viernes, 30 de abril de 2010

Lo peor de la inocencia

Nahum Montt
Teresa escuchó a su marido toser en el baño. Se levantó de la cama y buscó a tientas el suéter de lana que colgaba detrás de la puerta. Salió de la habita­ción sin hacer ruido. Puso a hervir agua para el café y encendió la veladora que estaba a medio consumir en un rincón. Susurró una oración y contempló la fotografía del niño que estaba junto a una estampa de la Virgen de las Mer­cedes. El niño de la fotografía tenía camisa blanca, tirantas, corbatín y hacía un gesto de tomarse la boina, en un eterno y sonriente saludo.
Presionó el botón de un viejo radio reloj. Susurros quebrantados por el espanto llenaron la cocina. Continuó preparando el desayuno y prestó atención a una voz que decía en la radio: “te quería decir que la fiesta de cumplea­ños de la niña estuvo muy linda, tomamos muchas fotos para mostrártelas cuando regreses…” Teresa era delgada, piel muy blanca y cabellos rubios que habían comenzado a ponerse grises y opacos. Tenía un aire de tristeza y languidez que la hacía ver hermosa y le faltaba poco para cumplir los cincuen­ta años.
—No deberías torturarte así.
Se dio vuelta y vio a su marido en el umbral de la cocina, como si estuviera posando para otra fotografía, la de un hombre devastado por el paso del tiempo, con las manos en el pantalón azul oscuro, camisa azul celeste, corbata roja y cabellos húmedos recién peinados. Estaba recién afeitado y arqueaba las cejas en señal de desaprobación.
—Samuel —dijo ella sin alterarse—. Por favor…— Trenzó las manos como si fuera a rezar. Su esposo sacó las manos regordetas y callosas de los bolsillos del pantalón, se acercó al viejo radio re­loj y lo apagó desconectando el cable que daba a la toma de la corriente. Su voz, que intentaba ser persuasiva, pareció golpearle los oídos.
—Teresa, Teresa...
Treinta años atrás, le llamaba “mi campesina polaca”, pero con el paso del tiempo le terminó lla­mando por su nombre. Lo escuchó abrir la puerta de la entrada para recoger el periódico. Terminó de pre­parar el desayuno y se lo llevó al comedor en una bandeja, pero en lugar de disgustado, lo encontró sonriendo, negando con la cabeza, como si le hubieran contado un chiste muy gracioso.
Dobló con cuidado el periódico y le enseñó el titular. Teresa entrecerró los ojos, lo leyó y encogió los hombros sin entender. Samuel le explicó que aquello había ocurrido el día anterior, en el Caribe colombiano.
—Escapó de un circo pobre —dijo su esposo, después de probar el café—. Se paseó por las calles del pueblo como si nada y mató a una perra que salió a ladrarle. Luego se subió al techo de una casa y, como las tejas no resistieron, cayó en una sala, donde un viejo miraba la televisión.
Sobre la mesa estaba el maletín de cuero, gastado y anacrónico, de esos que usaban los médicos en el tiempo de antes cuando visitaban a los pacientes en sus casas. Samuel comió un pedazo de pan y añadió divertido:
—Y lo más curioso de todo.
Samuel señaló en el periódico una fotografía en blanco y negro.
—El viejo no se movió de la silla. Según los testigos, la leona se acercó y rugió tan fuerte que le levantó los pocos pelos que tenía. Pero el viejo ni siquiera se movió, entonces la leona le pasó su lenguota por la cara y se marchó.
—¿Y entonces? —preguntó mientras abría el maletín y hurgaba en él, como si escarbara en un montón de hojas secas.
—Nada, el domador se encargó de atraparla.
Teresa sacó un estetoscopio, un par de guantes de látex, un alicate, un paño púrpura con un juego de agujas de distintos tamaños y otros aparatos que vibraban cuando presionaba sus botones.
—Que te mate una leona a besos y no a mordiscos, eso se me hace gracioso, muy gracioso... ¿No lo crees?
—¿Y quién murió? —preguntó mientras limpiaba el interior con un trapo que había sacado del delantal, el maletín desprendía un olor a tierra húmeda—. ¿El viejo?
Samuel masticó sin prisa y tomó un sorbo de café.
—Por el beso de Marilyn —y aclaró, en tono apacible, que así llamaban a la leona.
—¿Marilyn? Vaya nombre...
Samuel entró al baño y Teresa lo escuchó lavarse los dientes y hacer gárgaras. Volvió a guardar los objetos que había sacado del maletín. Alguna vez le había preguntado por qué cargaba aquello si no era médico y él le res­pondió que eran sus juguetes. Y la miró de tal forma que sintió una punzada que le estremeció el alma.
Samuel regresó, tomó el maletín y le entregó varios billetes.
—Mira la cartelera, seguro encuentras algo que te guste.
—Me gusta ir al cine contigo.
El puso cara de “inténtalo”.
—Podrías olvidarte de todo, al menos mientras pasa la película. Podrías ver una comedia.
—¡No estoy para comedias!
Samuel le dio un beso, frunció los hombros y se marchó.

Teresa conectó el viejo radio reloj y escuchó noticias mientras lavaba los platos, luego se ocupó de los quehaceres de la casa. Cuando terminó, rezó el rosario en la sala, frente a la foto ampliada a color que mostraba ahora al niño convertido en un joven de camuflado, en cuclillas; una pañoleta verde cubría su cabeza y en su espalda cargaba una mochila. El joven se apoyaba en un fusil y parecía corresponder cada oración con una sonrisa. Al fondo, un paisaje borroso, de arbustos fantasmales que parecían abrazarlo con sus hojas verdes.
Al mediodía hojeó el periódico. Leyó la noticia de la leona que mató del susto a un anciano en un pueblo de la costa Atlántica y sintió lástima por aquel pobre hombre. También se preguntó qué programa de televisión estaría vien­do. Al llegar a la sección de cines, leyó los títulos de las películas y le llamó la atención un recuadro que hablaba de perdón y reconciliación. Pensó que, después de todo, sería una buena idea.
Se duchó y se puso un vestido negro con estampado de flores grises. To­mó un bus y se distrajo mirando las calles. Se bajó mucho antes del paradero y caminó esquivando los cachivaches de los vendedores ambulantes. Entró a un restaurante y almorzó sin prisa. Luego salió y continuó sin afanes hasta llegar al teatro, hizo la fila y pagó en la taquilla. En la entrada leyó en el car­tel que se trataba de una conferencia y no de una película. La mujer encargada de recibir las boletas sonrió con sus labios grandes y gruesos:
—Uff, hace tiempo que se cerró el teatro.
Teresa dio media vuelta.
—Doña, espere —dijo la mujer de la entrada—. No se vaya.
Teresa lo pensó. Ya estaba allí, ¿qué podía perder? La mujer de la en­trada extendió la mano y le recibió la boleta sin dejar de sonreír.
—Fue el Señor quien la trajo hasta aquí.

Samuel se sentó en su pequeño cubículo y pasó el día con los audífonos pues­tos, escuchando conversaciones telefónicas intrascendentes. De vez en cuando apuntaba en la planilla “alusión nivel 5”, lo cual significaba nada. Sólo en una ocasión, meses atrás, le había tocado una conversación nivel 1. Hablaban en clave de consignaciones, de escuelas y juguetes. La grabó y la remitió a Direc­ción. Después se enteró por las noticias de un atentado que correspondía a dichas alusiones.
Al final de la tarde pasó Martínez.
—¿Preparado?
Samuel asintió, apa­gó los equipos, tomó su maletín y salió con él. To­maron un taxi hasta el sur de la ciudad. Martínez tim­bró en una casa de la­dri­llos rojos, unos pasos se aproximaron y alguien pre­guntó tras la puerta. Mar­tínez se identificó y añadió:
—Vengo con el doc­tor.
Un hombre gordo abrió la puerta, estrechó sus manos y los guió por el pasillo hasta un patio donde caían las últimas lu­ces de la tarde. Entraron a una habitación en pe­numbra y se detuvieron fren­te a un vidrio; a través se veía un cuarto iluminado. Allí dentro, un joven estaba sentado con las manos amarradas atrás. Sobre una mesa, pega­da a la pared, había una grabadora. El gordo le entre­gó un casete a Samuel.
—Lo de siempre —dijo—, nombres y direcciones.
Samuel entró a la habitación y al cerrar la puerta sintió el peso del si­lencio. Tal vez, en otro tiempo, fue un estudio de grabación, pensó, pues las paredes estaban cubiertas con láminas de corcho y la sensación de aislamiento era aplastante. El bombillo emitía una luz mortecina que creaba una atmósfera irreal, como la de los sueños. Dejó el maletín anticuado sobre la mesa y evitó mirar su imagen reflejada en el espejo. Se quitó la chaqueta de paño azul y se puso los guantes blancos de látex, luego introdujo el casete en la grabadora y presionó el botón de grabar.
El joven tenía los cabellos largos y ondulados que caían a los lados y cu­brían sus orejas, lo miró con unos ojos castaños, hinchados, que brillaban con vehemencia, como si fuera un sonámbulo y acabara de despertar sin saber dónde estaba.
—¿Quién es usted? —preguntó inútilmente, siseando las palabras.
Samuel sonrió con tristeza.
—Soy el doctor —dijo Samuel con una voz apagada, tranquila.
Sacó las pinzas, el jue­go de agujas de distintos tamaños que estaba en­vuelto en terciopelo negro y un aparato que levantó e hizo vibrar. El joven lo miraba alelado, como si se tratara de una aparición.
—Comenzaremos con los dientes, después serán las uñas y, ¿ves es­te aparatito?, seguiremos con tu virilidad. Eres viril, ¿cierto? Eso espero, por­que no quiero que después te enamores de mí.
El joven tosió. Samuel continuó con su voz monótona, apacible:
—No me interesa lo que tengas que decirles a ellos —señaló al espejo—. No me interesa saber lo que piensas, si crees en Dios o en la revolución. Si tienes familia o estás solo en el mundo. No quiero saber nada. Yo sólo estoy aquí para que aprendas el verdadero sentido de la palabra inocencia.
El joven hizo un gesto de desaprobación, ladeó la cabeza y se puso a llorar.
—Nos vamos a entender, ya verás.
La voz de Samuel se elevó por encima de un olor que se hacía cada vez más nauseabundo.
—Sabes muchacho, ¿qué es lo peor de la inocencia?
El silencio hacía que las palabras pesaran y retumbaran en la pequeña habitación. El joven lo miró con los ojos castaños, dilatados, presa del vértigo.
—Lo peor de la inocencia es que no hay inocencia.
Al otro lado del espejo, Martínez y el hombre gordo contemplaron la escena horrorizados.

Teresa entró al antiguo teatro convertido en centro de oración y se sentó en los primeros asientos, cerca del altar donde ardía un enorme cirio. Minutos después el rumor aumentó y comprobó que ya no había sillas disponibles. Aspiró el olor a rosas que desprendían los arreglos de flores y se dejó llevar por la melodía de un violín que flotaba en el recinto. Una lluvia de aplausos la trajo de regreso. Las luces se apagaron y en el centro de un círculo de luz apareció un hombre vestido completamente de blanco. Levantó los brazos y se presentó como el hermano Gabriel. Agradeció la presencia de todos allí, explicó que antes era un sacerdote de la Diócesis y que se había retirado del ministerio para predicar con mayor libertad la palabra de Dios. Entonces ha­bló del poder de las palabras.
“Si dices que estoy mal, atraes el mal. Tienes que aprender a decir: me voy a poner bien, me voy a poner bien. ¿Y saben por qué? Porque las palabras que nosotros pronunciamos son decretos. Crean energía. Las palabras se convierten en energía y se irradia a los demás.
”Hay personas que tienen el don de ver la energía de los demás, esa energía que sale por la boca y el cuerpo. ¿Saben qué pasa cuando dices ‘te odio’? Sale una energía densa y oscura hacia la otra persona. En cambio, cuando dices ‘te amo’ sale una energía clara y luminosa hacia el otro y se queda en ti.
”Las palabras son energía, cuidemos mucho las palabras que usamos para nosotros mismos. Uno tiene que ayudarse con las palabras. Quiero escu­charlos a todos ustedes diciendo: ‘Quiero estar bien’.”
Todos repetían “Quiero estar bien”, cuando Teresa se levantó y salió. Esperó en el paradero y tomó el bus de regreso. Las calles se deslizaron por la ventanilla: empleados saliendo de las oficinas, estudiantes que entraban a las universidades para la jornada nocturna, secretarias que arrastraban un halo de fatiga. De pronto se dio cuenta, sin sorprenderse, de que estaba lloran­do. Al llegar a la casa, tomó un vaso de agua frente a la fotografía del niño que sonreía y saludaba con el gesto de tocarse la boina. Apagó la veladora con la yema de sus dedos, subió a su habitación y se puso la pijama. Leyó un par de párrafos de la Biblia y, antes de quedarse dormida, apagó la luz de la lámpara de su mesa de noche.

—¿Qué tal la película? —preguntó Samuel mientras se quitaba la corbata.
Teresa comprobó en el radio reloj que eran casi las once de la noche.
—Mala —dijo con voz ronca.
Samuel se desvistió y fue al baño donde se lavó la cara y la boca. Lue­go se acostó y dijo “lástima”. Encendió el televisor con el control remoto.
—¿Y el trabajo? —preguntó Teresa.
La voz de la presentadora de farándula llenó la habitación.
—Pesado —dijo Samuel.
En primer plano, la presentadora sonreía y mostraba sus dientes perfectos a la cámara. Teresa se dio vuelta y siguió soñando con Marilyn, caminando por el techo de su casa.