martes, 10 de agosto de 2010

Una carta de amor*

Héctor Manjarrez

Concha mira el aire transparente que la rodea. No mira el cielo, no mira las nubes, no mira las águilas. Mira el aire.
Los que más creyeron en el futuro son los que más añoran el pasado, colgados de la brocha del gran fresco que iban a pintar, piensa.
En sus manos tiene una carta de Gregorio, su primer esposo, su único es­poso. La ha leído cinco veces, pero no aquí, en la montaña, adonde la trajo para leerla de nuevo por primera vez, precisamente, en el aire límpido, lejos de la ciudad, lejos del pasado y del futuro.
Para Gregorio, piensa Concha, el pasado sigue vivo, es parte del presen­te y será parte del futuro. Nunca se ha alterado su entusiasmo, sólo se ha adaptado a las circunstancias. Para mí el pasado es como las casets de nuestra música favorita de antaño: ya no las oigo, y muchas cintas ya ni siquiera pueden oírse, las arruinaron el tiempo y el uso.
Además, el pasado es como esas películas orientales que alguna vez creímos entender y que, al verlas en dvd, nos damos cuenta de que en rea­lidad nunca las entendimos, sólo nos fascinaron por una especie de esnobis­mo ingenuo. Los gestos son tan enigmáticos, las palabras tan histriónicas. Esos extraños actores ¿éramos nosotros?

Querida,
¿Cómo se escribe una carta de amor?
Cuando eres joven, las cartas amorosas brotan con la naturalidad y la abundancia de las lágrimas o del se­men. Imploras y adoras con la facilidad de dioses, y cada dos o tres renglones ha­ces promesas que juras que cumplirás.
Las cartas de amor son profesiones de fe y de entusiasmo que se van con­vir­tiendo en peticiones de perdón y ofreci­mientos de enmienda. Ya voy a hacer lo que debo; ya no voy a hacer lo que no debo; te lo prometo y me lo juro.
¿Cuántas cartas no nos escribimos tú y yo en las épocas en que no existía el correo electrónico (y el teléfono de larga distancia era muy caro)? Cuando no vivía­mos juntos, yo salía de tu cama y tu casa y a la noche siguiente ya estaba escribién­dote cartas apasionadas sobre tu espíritu, sobre tu cuerpo, sobre tus palabras, sobre nuestro futuro. No digamos cuando te ibas a tus prácticas de campo: nos escribíamos epístolas que semanas o meses después abríamos y leíamos mientras cogíamos y comíamos algo a tu regreso de las tierras de los indios.
Y finalmente, cuando convivimos, ¿no nos dejábamos recados en el espejo, el por­tafolios, los zapatos? Todo el tiempo nos escribíamos, y hablábamos de lo que sentíamos, leíamos y veíamos.
(Si todo esto te parece falso porque es un recuerdo embellecido o la compaginación de ti y otras de mis mujeres, creeme que no importa. A nadie quise como a ti y con nadie quería lograr esa felicidad y liber­tad como contigo.)
Y yo me dormía con la mano derecha en tu pecho izquierdo. ¡Oh, tu chichi izquierda! Nunca sabrás cuánto la quise. Y oh, tu espalda, tu nuca. Las mujeres nunca se imaginan cuánto las deseamos y venera­mos, como ya no me acuerdo quién decía (¿Baudelaire, Agustín Lara, yo?). El festín de los cuerpos que es el encuentro de las mentes que es el asombro de los gustos compartidos.
¿Estoy tratando de revivir un cadáver? Si nos volvemos a besar, ¿contraeremos una infección espantosa al reactivar nuestras viejas bac­terias agazapadas durante lustros en los alveolos de los dientes? Si logro persuadirte y encantarte de nuevo, ¿no me arriesgo a toparme con tu fan­tasma atroz en un pasillo, el cadavérico rostro desencajado mientras me cantas, con la voz de Leonard Cohen, and is this what you wanted? To live in a house that is haunted, by the ghost of you and me?
No es la primera vez que te sugiero y recomiendo que le demos otro chance al enorme cariño que los dos sabemos que nos tenemos. Te lo he dicho de viva voz, te lo he dejado grabado en tu teléfono, hasta creo que te lo he imeiliado alguna madrugada en que la vida me ha parecido par­ticularmente bella. Y ahora he decidido escribirte esta carta que, para evitarme críticas como las de antaño, te estoy tecleando directamente en la compu. Aun así, la imprimiré; y la meteré en un sobre; y en el correo, esa institución tan amada que se nos está muriendo, le pondré timbres y la echaré por la ranura correspondiente.
¿Te he perdonado tus pendejadas y chingaderas, tus necedades y crueldades? Supongo que te gustaría saber esto. La respuesta es fiel reflejo del canon clásico: sí y no. Como nunca te disculpaste de nada, ni de lo nimio ni de lo siniestro; como siempre creíste (o quisiste o fingis­te creer) que los hombres (porque sus antepasados fueron machos opre­sores) deben pedir perdón por todo y las mujeres (porque son feministas heroicas) no deben disculparse ni por pisar un callo, te seré sincero: en la nueva sociedad que te estoy proponiendo, tendrás la oportunidad de disculparte tantas veces como yo. ¿No te parece justo? ¿No te parece her­moso?
Y una pregunta más: ¿es ésta la primera vez que me atrevo a de­cirte esto abiertamente, o me estoy repitiendo?

Te estás repitiendo, piensa Concha, pero quizás el interés de tu pro­po­sición fuera justamente que nos repitiéramos, que aprendiéramos a repe­tirnos, como las parejas duraderas.
Pero para eso tendríamos que convertir las indudables virtudes de tu pro­puesta razonable en un interés apasionante, y no sé si para eso no es imprescin­dible no sólo un considerable sentido del humor (del que tú tienes “demasiado” y yo “demasiado poco”) sino incluso un “mínimo” (whatever that means) de entusiasmo sexual. ¿Te gustarán mis chichis? ¿Me volverán a gustar tus extra­ñas piernas? Y no sigo con otras preguntas.
¿No sería más “sensato” que me y te replantearas esta propuesta para cuando sea más difícil que seduzcamos y nos seduzcan otros? Cuando seamos “adultos más mayores”, digamos.
Me acuerdo de aquella querida amiga y colega mía que después fue tu querida amiga y amante y que sigue siendo mi entrañable colega y amiga (aun­que hace mucho, mucho tiempo que no la veo). Un día me contabas (estába­mos en dos hamacas paralelas en una playa de Oaxaca donde nos topamos) que, tirados en la cama y fumando aunque aún jadeantes (así se vivía enton­ces), tú no le dijiste que la amabas, sino le preguntaste si te amaba.
Ella te dijo que acababa de ver una caricatura del New Yorker donde una anciana y un anciano, balanceándose en sus mecedoras en la veranda de una casa de ancianos de Florida, se preguntaban: “¿Qué éramos? ¿Ami­gos? ¿Amantes? ¿Primos? ¿Nada?” (¿Ya te re-conté esto?)
Si somos sinceros, ése es, más o menos exactamente, el estado de nues­tras relaciones (en plural). Pero siempre hemos sido sinceros, entonces déja­me quitar esa palabra y volver a lo razonable, al reasonableness, que creo que es lo que nos ha permitido seguir queriéndonos mucho.
Y no se te olvide algo fundamental: hasta ahora tú y yo hemos evitado tener hijos. Yo no dudo de la “congruencia” de mi decisión, pero hay algo que me excita tanto como me inquieta: así como ser hija de divorciados me lleva­ba a congeniar “a primera vista” con otros hijos de divorciados (cuando los divorciados eran pocos y malditos), así, ahora, me doy cuenta de que sólo me atraen sexualmente los hombres que mi naricita hipersensible dictamina, infaliblemente, que son childless, ágrafos de paternidad, seres que como yo sólo responden a sus responsabilidades ante sí mismos y su trabajo. ¿Destino es destino? Porque, además, no sólo detecto a los varones que no tienen hi­jos, sino también a los que ya no viven con nadie, sea hombre o mu­jer y hasta perro o nana.
Pero, bueno, cavila Concha, no hay que exagerar. Estas cosas siempre las supimos: las llamába­mos la química, etc. La diferencia, si la hay, radica en que no las de­cíamos. O —para volver a la sin­ceridad— que yo no las decía.
Concha sigue sola mirando el aire. Su corazón está un poco más con Gregorio; su cuerpo está un poco más con el hombre con quien se abra­zó y compenetró en Tepic; su espíritu, que es la fórmula más compleja y también más sutil, parece que prefiere acogerse a San Juan Pingüino.

¡Este hotel será hospital!, clamábamos en las manifestaciones. Qué sim­pleza, qué mentalidad tan puritana. Nos sumábamos a los contingentes, desplegábamos nuestros estandartes, coreábamos las mismas idiotas con­signas (EL PUEBLO UNIDO JAMÁS SERÁ VENCIDO), saltábamos como niños de kinder (EL QUE NO BRINQUE ES CHARRO) y nos ufanábamos de ser los batallones del futuro (ÚNETE PUEBLO) mientras marchábamos como hor­migas por Reforma, por Juárez, por Madero, desde Tlatelolco, des­de el Museo de Antropología, hasta el Zócalo, con el puño en alto, con el ros­tro enardecido, con el sol achicharrándonos.
¡Qué tiempos tan lindos, tan ingenuos, tan ridículos, tan conmo­vedores! ¡Ser jóvenes y no creer en Dios y el Poder sino en la justicia; no en la patria sino en el futuro; en el amor, sí, pero más en la libertad! Cuan­do miro hacia atrás, la pureza de mi estupidez (o la estupidez de mi pu­reza) me deslumbra. Postergamos carreras, aplazamos estudios, nunca ahorramos un centavo, nos soplamos a Marx y Fourier, porque el futuro siempre parecía alcanzable. Algunos, los más idealistas o más ávidos de poder, sacrificaron a sus hijos y padres y se fueron a combatir en la sierra y en los arrabales en nombre del castrismo, del socialismo, del pero­nismo, del comunismo, del sandinismo. ¡Qué retahíla de ismos patéticos! ¡Qué continente tragicómico! ¡El pandillerismo de los peronis­tas! ¡La ima­gen del Che Guevara golpeando a su pobre mula exhausta que no lo puede llevar al poder o a la muerte...! ¡La cursilería y el latro­cinio de los sandinistas!¡Los cien años de soledad de Fidel y Raúl Castro! ¡Etcétera!
Pero no te escribo, amada mía, para burlarme del pasado, ese pa­sado que en su momento fue tan intenso y encantador; ese pasado en que en alguna manifestación, Heberto Castillo —al verme observar el arranque de los contingentes— me hizo señal de que me incorporara a La Descubierta, la fila de las eminencias, entre él y un líder cuyo nom­bre ha olvidado la historia (aunque yo no). Déjame decirte que la lucha de los sindicatos por la justicia y el combate de los jóvenes por la liber­tad y la contienda de las mujeres por la igualdad no eran nada en com­paración con la lucha por agregarse y sobre todo permanecer en La Descubierta. Patadas, empujones, codazos, zancadillas, todo eso se utilizó contra mí; resistí heroicamente, defendiendo mi derecho a salir al día si­guiente en la primera plana de los periódicos, aunque temiendo que tal vez me consignaran como “personaje desconocido”. En el momento de rodear la glorieta de Colón, e injuriarlo por protocapitalista, la mayor experiencia de varios líderes sociales en la guerra de clases por fin logró mi expulsión súbita y definitiva de la Celebridad Oposicionista: me habían ido corriendo hacia el extremo hasta dejarme en la punta, y en la curva un zape en el riñón derecho y un empellón me hicieron unirme, rojo de vergüenza, a las filas de Pueblo que nos miraban desfilar. ¿Por qué nunca te conté esto? No sé, ¿por qué crees tú?
Pero bueno, si no te escribo para burlarme del pasado, dejemos el pasado allá detrás, en donde quiera acomodarse.

Concha deja las numerosas hojas de la carta en el suelo, bajo dos gui­jarros, para que no se la robe alguna de las rachas de viento que de pronto se avientan desde el cielo o saliendo del cañón. Sigue mirando el aire, ape­nas si per­cibe a Juan que la mira desde unos treinta metros. Me acuerdo de que Grego (como en una época lo llamaba mucha gente, no tanto yo) un día dejó de interesarse en la política. Yo lo veía muy poco por entonces, la gente me contaba que se estaba “volviendo Verde”, aunque en realidad siempre lo había sido. Nos habíamos separado mal, feo, con dolor, con cierta cruel­dad por ambas partes, pero cuando nos encontrábamos en algún lado, con otra gente, siempre encontrábamos el momento y el modo de estar juntos, y recuerdo ahora que no le hacía mucho caso cuando me hablaba de yerbas y cultivos y plagas e insecticidas, pero sí lo escuchaba con atención cuando me daba con­sejos muy agudos y bien fundados, lo cual supongo que quiere decir que yo le pedía su opinión sobre mi vida y mis actos a veces.
No me acuerdo bien. Al dejar de ser el amor de mi vida, sin mucha transición se convirtió en un ser lejano, raro, un poco absurdo, por no decir ridiculón, por quien sentía mucha ternura y de cuya completa lealtad no ha­bía el menor motivo para dudar. Se convirtió en uno de mis dioses principa­les, si necesitaba su ayuda. Si no la necesitaba, rara vez pensaba en él, o me lo cruzaba. Creo que fue por esa época que empezó a construirse la cabaña.

¿Te conoce alguien tan bien como yo? (¿Me conoce alguien tan bien co­mo tú?) De todas mis mujeres, tú eres la que más odié y más amé. A ve­ces me despierto en las noches, tantos años después, con el recuer­do casi nítido de tu olor en mis manos y mi nariz. Entre mis fetiches pre­dilectos conservo unos calcetines tuyos gris perla con ribetes crema muy finos que, tal vez te acordarás, me arrojaste desde tu balcón de la calle de Jalapa una mañana que yo salía, “llenos de deseo por ti y de buenos deseos para ambos”.
¡Cuántas cosas desea y se promete la gente! Me gustaría que alguien como Chaplin hiciera una película en torno a esta carta que te estoy es­cribiendo; se intitularía Los calcetines, estaría llena de humor y melco­cha y sólo hablarían por nosotros los intertítulos. Imagínate a la actriz arrojando los tines y al actor atrapándolos entre los viandantes.
En algún momento se descubriría que Gregorio no conservó adrede los calcetines todos estos años, sino que los saca un día de un cajón re­pleto y, sorprendido los mira, y trata de ponérselos, y le quedan chicos... y en ese momento los estruja, los huele y, como el famoso bizcocho de Proust, ¡se acuerda de ella! No mucho tiempo después —tal vez un año— escribe una carta de amor.

Caray, piensa Concha, caray, cuánto cree quererme este hom­bre, cuánto entusiasmo ha logrado encontrar en sus entresijos para evocarme e invocarme. ¿Le arrojé yo los calcetines? ¿No sería otra de sus hembras?
En la linda calle de Jalapa ciertamente viví algún tiempo, y desde luego que Gregorio solía dor­mir allí, y a veces, es cierto, me gustaba abrir el balcón para mirar­lo salir y enviarle un beso. De los calcetines no me acuerdo, pero sue­na muy verosímil, me volvía loca el pinche Gregorio, me encantaba, me gustaba quedarme dormida sobre él; cuando se iba, yo me quedaba un buen rato entre nuestros olores.
Me encantaba, me fascinaba, y me exasperaba también. No recuerdo (ni niego) el episodio de los calcetines “llenos de deseo por ti y de buenos deseos para ambos”, pero lo que sí estoy recordando en este preciso momento fue una noche que lo eché de mi casa y, enloquecida como me pasa a veces, abrí el balcón y a las 9 y media de la noche, cuando las aceras están pobladas y la voz viaja bien, le grité y no lo bajé de pendejo, inútil, embustero, cobarde, frente a unos diez o quince transeúntes que se le quedaban mirando, para mi regocijo, con ojos de virtud escandalizada. Ahora me acuerdo bien, aun­que no recuerdo por qué lo tildaba de esa manera. El tipo podía ser realmen­te exasperante.
Concha quita los dos guijarros, alisa la carta y sigue leyendo.

Vas a decir que estoy loco, o que qué ando fumando, pero hay ma­dru­gadas que me despierto y te juro que veo tus omóplatos espléndidos co­mo el viajero que pasa la noche en un templo y al despertar descubre que es el hogar de Afrodita esculpida por Fidias. Tus omóplatos son para mí el nec plus ultra de la ternura y el deseo. Acuérdate.
Acuérdate de Acapulco, como diría Agustín Lara, nuestro bardo matutino.
Temo morirme un día, porque se perderá el recuerdo de ti; un re­cuerdo de ti que tiene que ser el más sensual, el más despiadado, el más tierno y el más conocedor de cuantos recuerdos tengan tus amores y tus amigos de ti.
¿O lo dudas? Conversa con tus amistades. Revisa la lista de tus aman­tes: yo no digo que yo sea quien tú más hayas amado, pues no lo sé y en un profundo sentido no importa; pregúntate más bien cuántos te besa­ron, te juraron, te rogaron, te lloraron, te engañaron, te aguan­taron, te quisieron matar y te quedaron leales como el que suscribe esta carta.
Querida, no quiero sonar pretencioso, pero cuando piensas en un gran amor malogrado, ¿no es el nuestro el que te llega a la mente? Cuan­do piensas en separaciones espantosas, ¿no es la nuestra la peor de todas? Cuando te juras que hay ciertas situaciones que nunca volverías a vivir, ¿no aparezco en varios de esos recuerdos funestos?
¿No soy el que ha cumplido más papeles por más tiempo en tu vida, o tal vez sobre todo en tu recuerdo?
Señora, no busque más: ¡yo soy el virus y la vacuna!

Concha interrumpe la carta y busca instintivamente a lo lejos a Juan el Pingüino, con quien le gustaría compartir algunos segmentos de esta carta idiota y fantástica, esta epístola cuanto más absurda más convincente, cuanto más ridícula más seductora, o tres veces viceversa.
Agustín ¿fue nuestro bardo matutino? Lo oíamos mucho, y a Toña la Negra, pero también a muchos otros.
Esta carta ¿no podría ser una circular a varias mujeres, cambiando cier­tos detalles como los calcetines y las calles y la música, pero conservando otros como, por ejemplo, los omóplatos?
Y si fuera una circular, ¿sería insincera? Gregorio ha amado a varias mu­jeres que a su vez lo han amado mucho. Cada una de ellas, no sé cuántas, pongamos tres, merecería una carta así.
Y tal vez yo también podría escribir una carta así. ¿A cuántos hombres? ¿A Gregorio y cuántos más?, ¿dos, tres...?
La verdad es que me alegra, me conmueve, me fascina esta Epístola de san Gregorio el Loco, me tiene a punto del llanto, me calienta, me dan ganas de cogérmelo, siento que nunca he querido a nadie como a él, y que nadie me conoce como él, y que tiene razón en todo, y que me gustaría aven­tarle muchos calcetines en los años subsiguientes, y que es un tesoro en mi vida, y que es cierto que nos entendemos sin hablar (aunque se le haya ol­vidado decirlo), pero no sé si es la pureza de la montaña y la intensidad del jículi lo que me impide enumerar todos los noes razonables y contundentes que sus recuerdos y argumentos me suscitarían en otro momento, en otro lugar. En todo caso, voy a meter a san Gregorio en mí en estas jornadas, voy a entrar en su holograma, voy a imaginar sus vientos, voy a sopesar mi vida pensando en la suya y la nuestra... si mi espíritu no se va por lados distintos a los suyos, como suele.
Concha cierra los ojos y cree quedarse dormida durante algunos mi­nutos. Si acaso duerme, es sin sueños, pensamientos o sentimientos.
Se ha ido de este mundo.

II

Concha deja de caminar hacia ningún lado, alejándose del futuro crepúscu­lo; enciende un cigarro y bebe un trago de tequila malón pero reposado de una botellita de 250 ml que ha traído para no compartirla con nadie.
Le duelen las corvas, el aire le raspa los pulmones, la regla parece ha­cerla sentirse más vulnerable a las repentinas bofetadas del viento.
Tragándose un buen trago y dos buenas bocanadas, se recarga en un árbol y se apresta a seguir leyendo la epístola de su ex más ex.
El muy cabrón me implantó su chip, se dice Concha en voz alta (¿quién la va a oír en esos lugares?), ¡cuando ni siquiera existían los chips!
Que él haya quedado marcado por mí, no me extraña. No sólo soy bas­tante inolvidable, if you please, sino que en esa época, cuando Gregorio y yo nos enculamos, cuando nos enamoramos tan apasionada y larga y conflictiva­mente, yo quería que mi impronta genética se le quedara impresa como holo­grama no sólo en la mente y los testículos y los ojos, sino, por así decir, en los ávidos labios de su ADN. Poco impor­ta que en aquel entonces nadie habla­ra de impronta genética, holograma, ADN y chips. Yo quería, como él, que nos amáramos tanto y cuanto pudié­ramos. Además quería dejarle gra­bados, metidos, insertos, todos mis olores y sa­bores y pensamientos y after-thoughts, porque él me gus­taba tanto que me gustaba para padre de mi(s) hijo(s) cuando quisiera engen­drarlos.
Y ahora resulta que logré ser inolvidable. Que cuando mira Gre­go­rio hacia atrás, me mira a mí, cree mirarme, y hasta yo creo que me mi­ra tal cual era. Ahora resulta que ha pasado de los largos y divertidos y absurdos telefonemas dejados en mi contestadora a una epístola en la que quiere decirme por qué quiere que yo le regale los dedos de mis pies para que los dos juguemos y él vaya su­biendo por todo mi cuerpo, toda mi concien­cia, y muchos de mis re­cuerdos.
Me lanza, además, un mensaje directo a la mezcla de corazón y men­te en mí. Sabe (recuerda) cómo lle­garme al meollo de lo que fue mi fe y si­gue siendo (agradezco que me lo recuerde) mi vocación y práctica. Me gusta y repatea que me toque en mi juramento inicial, en mi credo, me re­patea y me gusta que me recuerde aquellas palabras de Lévi-Strauss:

Cambiando de tema (ya volveré a lo que me trujo), hace unas semanas me encontré con los Tristes trópicos de don Claude, como tú lo lla­ma­bas, y los hojeé y me emocionó y divirtió releer, mil años des­pués, es­tas palabras subrayadas que eran fundamentales para la joven mujer que yo conocí: “Al mismo tiempo que se quiere humano, el etnó­grafo intenta conocer y juzgar al hombre desde un punto de vista suficien­temente elevado y alejado para abstraerse de las contingencias particulares de tal o cual sociedad o civilización. Sus condiciones de vida lo cercenan físicamente de su grupo durante largos periodos de tiempo; dada la bru­talidad de los cambios a los que se expone, adquiere una suerte de desa­rraigo crónico: nunca más se sentirá en casa en parte alguna; quedará psicológicamente mutilado. Como las matemáticas o la música, la etno­grafía es una de las raras vocaciones auténticas. Uno la puede descubrir dentro de sí, incluso sin que nos la hayan enseñado.”
Me imagino que el propio “don Claude”, algún tiempo después, se dio cuenta de que no estaba tan cercenado de su grupo parisino, de la culture Française, cuando debatió con Sartre y otros, y cuando se le dijo que sus dudas y pesquisas lo erigían en “el padre del estructu­ralis­mo”. ¿Y tú, querida? ¿Qué has aprendido? La pregunta es estúpida, pero la hago: ¿qué has aprendido de los que no son como nosotros?
Por otra parte, ¿te acuerdas de que, al mismo tiempo que la antro­pología te daba una razón de ser, decías que la vida no tenía dema­siado sentido y no era justa contigo? ¡Cómo te, me y nos jodías la vida con eso! ¿No te acuerdas? ¡Siempre había que compensarte por el hecho de que la historia había sido cabrona con las mujeres y dizque díscola contigo!, aunque tú tuvieras empleos más satisfactorios y salarios más mullidos que los míos. Pero ahora —desde hace años— eso parece haber quedado atrás, ¿no? Te has vuelto un individuo alegre, amable, amable, por lo menos con quienes no somos tu pareja.
Todo aquello ya no importa. O más bien: lo que importa es que ya tuvimos que comer de nuestra propia mierda hace años, y no tene­mos que hacerlo ahora. Si me sales con reclamaciones del agravio histó­rico de ser fémina, ¿no crees que puedes contar con que me salgan lágrimas no de sangre sino de risa?
Te seré sincero: no recuerdo con qué te chingaba yo los días... Es­pero que eso sea garantía de que no me repetiré. Si con aquello me pongo a monsergarte, o con algo nuevo, te agradeceré que me disci­plines.
Quisiera tocar algunos puntos prácticos. Como me imagino que nin­guno va a querer dejar su casa, te pregunto si sería conveniente esta­blecer una especie de rutina de rotación de hogares. (Como uso laptop, soy bastante móvil. ¿Lo eres tú?) Para ello, y todo “lo atingente”, propon­go dos conferencias en la Cumbre: una en Pátzcuaro y otra en Veracruz, y una tercera en la ciudad de Oaxaca si es precisa, a fin de acostum­brarnos a estar juntos, divertirnos y plantear tanto los problemas a la vista como sus posibles soluciones. De paso checaremos, huelga decirlo, si la sexualidad nos sigue funcionando; y si no, habrá que ver por qué las clavijas ya no nos embonan. (Por cierto, estoy cayendo en la cuenta de que nunca hablábamos del sexo entre nosotros; sí, y no poco, del ajeno.)
Como estas cosas no se pueden hacer así como así, además de las cumbres exploratorias y decisorias me parece que sería imprescindible y sensacional —en caso de que nos lanzáramos a una nueva vida com­partida— efectuar alguna Ceremonia Pública donde nuestros amigos, de antaño y de hoy, celebraran con nosotros la resurrección de la pareja antaño crucificada por sí misma.
Queridísima: me doy cuenta de lo ridículo y lo heroico, lo prosaico y lo lírico, lo estúpido y lo cívico de estas letras. Llevo tanto tiempo dán­dole vueltas a esta Esperanza Razonable, sin embargo, que te la planteo con toda naturalidad. Desde luego, piensa ene veces las cosas antes de contestarme; tómate semanas —espero que no meses— en pesar los pros y los contras, aun si, ¡Eros no lo quiera!, tienes en este momento alguna relación; y acúsame recibo rápido por el medio que prefieras.
En todo caso, si no amas a nadie en este momento, házme el favor de ponerme en el primer sitio de tus pretendientes, que deben de ser legión.
Después de tantos recados en tu contestadora, que deben haberte parecido entre absurdos y divertidos, entre tiernos y cómicos, he de­cidido pasar al género epístola: Primera Epístola de Gregorio a Concepción.
¿No se te antoja volver a vivir tu vida, con alguien del pasado, sólo que con una nueva sabiduría?

Concha dobla la carta y la mete en su morral y abandona el árbol y se echa a andar de regreso al caserío, pensando que el pinche Gregorio está loco. El pinche Gre­gorio delira. El pinche Gregorio no crece. El pinche Gregorio es muy probablemente el hombre que más he querido. El pinche Gregorio es un emisario del pasado, un loco de museo, candidato natural a líder del sin­dicato de habitantes de la Casa de la Risa. El pinche Gregorio todavía se viste casi igual que antaño, pero además con ganchos en la nariz y la oreja, a su edad. ¡A lo mejor —a lo peor— ya hasta tatuajes tiene, a su edad!
Gregorio empeoró o mejoró una vez que se separó de Concha. Se con­siguió un terrenito inverosímil a menos de un kilómetro de la carretera a Cuer­navaca donde se construyó, con sus propias manos y las de sus cuates por supuesto, una cabaña de adobe y madera de dos ambientes y dos pisos en el límite de un ejido a cuyos comuneros ya había convencido de emplearlo, gratis, como asesor ecológico, motivo por el cual tuvo que ponerse a estudiar sobre los bosques de altura, los pinos, los oyameles, los suelos, los vientos, las leyes, qué sé yo. Cuando todos nos especializábamos, él se diversificaba de la manera más amateur concebible. A mí, no sé si también a los demás, me parecía poco serio.
Como si fuera poco, el pinche Gregorio descubrió (o más bien decidió) que sus padres lo habían bautizado así en honor de don Gregorio o don Go­yo, el Popocatépetl, y tras de viajar varias veces por las estribaciones de nues­tro honorable volcán, nuestro mero Fuji-san local, se hizo bastante cuate de graniceros y otros encargados del culto a don Goyo y quedó de alguna mane­ra asociado al mismo. Según me contó una vez, hasta le cayó un relámpago bien cerca, a unos veinte metros, una tarde que andaba papaloteando entre las brumas del volcán.
Dado que se necesita que el rayo te caiga y no te chamusque en cenizas para darte por enterado de que don Goyo te ha escogido como intérprete de Sus designios y oficiante de Sus rituales, está claro que el pinche Gregorio sólo podía pretender que era tocayo del Popocatépetl, y no uno de sus represen­tantes entre nosotros.
¡Cómo agradezco no haber sido su pareja en esa época! No sólo me pa­recía alguien que, como se dice, se había “quedado en el viaje”, sino que además me daba la impresión de que estaba tratando de meterse, inconscien­temente sin duda, en mi terreno, en mis lecturas, en mis anécdotas, para ha­cerlas reales. Porque Gregorio es de esas personas que cree que lo que piensa es cierto.
Por otra parte, nos juntábamos a comer o cenar dos o tres veces por año, y nunca supe hasta qué punto creerle, porque Gregorio narraba las cosas más increíbles de la manera más creíble. De muchos es (o más bien era) co­nocida —en buena parte porque yo la divulgué más que él— la historia de su encuentro con Humito en la sierra de Veracruz, y de cómo el hongo y él sellaron un pacto.
Gregorio era tan auténtico que casi era falso. Era como un mueble de época, un period piece, un clavicordio antiguo o reconstruido. Como los trots­kistas ante el derrumbe de la URSS, se sintió perfectamente refrendado en sus ideas y pasiones. La caída de todo era la reivindicación de todo lo que había deseado, sentido, pensado y deseado. Para él, la debacle de la llamada Con­tracultura sólo significó que había que seguir insistiendo y resistiendo, seguir siendo auténticos, netos, seguir esperando el momento adecuado, sin doblegar­se, ni amargarse, ni azotarse, ni hacer reproches, ni a la gente ni a la Historia. “Un día se acabará llegando al final del arco iris”, me comentó una tarde, con una gran sonrisa irónica.
Mientras tanto, reconozco que Gregorio —una vez que nuestra relación nos quitó a ambos el enorme peso que nos exigía el Deber Ser Juntos— disfru­taba la vida y sabía ganársela de las formas más diversas: crítico de rock y hip hop y música caribeña; guía micológico de turistas gringos y canadienses y deefeños en la sierra mazateca; impresor de poesía propia y ajena en edi­ciones artesanales; socio de restorán italiano en Puerto Escondido; promotor cultural en Zacatecas; productor de música indie; crítico y práctico de la radio.
Se me ocurre que Gregorio es una mezcla de genio e imbécil.

Lo de la radio es como un riff que me estoy aventando a hacer, arries­gándome a volverme popular, a no ser marginal, divirtiéndome mucho, invitando a jóvenes que otros jóvenes me recomiendan porque la gente de nuestra edad definitivamente anda en otra cosa, es decir, en el pa­sado; de repente, a sugerencia (sardónica) de uno de mis invitados, deci­dí apodarme “El Nuevo Jeque de la Radio Nocturna”, y desde en­tonces mi programa “Noche Profunda” va ganando cierta audiencia, es increí­ble como un nombre puede lograr tanto o más que el contenido. O qui­zás el hecho de que los invitados son libres de ser tan insólitos como se les antoje, y de llevar las músicas más insólitas, es lo que le ha ido ga­nando adeptos al programa.
Como no sólo de juventud se puede vivir, también invito a adultos de las artes, de las humanidades, de las ciencias... pero no te he invitado a ti. ¿Por qué? No lo sé. Pánico, supongo.

Concha no sabe nada de ese programa. Nadie, absolutamente, se lo ha comentado. Eso tal vez indica que no es tan popular como él supone, pero ciertamente denota algo más interesante: que ya no tienen amigos comunes; en todo caso, no amigos comunes cercanos.
¿Cómo le hace uno para ir cambiado de pieles que son precisamente las pieles de los amigos que nos dieron fuerte identidad como profesionista, como joven adulto, como pareja, como grupo? Es cierto que de las parejas de aquellos años apenas si sobreviven una o dos —y aun así habría que hacer un censo—, pero ¿cómo y por qué nos fuimos alejando los individuos? Ninguno de mis amigas y amigos de entonces lo es todavía. Ninguno. Ni siquiera sé, de la mayoría, dónde y con quién viven, qué hacen y dónde, etc. Da vértigo haber dejado en el olvido a gente que quisimos y nos quiso tanto y que tampoco pien­sa en nosotros, sobre todo en una ciudad que se precia de hacer una reli­gión de la amistad. ¿Qué nos sucedió?
¿Cuándo dejé de necesitarlos, de llamarles, de incitarlos, de invitarlos, de alborozarme de sólo pensar en ellos? ¿Cuándo y por qué y de qué mane­ras? Pienso en nombres, en caras, en voces, en besos: ¡qué lejos están los que estuvieron tan cerca, cuán poco importantes son ahora quienes eran crucia­les! Por lo visto, no sólo nuestros círculos sino incluso nuestros gustos cam­biaron, porque rara, rarísima es la oca­sión en que me topo con alguno de ellos en una fiesta, en un teatro, en un concierto, en la cola del cine.
¿Los traicioné? ¿O se hartaron de mí? Sólo con muy contados hubo al­gún conflicto definido, alguna herida, algún daño y dolor mío o de ellos. ¿En­tonces? ¿Los cambié por “mejores amistades”? Estas preguntas lo que preguntan es ¿quién soy, cómo llegué a ser quien soy ahora?, y la verdad es que se acrecienta el vértigo, porque es como si no fuera yo la responsable, la autora, de mi pasado.
¿Dónde están, por otra parte, mis amigos sudamericanos, tan numerosos en una época? Algunos se regresaron a sus países; no todos; y ni con unos ni con otros tengo contacto. ¿Y mis ami­gos gay? Uno solo murió, que yo sepa. ¿Viven en su ghetto? ¿Soy de los he­terosexuales a los que simplemente nunca se les ocurriría invitar a su ca­sa?, ¿y por qué?

¿Acaso Gregorio mantiene algu­na o muchas de esas amistades? Si es así, ¿quiero hablar de ello con él?
Por lo demás, reconozco que Gregorio tiene razón: yo odiaba un poco la vida. O más bien: yo le tenía a veces un profundo temor a la vida, lo cual es peor. Sin embargo, poco después de separarme de Gregorio —¿unas sema­nas, unos meses?— empecé a llevarme bien, sumamente bien, morrocotuda­mente bien, con la vida. Con la vida en todas sus manifestaciones sociales, sensuales, animales, gremiales, sexuales. Tal vez porque fue una época de con­siderable promiscuidad de mi parte, cavilo ahora. En todo caso, qué injusto: le jodí parte de la vida con mi miedo, con mis sospechas y paranoias, y cuan­do ya no estuvo Grego a mi lado para hacerme fuerte y aguantarme, yo me sentí libre, me supe poderosa, disfrutaba a manos llenas, como si todo hubiera sido culpa de él, cuando en realidad una de las razones por las que lo amé radicaba precisamente en que él no le temía en absoluto, nunca, a la vida.
¡Malditos hombres!, mascullaba yo a veces, ¿qué hacen además de arrui­narnos la vida? Y a las pocas semanas ahí andaba yo echándome uno tras otro como si fueran todos bellos solecitos deliciosos, que lo eran; que a veces todavía lo son.
Concha se ha estado acercando más y más al mágico y miserable case­río. Tiene necesidad de llorar, pero no puede, tal vez porque no sabe si son lágrimas de alegría o de tristeza las que le causan este sentimiento de borbo­tón en el pecho.
Las piernas le fallan, y se sienta casi de golpe. El pasado —una parte crucial del pasado— se le ha venido encima como una fiebre súbita y ful­minante.
Se recuesta. No hay nada en el cielo. Ni nubes ni aves. Cierra los ojos.
Al cabo de un rato, una voz que le habla al oído le dice:
—¿Está bien, comadre?
Al entreabrir los ojos ve la cara redonda de Juan.
—Sí, muy bien. Soñé que estaba pariendo gemelos. Y que me costaba mucho, muchísimo.
 
* Episodio de una novela en cuentos.