgánico. Pero los más importantes entre ellos son los libros que adoptó la editorial, surgidos no necesariamente de mis ideas y sugerencias sino de la conversación con los otros autores y editores. La lista de esa biblioteca sería demasiado extensa para citarla aquí pero se puede dar algunos perfiles generales. En la lista deberán aparecer también y por fuerza las obras que hice mías y me apropié por virtud del trabajo editorial. En primer término aparece la edición del poema extenso Pasado en claro, de Octavio Paz, cuya edición me tocó cuidar en colaboración con Ana María Cama.
Luego vendrían los libros de helenistas e historiadores de la anti­güe­dad clásica publicados por el Fondo de Cultura Económica como son los de Cochcrane, Burkhardt, Mommsen Shotwell, que me sirvieron para cocinar el poemario satírico titulado El reyezuelo, en homenaje al periodicucho auspiciado por El Condor, en la novela Heliópolis de Ernst Jünger. La lista sería extensa y agobiante, acaso interminable. Los puentes que unen a los vivos con los muertos están hechos de letras, como sabe cualquier autor de obituarios y necrologías, incluso cualquier historiador.
De ese vaivén está tejida el alma de los hombres, es decir de aquellos seres leyentes que se pueden llamar —no hay otros— humanos.