lunes, 6 de septiembre de 2010

Autobiografía órfica



José Homero
Julián Herbet, Pastilla camaleón, Bonobús, 2009, 120 p.

La poesía es eco. Carl Sandburg, en una sentencia famosa, escribió que “La poesía es un eco invitando a bailar a una sombra”. La condición resonante, vestigio que im­pregna la memoria y se disemina por el discurso como un olor pronunciado que se adentra adensándose en las cámaras, a menudo se ha asociado, casi de manera úni­ca y por ello reductiva, con la coincidencia de los sonidos finales de los versos, cuya asonancia o consonancia determinan mu­sicalidad. Compás que permite la mnemo­tecnia, según explicara Walter Ong.
Ciertos poetas han procurado extender esta condición musical y en vez de la percusión en los fines del verso prefieren las resonancias en la abertura/obertura. No es casual que quienes eligen esta vía prefie­ran el versículo o la prosa a los poemas de lindes definidos. Sin embargo, fuera ya de las cualidades del metro y del ritmo tan invocadas para definir la poesía, hay una resonancia más profunda y que es la que a menudo constituye la urdimbre de un poema.
Un poema es ante todo un artilugio pa­ra concitar y convocar la memoria; una cáp­sula de tiempo —recuerden: cápsula—. Un artefacto que mucho tiene de piedra; de objeto cuyo hallazgo implica una revelación. En el caso de la poesía de Julián Herbert nos enfrentamos, en una primera impresión y de ahí cierto equívoco en su lectura y su valoración, a un poeta que se asume y su­ma dentro de las tendencias neobarroqui­zantes, cuyas aguas bañaron la lírica del continente latinoamericano en la mitad de los ochenta y ya en bajamar las postrime­rías de los noventa. Y sí, hay una intencio­nalidad y una especie de amaneramiento en esta poesía por afianzarse en motivos re­tóricos partícipes de la similitud fonética, tal la paronomasia, la metonimia. Cito ape­nas unos para salir del paso:
Tañer en gotas de cartílago.
Cartago congelada en el incendio.
(p. 21)
(Me encantan estos versos porque la pa­ronomasia se convierte en rima.)
Aburrido de ser hijo de Orfeo
y cantar todo esto en un orfanato
Si para el oído profano la rima, la coin­cidencia de los sonidos al final de un verso, sustenta una musicalidad, condición que para el verdadero poeta no reposa en las terminaciones sino en la distribución acen­tual, en la variedad de timbres, del mismo modo la aliteración parece un pretexto pa­ra urdir o avanzar a través de una caótica significancia. Sometido a un asedio poético, el caos permite una mancia y en esas cartas aparecen los mapas: de la memoria, de la filiación. El poeta es un hijo de Orfeo, que se comprende extraviado en una época don­de no hay espacio, territorio para el poe­ta, en trance de extinción como los indios nómadas del norte de México per­dieron su hábitat. Ese hijo de Orfeo es también un huérfano que a través de diver­sos tapices textuales persigue definir su re­lación con el padre y trazar el mapa con la herencia ma­terna. Novela familiar como en el caso de José Kozer, que es un pretex­to para las mu­ta­ciones. De ahí también las menciones al Libro de las mutaciones en la obra de Her­bert. Reverbera y en la refrac­ción res­plan­dece entonces el sentido del epígrafe:
I’m the son and heir
Of nothing in particular
Sostengo que la paronomasia y vecinos del barrio, la metonimia, no son gratuitas ni dejos de un amaneramiento sino herra­mientas que permiten al poeta, al escritor por añadidura, potenciar la escritura. Ha­rry Blamires, crítico de James Joyce y de T. S. Eliot estudió la economía referencial descubierta por Joyce a través de las alusiones y correspondencias que resonaban y proseguían su relación en la memoria. El significado de una palabra se potenciaba con las reverberaciones de su intenciona­li­dad. Como cuando rumiamos un re­cuer­do y de pronto la epifanía nos permite com­prender las intrincadas correspondencias y tejidos que no habíamos advertido. Ri­zomático sentido que en Herbert permite a la paranomasia no ser sólo la articula­ción entre vigía y vigilia o zanahoria y za­hir —me­táfora y metonimia que aluden a ser guiado y guiar— sino que apuntala ver­sos que con ligeras modificaciones, tal tema en el sen­tido musical, vuelven a articularse, in­sinuarse, descomponerse en otros poemas.
La maestría poética de Herbert parte de establecer un mazo de figuras simbólicas que en la baraja irán decantándose y sa­liendo. La relación con el padre, la obse­sión con la muerte, en especial por el ahorcamiento, sea suicidio o colgamiento, las balas, las relaciones amorosas, san Fran­cisco y los nazis, la condición judaica, el nomadismo de los indios del Norte, los ca­ballos, el sentido de la lectura… Estampas que emergen en el discurso y que confor­me a la tirada pueden representar distintos momentos de una vida. Diríase que el lec­tor, al recordar las menciones a una bala, a un suicidio, a una soga, a una esfinge, va construyendo en su memoria el sentido del texto —y esa bala me recuerda la varia­ción de Haroldo de Campos tramada por Ricardo Yáñez.
Al final no hay una línea de lectura. No podemos proponer un sentido en una se­cuencia, pero sí podemos proponer que hay un sentido a través de este caldo ade­reza­do con retazos, huesos y restos de verdura, carne y especias. Herbert, ya deberíamos de comprenderlo, es especialmente un poe­ta autobiográfico, poeta de la experiencia personal que, como en los grandes líricos pop, destila experiencia generacional. Es­ta­mos ante un poeta de la memoria que es­cruta la tradición, la cuestiona y proce­de a diseccionarla con mecanismos que ex­hiben la ficcionalización de los deícticos: aquí, ahora. ¿Cuáles son esas marcas? ¿Cuál es el presente? Ejemplar al respecto “Due­ña de África”, poema metalingüístico que a un tiempo propone un diálogo con la tra­dición, un conocido romance en este caso, al tiempo que reconstruye nues­tras ideas aceptadas sobre el tiempo y el lugar de la poesía.
Poesía de la hiperreferencialidad a condición de que consideremos hiperre­ferencialidad un término que imbrica ya la intertextualidad. Remanente de los víncu­los, de las ventanas emergentes que conducen a otro espacio, suerte de contención de di­versas posibilidades de lecturas, pero tam­bién un palimpsesto donde de repen­te detonan las tonadas conocidas de otros textos. Unos ejemplos, de nuevo, para salir y apurar el paso, aprisa, aprisa:
Hay peces que cruzan el pantano
(p. 48)
Es algo digno de ver aunque esta bala esté chupándose mi cuello. Es algo bello que nosotros conservamos.
(p. 49)
Vine a América porque me dijeron
que acá había mucha plata.
(p. 50)
Del mismo modo en la composición de los poemas hay una poética de la cita. “Fran­ciscano” recuerda la modulación de la poe­sía de Antonio Cisneros y “Batallón de San Patricio” recuerda además de la An­tología de Spoon River de Edgar Lee Mas­ter —un tono que resuena en varios de los poemas— los Cuentos de soldados de Am­brose Bierce, muy especialmente al celebérrimo “Un incidente en Owl Creek”, para no hablar del abundante relleno de versos de Eliot pervertidos y deglutidos que aparecen una y otra vez. O de san Juan. O de Villon.
La poética del modernism aportó, más allá de ciertas figuras inmanentes —los he­mistiquios, el verso proyectivo, la inclu­sión del blanco como espacio simbólico— una nueva forma de referencialidad. Los conceptos, que en la veta de la disquisición de Ezra Pound correspondían a la melopeia: la danza de los conceptos. Her­bert, lector atento de Eduardo Milán, de Eduardo Espina, de Antonio Cisneros y José Kozer —con quienes comparte esa pasión por la novela familiar— es sobre todo un avezado lector del modernism. Re­suenan su Pound pero muy especialmen­te el Eliot de los Cuartetos. Y su lectura es una criba y una asunción de mecanismos. Mecanismos como motivos: la soga, san Francisco, los caballos, los nómadas, el ahor­cado —carta del Tarot que se convierte en personaje irlandés reflexionando al mo­mento de su muerte, Isaac Newton, físico y nigromante que adopta la moda­lidad órfi­ca para comerciar con frutos del subsuelo, evocación del suicidio en las to­nadas de Nirvana, simbolismo adolescen­te que se imbrica con el mito órfico—. Pastilla ca­maleón es la decantación perso­nal de la búsqueda del yo poético en los meandros oscuros, cenagosos, de la de­presión. Des­ciendente de Orfeo, el poeta re­pite el iti­nerario hacia el submundo para rescatar su ánima. Pastilla camaleón ahonda en esa poética que en Kubla Khan Herbert definiera como una coreografía hipertextual. Y asienta que el poema es el lugar donde la memoria “cercena lo que une”.