martes, 10 de agosto de 2010

“Si lo recuerdas, no lo viviste”

(El rock como memoria artificial)

Juan Villoro

¿El rock y la memoria? Son dos cosas que disfruté en el pasado.
Leonardo García Tsao

BÁJATE DE MI NUBE

Los Rolling Stones representan una exaltada variante del recuerdo. Al oírlos, recuperamos cosas que no siempre tienen que ver con ellos. Además, sus conciertos fomentan la resurrección de las amistades. De pronto, un se­ñor que se parece a Séneca el Viejo te abraza con un furor que sólo se vuel­ve lógico cuando te recuerda que acampó contigo en Puerto Ángel en 1973 y aún le debes el autobús de Pinotepa Nacional al DF.
Los Stones existen desde hace casi medio siglo y convocan diversas zo­nas del tiempo. Un impacto peculiar para una especie que se ha desentendido del arte de la memoria y almacena datos en prótesis cibernéticas.
Antes de la invención de la imprenta había que adiestrar la mente para recordar información. Cicerón favorecía el método de la memoria espacial: imaginar un edificio y ubicar datos en forma de mobiliario (al abrir una ha­bitación, la mente “veía” un ancla que podía aludir a las rutas de los navíos o a un poema sobre la tempestad). Buena parte de la cultura se preservó con este sistema. Pero nada es unánime bajo la inconstante luna: el mercurial Te­místocles dijo que no tenía otro deseo que entrenarse en el olvido.
Los habitantes del siglo XXI somos la tribu de Temístocles. Disponemos de tantos cacharros para archivar datos que la desmemoria se ha vuelto una condición de la existencia. El olvido es a nuestra men­te lo que la fibra al intestino: un vacío gra­tificante.
Pero de golpe llegan los Rolling Sto­nes, Jagger se hace el inexplicable co­rriendo con frenesí como un atleta de la categoría sub-70 y recuperas capas de tu existencia.
El domingo 26 de febrero de 2006, 65 mil personas nos convertimos en una evanescente versión del prójimo. Todos los desconocidos podían ser amigos íntimos de otros años. La frase más repetida era: “¿Te acuerdas de mí?” Un psicodrama de encuentros y desencuentros. Transcribo la historia de mi amigo Paco, muestra del pro­ceso memorioso que provoca el rock del periodo clásico.
Como Temístocles, Paco vive un in­tenso presente. Su profesión de diseña­dor industrial le ha dejado esta frase favorita: “La moda es lo que pasa de moda.” Adic­to a novedades y rupturas, ha hecho del cambio un asunto de carácter: lleva tres matrimonios y tres divorcios. Para otorgarse coherencia psicológica, ha­bla de sus exmujeres como avatares de la misma persona. Atento a los dibujos animados, se ha dejado cautivar por tres versiones casi idénticas de la Superchica. Todo esto significa que se refiere a sus ex como Burbuja, Bom­bón y Bellota.
Como Paco circula lejos del siglo I a. C. en el que Cicerón perfeccionó la oratoria, sus amigos ignoramos el arte de recordar. Nunca sabemos quién es Burbuja y quién Bombón. Lo cierto es que el Eterno Femenino encarna por triplicado en su biografía.
El tiempo ha durado lo suficiente para que cualquier persona tenga motivos de escuchar a los Stones: Paco se encontró con las tres fases de su vida en el mismo concierto. Los reyes viejos del rock lo sometieron a un careo con una vida que creía sepultada.
Se topó con Burbuja cuando fue por un whisky. Sus Satánicas Majes­tades cantaban “Angie”. Paco recordó la noche en que veía el Superbowl y sonó el teléfono. Dejó que entrara la contestadora y oyó la voz de Burbuja: estaba en el kilómetro 37 de la carretera a Cuautla y se le había ponchado una llanta. Fue por ella, pero sólo cuando acabó el Superbowl. No la encontró porque unos rescatistas, dignos de su nombre de Ángeles Verdes, llega­ron una hora antes que él.
El encuentro con Bombón ocurrió cuando Jagger cantaba “Bájate de mi nube”. Paco recuperó la olvidada tarde en que ella le habló por teléfono celular desde un elevador. Se había quedado atrapada en el piso 28 de un edificio de consultorios médicos. Paco recibió la llamada en la otra punta de la ciudad y llegó después que los bomberos (había hecho una escala imper­donable para comprar la pasta de dientes con flúor que ella nunca incluía en sus listas del super).
Vio a Bellota durante “Azúcar morena”. Cuando vivían juntos, ella se dedicaba a hacer flores de mazapán. En una ocasión, Bellota salió de viaje. Paco comió pan con mermelada sobre un arreglo que a ella le había costado gran trabajo. Al día siguiente, el mazapán estaba invadido de hormigas. Paco lo tiró a la basura. El detalle ruin vino después. Su mujer habló de larga dis­tancia para avisar que un cliente pasaría por el arreglo. Paco fue a casa de una colega de Bellota a conseguir otro arreglo, y se acostó con ella. Todo en menos de dos horas.
Tres llamadas perdidas entraron en la mente de Paco, con la fuerza de las profecías retrospectivas. “El tiempo está de mi parte”, cantaron los Ro­lling Stones. Pero también cantaron: “El tiempo no espera a nadie.”
Encontré a Paco a la salida, en el desolador momento del regreso. Pa­recía el hermano extraviado de Keith Richards. “Soy un crápula”, dijo: “he vivido en una nube”. Me contó los detalles de su viaje al pasado. No hice na­da por mejorar el asunto al recordarle que las tres superchicas eran excepcionales. Desde un puesto de camisetas salió el estruendo de “Simpatía por el diablo”. La cara de Paco empeoró. ¿Qué pesadilla de la memoria lo agobiaba? Se despidió de prisa, con un abrazo vacilante.
La hablé pocos días después para ver cómo estaba. ¡Olvidé que vivimos en el siglo del olvido! Cuando le dije que me había preocupado verlo así en el concierto, contestó: “¿Cuál concierto?” Su memoria sólo regresará con los Rolling Stones.
“La música, misteriosa forma del tiempo”, escribió Borges.

EL VAQUERO MÍSTICO

Poncho Nateras es un visionario que vive en un cuarto de azotea. Se instaló ahí en 1975 como quien se muda a un faro o un minarete: un sitio aparte, rodeado de antenas de televisión y cuerdas para colgar la ropa, el camarote de un sedentario que otea tempestades de la mente.
Vive ahí en perpetuo homenaje a Jack Kerouac, quien se encerró en un cuarto de azotea del DF a escribir a ritmo de free jazz y meditar como un budista estimulado por benzedrinas.
La amistad con Poncho, el Vaquero Místico que no conoce un rancho, ha sido inquebrantable salvo por un episodio. En 1977 fuimos de campamento a Zipolite, bastión jipi del Pacífico, y nos enamoramos de la misma gringa. Hubiéramos dejado de ser amigos si ella le hubiera hecho caso a al­guno de los dos. Wendy prefirió a un campeón de surfing pero fue ambigua al partir. Para garantizar que la recordáramos, me regaló un diente de tibu­rón y dijo como una pitonisa: “Si lo pierdes, es de Poncho.” Un talismán para que disputáramos por ella después de su partida.
Poncho me pidió prestado el diente y lo perdió. Nuestra amistad se hu­biera roto de no ser porque él me regaló el álbum doble Blonde on Blonce, obra maestra que por desgracia me recuerda el regalo de Wendy.
Hasta la fecha, mi ejemplar de En el camino conserva granitos de are­na de Zipolite. Cuando acabé de leerlo, le hablé a Poncho para saber si ha­bía encontrado mi diente. Juró que no lo tenía.
En junio de 2007 el Vaquero Místico bajó de su azotea con las visiones que capta entre antenas de televisión. Se mantiene en forma porque sigue un manual de ejercicios en espacio restrin­gido para marinos noruegos. Durante un tiempo también se adiestró en la res­piración circular de los saxofonistas, no con el fin de tocar, sino para ha­blar como si las pausas no existieran. Esta vez usó su frenesí oratorio para decir que En el camino cumplía cincuenta años.
Conservo el ejemplar que compré el 14 de julio de 1977, en 48.50 pesos. Sólo subrayé una línea, la pregunta de un sheriff: “¿Van ustedes a algún sitio, muchachos, o simplemen­te van?” La respuesta cifra la estética de Kerouac: viajar sin otro rumbo que viajar. Según la leyenda, el novelista tecleaba en rollos de télex para no in­terrumpirse al cambiar las hojas (“eso no es escribir, es mecanografiar”, co­mentó con acidez Truman Capote). Mé­xico fue para él un país fascinante y abyecto, maravilloso y digno de compasión, el escenario ideal de En el camino.
Poncho recordó la benéfica deuda de Los detectives salvajes, de Ro­berto Bolaño, con Kerouac, y luego la mía, totalmente fallida. “Tu primera novela fue tremenda”, entrecerró los ojos como si una guitarra eléctrica re­verberara en su cabeza. ¿Por qué recordaba eso? ¿Había vuelto a oír Purple haze y esa neblina morada le traía recuerdos?
Inspirado en una frase de Henry Miller, escribí Hacia adelante, a nin­gún lugar, novela que resultó demasiado fiel a su título. Poncho fue uno de sus pocos lectores. Recuerdo su dictamen de monje kung-fu: “Se puede es­tar perdido sin que eso interese.” Durante años guardé el manuscrito, espe­rando que el mundo cambiara lo suficiente para que la relectura resultara sorprendente. Y así fue: la novela era aún peor de lo que pensaba Poncho. Al terminar la abrumadora revisión del manuscrito, como agitada por la pro­videncia, sonó la campana de un camión de la basura. Salí a la calle y rendí mi texto. Esa noche fui a la azotea de mi amigo y le conté lo ocurrido. Él habló de lo purificador que es aniquilar el yo.
En el verano de 2007 me dijo: “Tienes que escribir sobre los cincuen­ta años de En el camino.” No podía decirle que escribiera él porque le gusta imaginar cosas sin rebajarse a que existan. Como siempre, juzgó que la me­jor forma de estimularme era la crítica: “¿Sabes cuál es tu problema?”, me preguntó, como si yo sólo tuviera uno. A lo largo de tres décadas, Poncho ha encontrado respuestas religiosas, políticas, eróticas y astrológicas a esta pre­gunta. Ahora mis limitaciones eran de estilo: “Kerouac merece un homenaje vivo: eres muy libresco”, el poeta sin obra dio un manotazo y mató un mosquito, tal vez sin querer. Luego me vio como un intenso hari-krishna, en espe­ra de una confesión o un donativo.
¿Aún es posible leer En el camino como instrucciones de uso para la autopista existencial? Mientras yo pensaba en la vigencia del texto, Poncho volvió a los imperativos de la vida real: “A fines de septiembre de 1956, Ke­rouac regresó a México por quinta vez. Tú naciste en esos días en el Hos­pital de las Américas, a unas cuadras de la casa que él rentó en la calle de Orizaba. ¿No crees que le debes un artículo? Sólo te pido un favor: no escri­bas como alguien que lee sino como alguien que vive.”
Iba a decirle que la lectura es una forma de la vida pero agitó las ma­nos como brujo en trance y recitó un pasaje de Tristessa: “Se escucha un tre­mendo rugido de un avión de Pan American que desciende al aeropuerto de la ciudad de México con pasajeros de Nueva York que buscan que sus sue­ños terminen de manera diferente.”
“Te estás poniendo libresco”, dije para molestarlo.
Entonces sacó algo del bolsillo: un diente de tiburón. “Lo encontré en mi ejemplar de En el camino”, dijo. Pensé en Wendy, la mujer que nos unió con su rechazo.
¿Tenía sentido recibir un talismán de 1977, cuando confundimos las páginas de una novela con nuestra biografía?
En el camino cumplía cincuenta años. El tiempo había pasado, pero la novela aún buscaba un final para nosotros. Como una reedición de los pasa­jeros de Pan American en Tristessa, estábamos ahí, esperando que el sueño termine de manera diferente.

UN NUEVO GRUPO: LOS BEATLES

El miércoles 6 de junio de 1962 George Martin recorrió un arbolado ba­rrio de Londres hasta llegar a un sitio que parecía la residencia de un dentista. En la apartada calle de Abbey Road estaban los estudios de emi. El trayecto era habitual para Martin, que había entrado a la compañía en 1950. Ese día iba a escuchar a unos músicos de Liverpool dispuestos a cambiar su de­do meñique por un autógrafo de Elvis Presley.
Formado en la música clásica, Martin no esperaba mucho del rock y debía su reputación a haber grabado a cómicos como Peter Sellers. El rostro patricio y el elegante trato de Martin hacían pensar en un miembro de las élites británicas; sin embargo, venía de un ambiente proletario y su pa­dre había sido vendedor de periódicos. Cuando el infatigable Brian Epstein le pidió que oyera a los Beatles, Martin aceptó con el fin de que su teléfono dejara de sonar. Escuchó una cinta y alzó la ceja del escepticismo; sin em­bargo, sintió un cosquilleo en la oreja.
Citó al grupo para grabarlo y analizar su potencial. Las voces eran buenas, pero ninguna destacaba y emi buscaba a un solista tipo Cliff Richard. Además, el repertorio era extravagante (¡el cuarteto insistía en cantar “Bésa­me mucho”, de la mexicana Consuelo Velázquez!), y el baterista, Pete Best, no tenía mayor mérito que cautivar a las chicas en La Caverna de Liverpool.
Martin hizo una grabación y la oyó con el grupo. “¿Hay algo que no les guste?”, preguntó. “Para empezar”, dijo George Harrison, “no me gusta tu corbata”. Así se cerró el trato entre dos concepciones de la música. Cuando el cuarteto se separó, Martin ya tenía el aura del Mago de Oz.
En octubre de 2006, el hombre que mostró el valor musical de un peine frotado con un papel en Sargento Pimienta, llegó a las oficinas de EMI en la ciudad de México para presentar un disco que ya parecía imposible: Love, recreación del sonido Beatle con el sistema digital 5.1 para el espectáculo del Cirque du Soleil, en Las Vegas. A los 80 años, sir George no había perdido su porte altivo, pero escuchaba con dificul­tad. Su hijo Giles, de 36 años, fungía como su experto en tecnología digital y su intérprete ante las cosas que él oía a medias. Love era el testamento del ex­plorador sonoro.
El encuentro con Martin tuvo la emoción adicional de los severos dispositivos de vigilancia. Teléfonos celulares, agendas electrónicas, grabadoras y radiolocalizadores fueron confiscados. Además, firmamos un contrato que nos comprometía a no revelar nuestra impre­sión hasta el 1 de noviembre. Las me­didas de seguridad son la molestia de un mundo donde nada se globaliza mejor que la amenaza. En este caso, tuvieron la virtud de hacernos sentir como competi­dores de George Martin, dispuestos a lograr una versión pirata de sus sonidos.
Durante tres años, el productor regresó a los estudios de Abbey Road para escuchar las pistas grabadas por los Beatles. No deseaba hacer una antología de la música más célebre del siglo XX ni restaurar con nostalgia lo que hace cuarenta años fue inaudito: “Armé las pistas como si los Beatles tuvieran otra vez 20 años y enfrentaran por primera vez la tecnología de gra­bación.” El resultado: lo clásico convertido en inédito. Ciertas canciones (“I am the Walrus”, “A Day in the Life”) parecen concebidas para recursos de grabación que sólo ahora existen. Lo más sorprendente es lo que se borró: por primera vez se mitigó al público de Shea Stadium y se oyó con nitidez a los Beatles en vivo.
Salvo una sirena de ambulancia, unos pájaros incidentales y algún true­no, los sonidos provienen de lo que el cuarteto hizo en sus ocho años y medio en Abbey Road. Sin proponérselo, el estudio operó como una cripta del tiem­po que pospuso sus efectos. Love no parece un triunfo de la técnica sino de la música.
El desenfado musical de los Beatles fue un peculiar ejercicio de ino­cencia. Una vez establecida su reputación, resulta difícil volver al momento en que eso no existía. ¿Puede Paul McCartney componer con la frescura de quien no tiene trayectoria? Difícilmente. En cambio, el productor que conoció a los Beatles cuando no eran otra cosa que unos improvisados alborotadores, puede recuperar el momento en que el grupo estaba hecho de silencio y de futuro. Love representa un paradójico “aprendizaje de la inocencia”. No es causal que cuando la obra se estrenó en Las Vegas, Paul le haya dicho a sir George: “Siento que fue otro quien escribió eso.” El productor le respon­dió: “Recuerdo el trabajo en el estudio, pero no siento que me pertenezca.” El valor de esa música es que resulta novedosa para quienes la crearon.
Al revisar las pistas Martin enfrentó un álbum de la memoria: cuarenta años con los Beatles. El recuerdo que más se le grabó fue la visita que Geor­ge Harrison le hizo cuando él estaba en el hospital. El guitarrista le llevó un elefante de la India, lo colocó en el buró y dijo: “Él te cuidará.” George mu­rió antes que el productor que usaba sospechosas corbatas y se convertiría en el guardián de sus sonidos.
Una pregunta inquietaba a las cincuenta personas que nos reunimos en las oficinas de EMI: ¿Habría otro disco de los Beatles? George Martin res­pondió en plan budista: “A estas alturas, pedir más sería avaro.”
Los tesoros están completos.

EL ARCHIVO COMO VANGUARDIA

Los conciertos que Bob Dylan ofreció en México en febrero de 2008 sirvie­ron para explorar la forma en que envejece o se renueva la música en vivo. El músico de Duluth pertenece a la esquiva variante de la leyenda. Esto ha­ce que se le aplauda con mayor unanimidad cuando llega que cuando se va. Al término de sus conciertos, algunos fans se rascan las canas, preguntándose si esperaban eso.
Ciertos artistas reciben el reproche de que sus obras se parecen dema­siado entre sí. En una entrevista con Vanity Fair, Woody Allen comentó que ha filmado dramas, comedias, versiones de tragedias griegas, musicales, historias fantásticas y tramas policiacas, pero lo critican por repetirse. “Mis pe­lículas son como la comida china”, comentó: “hay muchos platillos distintos pero todos saben a comida china”.
Dylan es objeto del reproche opuesto: cuando actúa, sus obras no se parecen a sí mismas. Si David Bowie transfigura su música de disco en dis­co, el autor de “Los tiempos están cambiando” transfigura en vivo lo que hizo en el estudio.
Desde principios de los sesenta, cuando desconcertó al público por in­cluir instrumentos eléctricos en el folk, Dylan ha vivido para la ruptura. Al mismo tiempo, es fiel a la tradición popular norteamericana. El password de su estilo: lo clásico es impredecible.
En un momento en que nada vende tanto como la nostalgia y músicos que se odian a muerte se reúnen porque su pasado tiene más éxito que su presente (Yes, Police, las mil reencarnaciones de Deep Purple…), Dylan rein­venta sus composiciones con tal apetito de metamorfosis que resulta imposible distinguirlas. Para los fanáticos que llevan décadas usando una camiseta con la melena de medusa del profeta, es reconfortante saber que Greil Mar­cus, señero biógrafo de Dylan, tampoco reconoce las canciones.
Esta cirugía reconstructiva no se guía por un criterio definido. En los tiempos en que se hacía acompañar por The Band, el compositor optó por versiones más cercanas a un rock básico y la dotación instrumental que luego emularía la E-Street Band de Bruce Springsteen. Cuando se presentó en México en 1992, en el infausto Palacio de los Deportes, deconstruyó sus canciones sin que eso fuera demasiado interesante. En 2008 llegó dispuesto a mostrar que los afluentes del rock llevan a una misma desembocadura y sugerir, con retrospectivo mesianismo, que él los creó todos. Su grupo hizo que el contrabajo, el banjo y el violín convivieran sin trabas con la guitarra eléctrica. Hubo aires de bluegrass, country & western, boogie y rocancarro­lito sin salir de la atmósfera dy­laniana. El efecto fue similar al de Buena Vista Social Club, des­crito por Ry Cooder como “una orquesta de los años cincuenta que nunca existió”. Dylan inven­ta un pasado donde diversas co­rrientes y épocas del rock tocan al unísono. Estamos ante un ar­chi­vista que improvisa la tradición. Su atuendo de vaquero imagina­rio confirma su gusto por reformular lo típico. Lo mismo sucede con el título de su disco Mo­dern Times: lo “moderno” remite a la canónica película de Chaplin. La contradicción es deliberada: en el negocio de objetos usados de Bob Dylan, lo antiguo es ac­tual y viceversa.
En ocasiones, un artista se vuelve esclavo de una obra, el hit que lo define. Si Leonardo re­sucitara, tal vez abominaría de la Gioconda. El gesto de Duchamp de pintarle bigotes desestabili­zó una imagen que amenazaba con ser más reverenciada que apreciada. Dy­lan hace algo parecido. Toca melodías icónicas (“It ain’t me”, “Like a ro­lling stone” o “Blowin’ in the wind”) con el placer de quien rearma otro Me­ccano con las mismas piezas. La transformación es tan radical que cuando un estribillo suena idéntico a la versión original parece rarísimo. El asombro recuerda la segunda Gioconda que “pintó” Duchamp: sin los bigotes de su versión anterior, ofreció una Mona Lisa “afeitada”. El cuadro de Leonardo nunca volvería a ser sólo el cuadro de Leonardo. En forma similar, las canciones de Dylan no pueden ser como antes: tienen mucho pasado por de­lante. Cuando una melodía suena en el concierto como el disco, sorprende mucho: lo auténtico parece artificial. ¡La Gioconda está afeitada!
En Chronicles, su excepcional autobiografía, Dylan ofrece algunas cla­ves de su estética. Su memoria tiene la salvaje precisión del coleccionista de mariposas. Recuerdos clavados con alfileres. Esta pasión por el detalle sigue una caprichosa estructura. “Nunca olvido una cara”, escribe Dylan en el tono de un detective del cine negro; sin embargo, sus recuerdos hiperrealistas lle­gan como las barajas accidentales que recibe un tahúr. No olvida, pero desordena.
En sus conciertos, baraja las canciones para tentar a la fortuna. En algu­na ocasión, los publicistas de Columbia lanzaron un lema para contrarrestar los exitosos covers de “Blowin’ in the wind” y defender el estilo hipernasal que autorizó a cantar a tantos trovadores sin voz: “Nadie canta a Dylan como Bob Dylan.” El tiempo ha demostrado que tenían razón. Dylan es fiel a sí mis­mo: sólo él logra que lo auténtico suene distinto.

LA GUITARRA DE SANTANA

Para Carlos Santana, Dios es la fuente más segura de electricidad. El músico que comenzó como mariachi en Autlán, Jalisco, y aprendió a tocar guitarra eléctrica en Tijuana, de la mano de Xavier Bátiz, ha olvidado el espa­ñol (o al menos la parte que tiene que ver con los adverbios), pero no el regionalismo que lo impulsó a entender el mundo en siete notas. Aunque un trance místico lo llevó a adoptar el nombre hindú de Devadip, Carlos no ha perdido sus raíces; entre otras cosas porque las ha inventado.
México representa para él la Arcadia donde los ritmos latinos se confun­den. Criado en el semidesierto, toca para demostrar que su paisaje sentimental incluye cocoteros. Su coctel de sonidos latinos se unifica con una certeza: la guitarra es el instrumento de energía donde Dios deja sus hue­llas digitales.
En 1999, el exmariachi grabó un disco digno de su nombre: Superna­tural. Después de trece años de aspirar al Grammy, recibió nueve trofeos. Un reconocimiento retrospectivo para quien demostró que también las ma­racas pertenecían a la generación Woodstock.
Como de costumbre, México mostró su condición de espejo ante lo que pasa fuera. El municipio de Autlán decidió honrar al hijo predilecto al que no había prestado demasiada atención y que salió de ahí silbando una canción ranchera. En la plaza de armas, presidida por un kiosco para banda de pue­blo y bancas para que los novios se tomen de la mano, se edificó un tardío monumento al principal músico de rock nacido en México.
Santana compareció en bronce, rodeado de cinco columnas vacías para futuros músicos de la región. El círculo de piedra es un Salón de la Fama del porvenir. Por ahora, sólo el autor de “Samba pa’ ti” merece tomar el sol en ese sitio.
En junio de 2001 me reuní con un amigo al que llamaré Ariel para despistar. Es el mejor crítico de rock de México. A lo largo de cuatro déca­das ha escrito en las más diversas publicaciones. En una ocasión incluso se apoderó de una revista médica para hacer una “Anatomía del rock”. Por des­gracia, no ha reunido sus críticas en libro ni las ha sistematizado en una en­ciclopedia. Muchos de los periódicos contraculturales que mejoró con sus textos desaparecieron sin pasar por las hemerotecas, y el propio Ariel evitó almacenarlos porque bastantes problemas tiene con sus catorce guitarras cada vez que se muda de casa.
En la infancia, nada me hubiera gustado tanto como tener una guita­rra eléctrica. Tuve que conformarme con un ejemplar de madera de Mi­choa­cán tamaño juvenil (“tercerola”, se le decía a este modelo para bolerista a escala).
Cada vez que atraviesa por dificultades económicas Ariel me “vende” una de sus guitarras, a condición de recuperarla cuando tenga dinero. Soy la casa de empeños donde deposita lo que más quiere y menos necesita. Me gusta guardar las guitarras porque me sugieren recuerdos que no tuve.
Nos vimos en junio de 2001 para una comida de despedida: yo me iba a vivir a Barcelona. Hablamos de la noticia del momento: la guitarra de bron­ce de Santana había sido robada. “Sé quien fue”, Ariel dijo de inmediato. Contó que había participado en un extraño concurso sobre trivia de rock. El premio consistía en darle la vuelta al mundo comprando discos en Tower Records. La compañía cambiaba memoria por memorabilia y demostraba que en tiempos de globalización el cliente puede ser enviado hacia el producto.
Ariel se queja de que sus recuerdos se desordenan como fichas de dominó y culpa de ello al ácido lisérgico (al que tam­bién culpa de su impuntualidad y de los lugares prohibidos donde estaciona su co­che). La verdad sea dicha, su memoria es imponente pero ocurre en fases. Es un Funes transitorio, al que de pronto se le va la luz.
En su condición de erudito del rock, se sintió por competir contra muchachos más jóvenes que la camiseta de Grateful Dead que llevaba puesta. De cualquier for­ma, demostró la superioridad de un profesional de la memoria ante la generación digital que se sirve de prótesis para alma­cenar datos.
El premio le resultó más humillante que atractivo. ¿Valía la pena hacer una circunnavegación consumista para regresar con 24 horas de jetlag?
Los demás concursantes tenían as­pecto de fans; la memoria era para ellos un hobby, no un hábito muchas veces do­loroso, difícilmente adquirido en fotocopias de revistas marginales. A los 50 años, mi amigo competía contra adversarios ¡a los que no les importaba perder! De­rrotarlos era tan agraviante como ser derrotado por ellos.
Mi amigo se sintió tan mal que su memoria funcionó mejor que nunca. Como no deseaba ganar, los nervios no entraron en juego. Fue declarado campeón. Al modo de un personaje conradiano, aceptó el título que lo in­famaba y renunció al premio. El saldo más duradero de ese concurso fue el odio que cobró por cierto personaje, un promotor de conciertos con sobre­peso que deseaba orbitar el mundo para traerle discos a una chica que des­de hacía cinco años no quería ser su novia. El tipo insultó a Ariel a la salida del cotejo: “Te dejaron copiar; nadie se atreve a eliminar a un anciano.”
Por desgracia, esta opinión era compartida. Los concursantes detestaron ser vencidos por alguien apenas más joven que el Gandalf de El Señor de los anillos. Incluso los organizadores vieron con recelo al ganador (o así lo interpretó Ariel).
Una de las preguntas del concurso se refería a la deidad a la que San­tana rindió tributo en su disco Abraxas. Sólo Ariel pudo contestarla. Cuando la guitarra de bronce desapareció en Autlán, supo que el promotor se la ha­bía robado para dársela a la chica que no quería ser su novia.
Pocos días después de nuestra comida de despedida, Ariel escribió una crónica sobre el robo. Mencionó que el instrumento había sido embarcado en una camioneta con matrícula extranjera para ir “rumbo al olvido”.
Al mes siguiente, la guitarra apareció colgada de un árbol, como la ca­beza de uno de los gemelos mágicos en el Popol-Vuh. ¿Había sido usada para un rito?
El caso no tuvo mayores consecuencias. El Santana de bronce volvió a rasgar el aire ante su guitarra en la plaza de Autlán donde vuelan las palomas.
A principios de 2010 soñé que me robaba la guitarra de Carlos Santa­na y la llevaba a una tienda de juguetes, donde deseaba cambiarla por un John Lennon de Lego. Este impulso regresivo me hizo pensar en Ariel y en el extraño rival memorioso a quien atribuyó el robo de la guitarra. ¿De quién se trataba?
Le escribí y me contestó: “Creo que te confundes. La guitarra de San­tana no fue robada. En cambio, a mí me desvalijaron mi Gisbon Les Pauls.” A continuación hacía un prolijo recuento de la pérdida de su guitarra.
La revista donde Ariel escribió del robo pertenece a la era de Internet, de modo que pude consultar su texto. Releí la frase: “fue llevada rumbo al olvido”. En verdad la guitarra había ido a dar ahí, no en el mundo real, pues fue recuperada un mes después, sino en la memoria de mi amigo.
¿Por qué alguien que vive para atesorar guitarras y datos del rock se deshacía de esa historia? Recurrí al remedio homeopático de enviarle su pro­pio texto.
“Qué asombroso”, respondió, “vivo entre black-outs; debe ser por el crack”, añadió, exonerando en esta ocasión al LSD. Entonces le pregunté quién era el tipo al que culpó del robo de la guitarra.
Para mi sorpresa, Ariel me dio el nombre de otra persona, un locutor de radio al que considera responsable del pésimo gusto de los mexicanos del tercer milenio. Se trata de una fobia reciente; el locutor tiene 35 años y sólo pervierte los oídos de la juventud desde hace diez. Cuando ocurrió el robo, Ariel no lo detestaba, o no tanto. Mi amigo había cambiado de culpa­ble, actualizando su rencor.
Se lo dije y, naturalmente, desconfió de mi memoria. Le parecía increí­ble que yo pudiera recordar algo a todas luces tangencial, ocurrido en junio de 2001. Sobre todo, le parecía increíble que recordara un repudio que no pertenecía a mi vida, sino a la de él.
Le hablé del promotor gordo que llevaba cinco años sin poder conquistar a la misma chica. En su mente había dejado de existir. Sólo el locutor podía haber robado la guitarra.
Entonces ocurrió un milagro que tal vez sea freudiano. En enero de 2001 le “compré” a Ariel su Fender Telecaster. La puse en mi estudio, co­mo un intocable objeto de poder: Excálibur en espera del rey Arturo. En ma­yo llegó el momento de empacar las cosas para Barcelona. Le hablé a Ariel y quise devolverle su guitarra. Explicó que aún no tenía dinero para “comprármela”. Sugerí que pagara a mi regreso; el trato era magnífico para él por­que yo no pensaba volver. Había olvidado que los mexicanos nunca se van para siempre: la Fender sería suya sin pago alguno. Pero Ariel es hombre de honor: “Déjala con tu mamá”, sugirió.
El aspecto freudiano de este recuerdo compartido y revuelto a medias comienza, por supuesto, con mi madre. Dejar la guitarra en su casa me permitía imaginar una adolescencia en la que fui rocanrolero. Pero el giro decisivo vino poco después.
En febrero de 2010, otro amigo llamó para despedirse. Rodrigo es crí­tico de cine y se iba al festival de Berlín. Él había estado presente en la comi­da de 2001, cuando hablamos de la guitarra de Santana. El tercer hombre podía cerrar la conversación.
Tampoco él recordaba el robo; en cambio, recordaba en detalle el ig­nominioso concurso al que se había presentado Ariel. Desde ese momento, la comunidad del rock odiaba al anciano que les quitó el premio sin usufructuar­lo. “La competencia les pareció abusiva: pensaron que Ariel estaba suficientemen­te viejo para haber sido tes­tigo presencial de los hechos”, ironizó Rodrigo. Luego dijo en forma enigmá­tica: “¿Te acuerdas de Úrsula?” Obvia­mente la recor­da­ba. Úrsula pasó por mi destino como una maravillosa oportuni­dad perdida: con ex­traña sensatez deci­dimos que lo nues­tro no era posible.
También ella había participado en el concurso, pero yo lo había olvidado. Tal vez por ser crítico de cine, Rodrigo recordaba a la perfección el reproche de mayordomo en película de misterio que ella le había hecho a nuestro amigo: “sa­bes demasiado”.
Vi a Úrsula por última vez cuando me acompañó a dejar la guitarra en ca­sa de mi madre. “¿Lo ves?”, señaló el instrumento como si fuera una reliquia equivalente a una estela maya. Lo nues­tro no podía prosperar porque ella era mucho más joven que esa Fender Te­lecaster.
La escena se borró de mi mente y sólo regresó al explorar otra, que la había sustituido. Yo recordaba la guitarra de Santana y el concurso en el que Ariel triunfó sin legitimidad por ser viejo para no recordar que el mismo mecanismo describía mi relación con Úrsula.
Desde entonces no escucho a Santana. Su guitarra me recuerda que sé demasiado.

EL BOCHORNO GLOBAL

Habitamos un planeta peculiar donde la gente se avergüenza si sueña que va desnuda al colegio, pero disfruta si una celebridad hace el ridículo en televisión. El pudor de nuestras noches es el morbo de la vigilia.
Durante varios años Britney Spears contribuyó al calentamiento global con videos y coreografías de elevada temperatura. Sin llegar al porno duro, logró que su ombligo fuera esencial a su personalidad y refrendó la atracción elemental que el pelo rubio, los pantalones de cuero y los movimientos de cadera ejercen en organismos provistos de testosterona. Un canción resumió su lema de vida: “¡Ups, lo hice de nuevo!” Equivocarse es sexy.
En la edición 2007 de los premios MTV, Britney pasó del descaro al martirologio, protagonizando el caso más comentado del bochorno global.
Después de cortejar el fuego, la Reina del Pop se provocó quemaduras de tercer grado. Su historia evidencia los trágicos imperativos de la cultura de masas. ¿Qué se espera de los ídolos: que triunfen sin tregua o que triunfen para derrumbarse en forma espectacular?
Un guión típico en la fabricación de celebridades estadunidenses: un desconocido toma por asalto los escenarios y llega a la cima del cariño co­lectivo; actúa como monarca caprichoso hasta que se desploma en una bo­rrasca de drogas, infructuosas clínicas de rehabilitación, amores fallidos y tatuajes muy extraños. Para que el guión mejore, hace falta otro episodio. Cuando los recuerdos agravian hasta la ignominia, ocurre algo que permite la amnesia bienechora: el comeback, el regreso contra todos los pronósticos.
“No hay segundos actos en la historia americana”, escribió Fitzgerald, aludiendo a la dificultad de recuperarse ante una opinión pública que es permisiva en la victoria e inclemente en la derrota.
Las estrellas del espectáculo viven en estado de irrealidad hasta que estallan como supernovas. Cuando un rostro cubre un edificio para anunciar un disco es difícil que siga siendo normal. La fama sólo existe como des­me­sura. ¿Qué espera la sociedad del espectáculo de sus favoritos?
Por principio de cuentas, el ídolo pop debe ser diferente. Surgido del barro común, dispone de un atributo esencial: una quijada, un ritmo, una voz, un cuerpo que lo separa de los otros. Su carisma no depende de los rigores del arte sino de la forma en que conecta con la multitud (en todas partes hay ídolos raros).
Una vez instalado en las preferencias de la gente, se singulariza a tra­vés de su estilo de vida. Compra sillones forrados de piel de tigre, un Cadi­llac rosa, los huesos de un pigmeo, un Van Gogh, una isla en el Caribe. Las revistas y los programas dedicados a la plutografía (la obscena exhibición de la riqueza) muestran su casa con diecisiete chimeneas y su campo de golf con hoyos de jade, excesos que parecen lógicos en alguien que vende trillo­nes de discos y abarrota los multicinemas planetarios. Nadie espera que ten­ga una aburrida vida dichosa.
Un doble juego rige la cobertura a los famosos: se celebran sus sába­nas con hilo de oro y se cuestiona el uso íntimo que hace de ellas. ¿Es posible comportarse de manera aceptable después de comprar una jirafa de ámbar de tamaño natural? Por supuesto que no. En la nueva era victoriana, los me­dios preparan con su admiración el escenario del escándalo: primero descri­ben el Taj Majal lleno de peluches de la diva y luego se asustan de que se enamore de su guardaespaldas.
En su novela Mesías, Gore Vidal plantea la hipótesis de un profeta televisivo que funda una fe con su calvario de alto rating. Los medios contemporáneos actúan como si lo hubieran leído: construyen mitos evanescentes pero su meta es la crucifixión. Mientras más profundo sea el desplome, más popular será. El programa The e-true Hollywood story sigue este esquema. El título anuncia una historia verdadera, guiño de doble sentido: tratándose de una celebridad, la verdad sólo interesa si es incómoda. El objetivo final de la cultura de la fama no es la admiración sino el sacrificio.
Britney Spears ofreció un caso de laboratorio para una historia de clímax y deterioro. Se tiñó el pelo de rubio, pero tenía raíces oscuras. Su primer matrimonio duró poco más que uno de sus conciertos y el segundo terminó en una trifulca digna de las luchas en lodo. Los medios la siguieron con el frenesí paparazzi que acabó con la vida de Lady Di. Asediada, la cantante mostró el preocupante síndrome de Gran Hermano de las celebrida­des que pasan demasiado tiempo ante el ojo público: se comportó como si las cámaras no existieran o, peor aún, como si su intimidad sólo tuviera sentido ante las cámaras. Con temple suicida, salió a la calle sin ropa interior, se rapó como huérfana de orfa­na­to, entró y salió de las clínicas como de una lico­rería. Llegó un mo­me­nto en que fue pa­tético recordar su lema: “¡Ups, lo hice de nuevo!” La chica que nació para decla­rar con descarada inocencia que esta­ba dispuesta a reiterar sus malos hábitos de­sembocó en una segun­da realidad donde existe la memo­ria. Nada tan chispeante como decir “lo hice de nuevo” cuando careces de antecedentes. Nada tan terri­ble como volverte a emborrachar cuando la opinión pública te recuerda borracha.
En la versión 2007 de los premios MTV Britney actuó como una zombie que no domina el equilibrio. Con el pelo mal teñido, uñas postizas a punto de caerse y el ombligo más famoso del planeta ele­vado por una pancita, negó lo que había conquistado en años de sudor y lágrimas. La Reina ab­dicó en vivo y en directo.
Por esos mismos días, en Tordeci­llas, España, fue cazado el Toro de la Vega. El animal enfrentó a una multitud armada de lanzas hasta que hincó sus ro­dillas en tierra.
El sigo xxi no interrumpe sus safaris. Unos dependen de las lanzas, otros de los ojos.

EL LADO OSCURO DE LA LUNA

Por lo visto hay una parte del cuerpo destinada al paroxismo. Los grandes conciertos de rock activan músculos que no sabías que existían y sirven para alzar los brazos con frenesí (los mexicanos casi no los usamos porque los te­nemos reservados para cuando ganemos el Mundial).
El entusiasmo que me llevó al calambre fue el concierto de Roger Wa­ters en la ciudad de México. En julio de 2007 el exintegrante de Pink Floyd tocó el rock progresivo que definió los usos de una generación. Hace más de treinta años, mi primer trabajo consistió en escribir los guiones del progra­ma de rock El lado oscuro de la luna, que transmitía Radio Educación. El título, tomado de Pink Floyd, sugería un contacto con el reverso de las co­sas. En las precarias frecuencias de 1977 la música que transmitíamos era una rareza. Para la generación i-Pod, resulta difícil comprender lo que significaba conseguir discos en aquel mundo a medio camino entre los fenicios y la globalización.
Las disqueras nacionales rara vez fabricaban acetatos de rock y cuando lo hacían, demostraban que el “modo mexicano de producción” no siempre lograba que el agujero estuviera en el centro del disco.
En ese lejano oeste de la cultura nada era tan útil como tener un amigo con una tía hospitalizada en Houston. Nuestro programa no hubiera prospe­rado sin el inolvidable Champiñón. Cada vez que alguien de su familia cru­zaba la frontera para ver a su tía, regresaba con un pedido para nosotros. Recuerdo el desconcierto de su madre cuando nos trajo las obras de un conjunto cuyo nombre era no sólo difícil de justificar sino de comprender: Flying Burrito Brothers.
El Champiñón nos ayudó como un apóstol del libre mercado y tendió un velo sobre sus defectos. El más vistoso era su forma de bailar: creía tener un ritmazo y articulaciones adicionales para ponerlo en práctica. Verlo en una fiesta era como ver a alguien afectado por el gas mostaza. Una amiga me di­jo con angustia: “Eres su gran cuate, dile que no baile, al menos no así.” Inmu­ne al ritmo y al ridículo, el Champiñón agitaba la masa de pelo que justificaba su apodo. Su reputación hubiera sido estupenda en caso de conservar el estado de reposo. ¿Pero quién agradece que le digan que su coreografía as­tral es vista como un ataque de epilepsia? No quise ser el mensajero de las malas nuevas por dos razones: el respeto a los movimientos de cada quien y la necesidad de que me siguiera consiguiendo discos.
Mi interesada solidaridad fue peligrosa. Una maestra de la preparatoria me prestó su casa para que hiciera una fiesta y tuvo la generosidad de irse a Cuernavaca “por si nos alargábamos”. Llevé el disco que me acompañaba a todas partes: Dark side of the moon. La canción “Eclipse” sonó como un diagnóstico cerebral del Champiñón: esa noche bailó sobre una colección de diablos de Ocumichu, reduciendo las artesanías a un infierno de guijarros. Quedé pésimo con la opinión pública de mi tiempo, encaprichada en que fue­ra yo, el amigo del alma, quien le revelara al Champiñón que no es necesa­rio vivir para bailar de esa manera.
Treinta años después tomé el camino de expiación que significa ir al Foro Sol de la ciudad de México. En cumplimiento de alguna maldición az­teca, los capitalinos no nos podemos divertir sin sufrimiento. No encontra­mos estacionamiento y dejamos el coche al cuidado de un hombre al que un trapo acreditaba como “vigilante”. Oímos la primera canción en el puente que lleva al Foro.
Juan Pablo, nuestro hijo que entonces tenía quince años, llegó a Pink Floyd de la única manera en que acepta compartir algo con nosotros: estrictamente por su cuenta. Mis años de espera para enfrentar a la leyenda se su­maban a los suyos. ¿Qué sucede con las canciones que llevamos en la mente? Sucede el tiempo. Recuerdos confesables e inconfesables se mezclaron en la extraña energía de la multitud.
Los aviones aterrizaban en el aeropuerto, muy cerca de nosotros. Al­guno de ellos se habrá desconcertado con el enorme cerdo volador que Roger Waters soltó en medio del concierto y acaso aterrizó en una comunidad huér­fana de símbolos que le rendirá culto sagrado.
Poco antes del final apareció la luna, lejana como el álgebra, según qui­so el poeta. Seguramente, Waters ignoraba el significado original de “Méxi­co”: el ombligo de la luna.
Encontré gente de distintas etapas del túnel del tiempo, asombrado de que el reconocimiento fuera posible. De pronto, vi un cuerpo en trance de alto voltaje. El Champiñón, claro está. Se acercó a saludarme y me recordó que su tía regresó de Houston con discos de Incredible String Band para mí. Decidí que tampoco ahora había llegado el momento de hablar de su ritmo.
Siguiendo un sentido tribal de la seguridad, los encargados del Foro te marcan el cuello con un plumón rojo. Este toque de distinción significa que puedes ubicarte hasta adelante. El Champiñón no tenía el prestigioso agra­vio. Se dio cuenta de que mis ojos revisaban su cuello. “Me colé”, sonrió. Nada lo define mejor: es el que llega sin invitación pero no sobra.
Me dediqué a observarlo, sorprendido de que aún pudiera moverse de ese modo. Los años aplazan sus lecciones. Al día si­guiente, su elasticidad sin objeto aparente me pareció envidiable.
Amanecí como si el Champiñón hubiera danzado en mi espalda. Por primera vez sentí en carne propia el lado oscuro de la luna: los músculos celebratorios existen; si no los usas a tiempo, duelen mucho.

LA PRUEBA HARRISON

“¿Con qué Beatle te identificas?” Durante décadas esta pregunta ha sido la versión pop de la prueba de Rorschach. En 2001, la muerte de George Ha­rrison, a los 58 años, demostró que millones de personas mantenían vínculos mentales con el recluso que casi nunca abandonaba su jardín de 33 acres.
Como el Che, George decidió las barbas de una generación. Además, abrió la principal ruta de la meditación y las especias del siglo XX: convenció a los otros Beatles de ir a la India, reveló que de las expediciones ico­noclastas se regresa con bigote y que los músicos que eran más famosos que Jesucristo ¡necesitaban un gurú!
“Teresa Quiñones me amaba porque tenía la costumbre de mirarla en silencio cuando ella discurría sobre la disolución del yo”, con esta frase comienza un relato de Cristina Rivera-Garza. George suscitó un afecto se­mejante; sabía admirar a los otros tres; fungía como nuestro enviado especial a los portentos. Su minoría de edad obligó a que el grupo interrumpiera sus conciertos en Hamburgo, y algo de esa novatez quedó en la conducta del gui­tarrista. Su perfecto corte de pelo delataba al primer fan del grupo. Nunca nadie logró parecerse tanto a un Beatle como George. Cuando tuvo oportunidad de lucirse con un solo en “When my Guitar gently weeps”, le pasó la tarea a Eric Clapton. Y sin embargo pertenecía al círculo de iniciados: era obscenamente común ¡y estaba dentro! En el test de identificación Beatle, Harrison representa un delirante triunfo de la normalidad. Como a otro cé­lebre jardinero, el protagonista de Desde el jardín, de Jerzy Kosinsky, le bas­taba “estar ahí” para tener un destino excepcional.
Aunque compuso “Taxman” en 1966, su talento tardó en aflorar. Su obra capital, el álbum triple All things must pass, pertenece a la etapa postbeatle y apareció con perturbadora proximidad a la ruptura, como si el guitarrista ofreciera las cintas archivadas por la indiferencia del poderoso binomio Lennon-McCartney.
De manera típica, fue quien mejor usó su prestigio de Beatle para apoyar causas ajenas al conjunto. Promovió el sueño naranja de los hare-krishna, salvó al cine británico en años de penuria con la producción de tres películas de culto (La vida de Brian, Bandidos del tiempo y Mona Lisa) e inició la filantropía de alto volumen con el concierto para Bangladesh.
George tenía algo de Beatle accidental; vio en silencio a John, Paul y Ringo, y quizá practicó sus ejercicios de respiración al ver a Yoko. Cuando le tocó hablar, propuso ¡la disolución del yo! El testigo privilegiado de la fama usó su repentino protagonismo para disolver las individualidades en karma positivo. La segunda fase beatle de George se rigió por el timbre de la sítara y la búsqueda de una razón trascendente, una rueda del destino ajena al hit-parade. Identificarse con esta etapa de su vida exige militancia espiritual, o por lo menos curiosidad para probar semillas y zonas de energía. John era más exigente: nos desafiaba a descubrir que el mensaje cifrado en “Revolu­ción No. 9” significa que tiene un mensaje cifrado.
Aunque nunca abandonó por completo la escena y participó con Bob Dylan y Roy Orbison en los Travelling Willburys, Harrison dedicó lo mejor de sus últimos años a cultivar su jardín. De golpe algo lo afectó en forma dis­tinta y empezó a decir que había sido relegado en los Beatles.
Su muerte dejó la sensación de vacío de “A Day in the Life”: “¿Cuán­tos agujeros se necesitan para llenar el Albert Hall?” Otra canción de enton­ces adquirió un aire de negra profecía: “When I’m Sixty Four”. Recuerdo una caricatura de 1967 o 68 en la revista mexicana Pop donde los Beatles aparecían con las papadas y las calvas que tendrían a los 64. En su momento, el dibujo fue una burla divertida; ahora representa la tercera edad a la que no llegaron dos de los Beatles.
En su lecho de muerte, George pronunció el mantra que escogió desde que se supo enfermo de cáncer. El mejor de sus discos alude a la evanescente sustancia del tiempo: Todas las cosas tienen que pasar. A pesar de su resignada calma, se fue sin apagar la luz ni aclarar cuántos agujeros necesitamos para llenar el Albert Hall.
Los criminólogos aplican la prueba Harrison para saber si el sospecho­so ha disparado un arma de fuego; es la memoria de la muerte en las huellas digitales. En la cultura de masas, se usa otra prueba: “¿Con qué Beatle te identificas?” Hay un genio lunar, un genio solar, un narizón de carisma y el muchacho que quería pertenecer a los Beatles. George Harrison pretendió que uno de nosotros mereciera la singularidad. Extrañamente, lo consiguió.

SIMPATÍA POR EL DIABLO

El 18 de diciembre de 2008 Keith Richards logró un extraño triunfo bio­lógico: cumplir 65 años. “La vida es un proceso de demolición”, escribió Fitz­gerald. Devoto de esta sentencia, el guitarrista de los Stones se ha quedado dormido mientras conduce a 100 kilómetros por hora.
Su historia es un acto de supervivencia contra todos los pronósticos, el record geriátrico de un juerguista que ha pagado facturas de 5 mil libras por limpiar su habitación de hotel y ha vivido contra la moral y las buenas cos­tumbres, practicando la posesión ilegal de armas, el robo de guitarras eléctricas, orgías que parecen coreografiadas por el Cirque du Soleil y una dieta de heroína capaz de acabar con una etnia.
“Nunca he tenido problemas con las drogas, sólo con la policía”, ha di­cho el hombre que olvidó la mayor parte de los años setenta y transformó su rostro en una gárgola medieval. El humor nunca abandonó al Stone rebelde. En su gira de 1998 saludó al público de este modo: “Es magnífico estar de vuelta. Es magnífico estar aquí. Es magnífico estar en cualquier lado.” El so­lo hecho de que suba a un escenario prueba que alguien puede respirar el aliento de la muerte y vivir para con­tarlo.
Al modo de los poetas románticos, el guitarrista entendió la experiencia es­tética como una tarea de alto riesgo don­de el amor no lleva a regalar bombones sino a beber arsénico o a acariciar los gatos de la magia negra (“soy Baude­laire y estoy en la lista con otros amigos”). Es­ta pasión lo hizo arder en su propia luz y mostrar sus quemaduras con orgullo.
Los Stones se transformaron en un megaconsorcio, pero él garantizó que en un rincón del escenario perdurara la esencia del blues de Chicago.
Jagger y Richards se conocieron en 1951, a los siete años, y comenza­ron a componer juntos antes de cumplir los veinte. Desde entonces han llevado vidas distintas e indisolubles, al modo de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
En abril de 2008 la revista Uncut confirmó lo bien que se entienden dos personas que se llevan mal. “¿Ha me­jorado su relación con Jagger?”, fue la obligada pregunta del reportero. La res­puesta de Richards cumplió la ex­pectativa: “No”. A continuación, describió a Mick como un maniático del con­trol que al despertar ya sabe a quién va a llamar por teléfono; mientras tanto, él despierta asombrado de seguir vivo.
Cada vez que termina una gira, las piedras rodantes siguen caminos se­parados, pero no rompen su neurótica relación. La entrevista de Uncut ofre­ce una extraña clave al respecto: el guitarrista adoptó un labrador por la docilidad de esa raza, pero le puso Rasputín, como si aguardara o incluso necesitara otra conducta. Cuando entrevisté a Jagger en 2001, habló de algu­nas figuras carismáticas con las que se identifica. Una de ellas fue, precisamente, Rasputín. Durante su descanso en Jamaica, Richards recuerda a su gemelo incómodo a través de su perro. La lealtad puede ser compleja.
En la alborada del punk, The Clash profetizó: “No más Stones ni Who en ‘77.” Poco después, la justicia canadiense estuvo a punto de condenar a Richards a cadena perpetua por tráfico de drogas. En los años ochenta el gru­po agonizó entre pleitos, malos discos y recaídas en la droga. Sin embargo, los lamentables vejestorios de entonces se transformaron en los desafiantes ancianos de hoy. En 1997, un periódico inglés preguntó: “¿Dejarías salir a tu abuela con un Rolling Stone?” En 2006 tres millones de personas de to­das las edades se reunieron en Río de Janeiro para escuchar a las momias hipervitales que han tenido “Puentes hacia Babilonia”.
El 18 de diciembre de 1979, David Courts, amigo de Richards de toda la vida, le dio un curioso regalo de cumpleaños: un anillo con una calavera. El guitarrista se lo puso como si encontrara a una vieja conocida, y siguió su travesía por aguas inciertas.
Casi treinta años después, el músico apagó sus 65 velas. A su lado es­tuvo Jagger, el amigo y enemigo íntimo que en 1968 enloqueció con la lectura de El maestro y Margarita, de Mijail Bulgákov. ¿Qué pide el diablo a cambio de los dones que concede? Vida, torrentes de vida. Jagger vive para sellar un pacto con el diablo; Richards, para sustituirlo.

BAILANDO EN EL ESPACIO

Hubo un tiempo en que el espacio exterior quedaba en México. En los años se­senta el rock llegaba desde un planeta remoto. De pronto, nuestra provincia se vio asaltada por los Fabulosos Cuatro: John, George, Paul y Ringo (siempre mencionados en ese orden). Cuarenta años después de la muerte del ge­neral Álvaro Obregón, los mexicanos nos enfrentábamos al dilema de estar in o estar out.
Los niños de la época oíamos la radio con el asombro con que se oyó la adaptación de Orson Welles de La guerra de los mundos y llevó a creer a los habitantes de Nueva York que los verdes alienígenas habían estacionado sus platillos en la avenida Madison.
Las emisoras que transmitían rock eran oráculos de lo nuevo y se dejaban influir por nuestras emociones. Aún sé de memoria los teléfonos que marqué hasta sentir que se me borraban las huellas digitales: el de La Pan­tera (2-4-6-590) y el de Radio Éxitos (21-18-78). Una voz magnífica, de capitán intergaláctico, preguntaba: “¿Por quién votas?” Había que apoyar a los Stones o a los Beatles, a los Animals o a los Hollies. Nuestros remotos ído­los flotaban en la Dimensión Desconocida.
En ocasiones, la Caravana Campeona de la radio se ubicaba en alguna esquina a repartir regalos. Para obtenerlos había que pronunciar con­sig­nas de responsabilidad social y buena vibra, por ejemplo: “Ahorra luz y sé tú mismo.” Estas claves eran tan fascinantes y herméticas como las que se gritaban por walkie-talkie en el programa Combate: “Jaque mate Rey dos”, decía el sargento Saunders. “Aquí Torre blanca”, respondía un héroe su­bordinado.
Las canciones de rock llegaban como contraseñas de un impreciso más allá, similares al himno de la otredad que se puso de moda poco antes: “Los marcianos llegaron ya/ y llegaron bailando ricachá.” En aquel tiempo optimista, los encuentros del tercer tipo parecían una oportunidad para aprender pasos de baile en la pista del cosmos.
Pero el tiempo avanza y a partir de febrero de 2008 el universo es co­mo el df de mi infancia: una sonda espacial transmite música de los Beatles. “Mándenle mi amor a los alienígenas”, comentó Paul antes del despegue, en el tono en que antes mandaba besos a las chicas.
La cápsula avanza a 168 mil millas por hora dispuesta a poner al día a planetas ubicados a millones de años. Nunca es demasiado tarde para sa­ber que en un punto de la galaxia latió el corazón ye-ye.
La melodía que inicia el hit-parade interestelar es “A través del univer­so”, elección quizá demasiado obvia. La NASA debe pensar que los extra­terrestres aún no están listos para “Soy la morsa”.
Todo proyecto nómada es compensado por uno sedentario. Desde que Abel y Caín dividieron a la tribu, unos viven para irse y otros para quedarse. Mientras una nave viaja con música de los Beatles, un hotel de Liverpool ofrece la oportunidad de dormir dentro de un disco del cuarteto (o algo pa­re­cido). El local lleva el previsible nombre de “A Hard Day’s Night” y otorga valor simbólico a un rasgo insulso de otros albergues: el huésped es tratado como Hombre de Ninguna Parte. Ahí eso no significa una despersonali­zación sino un homenaje.
Como el negocio sólo tiene cuatro estrellas, el mundo Beatle se reduce a fotos de los ídolos y cerillos alusivos. A los clientes con iniciativa, se les recomienda llevar un submarino amarillo para la bañera.
En cierta forma, el hotel sugiere un proyecto clandestino de los Rolling Stones; no parece destinado a promover la beatlemanía, sino a culpar a Rin­go de que no haya agua caliente.
En cambio, hay algo grandioso en pretender que el cosmos reciba un impacto pop. Cuando seres provistos de seis orejas o epidermis auditiva es­cuchen a John Lennon, el planeta del cantante habrá desaparecido. Entre las muchas empresas inútiles de la especie ésta es una de las más conmovedoras. La arrogante civilización que inventó el top ten propone una hazaña sin recompensa.
La nave sin destinatario visible circula por el frío espacio donde nadie puede oír tu grito. Más allá de los asteroides y las cambiantes lunas, alguien recibirá esa melodía.
Desde 2008 los extraterrestres pueden ser como nosotros. La voz de los Beatles llegará a los confines de la galaxia como en los años sesenta llegó a mi barrio, que entonces se ubicaba en el espacio exterior.