martes, 23 de febrero de 2010

Desde el cementerio

José Israel Carranza

Fabio Morábito, Emilio, los chistes y la muerte, Anagrama, México, 2009, 168 p.

A los doce años uno sabe que es inescrutable aunque no sepa qué significa la palabra inescrutable. Aunque ignore qué es ser inescru­table. La incomprensión que devuelve el mundo ante nuestras imprecisas interroga­ciones la correspondemos con una inopinada obstinación en enigmas y aparta­mientos: el silencio y la soledad van ha­ciéndose sorpre­sivamente preferibles a la admisión de los otros en nuestras inme­dia­ciones, y vamos percatándonos de que, en adelante, tendre­mos que rendir cuentas a nosotros mismos antes que a nadie más; de que la ocurrencia del presente reclama nues­tras decisiones y se detiene ante nuestro recelo, de que pode­mos instruir al instan­te siguiente para que se conforme a nues­tro deseo —aunque otra cosa es que se conforme o no: tener doce años es buena edad para enterarnos de que somos capa­ces de fabricarnos las decepciones que ha­brán de ir punteándose con nuestros anhe­los. Éstos y otros descubrimientos progresivos —las pulsiones que orientan en el camino por donde se sale de la infancia, la vulnera­bilidad y el desamparo equilibrán­dose con la invencibilidad y la independen­cia—, sin em­bargo, tardan en librarnos de la des­preven­ción con que vamos internán­donos entre los vivos. Porque ser niño, digámoslo así, es una forma todavía preca­ria de estar vivo, y de ahí que un escenario óp­ti­mo para hacer el tránsito sea, como en la novela Emilio, los chistes y la muerte, un cementerio.
Desprevenido, Emilio tiene doce años y ha dado en frecuentar un cementerio. La ra­zón que da es que va ahí casi todas las tardes a buscar chistes con su detector; tam­bién va para cumplir con el peculiar deber de loca­lizar su nombre entre los de los muer­tos —una suerte de conjuro con el que se asegura que los pobladores del lugar no quieran incluir­lo entre ellos—, y mientras busca va memo­rizando los nombres que lee, además de la ubicación de cada uno. Súbi­tamente —y qué no es súbito en un cemen­terio— está en pre­sencia de una mujer que lleva flores al ni­cho de su hijo, muerto seis meses atrás a la misma edad de Emilio. Pero la novela no comienza ahí, con esa aparición: de ese mo­mento, que se ha re­petido dos o tres veces, no sabemos más que Emilio y la mujer se habían saludado apenas con un movi­mien­to de cabeza, y que él se había enrojecido un poco. Cuando finalmente ella repara en él es sólo para preguntarle si sabe de algún lugar apartado donde pueda “hacer pipí”. Y, ahora sí, en ese encuentro que propicia tan decisivamente el surgimiento de la explo­ración re­cípro­ca que harán Emilio y la mu­jer de sí mismos (y por qué no hay que decir que se trata de un amor, tan imposible como irrecusable, por más que ella pueda ser su madre y él tenga apenas doce años), da ini­cio una his­toria sobre cuyos aconteci­mientos van tra­mán­dose nuestras inferen­cias, que principalmente con ellas es como progresan las consecuencias del encuentro: lo que suce­de a Emilio y a Eurídice, la mujer, y a quienes orbitan en torno a ellos, vamos co­nociéndolo sobre todo por­que no está dicho: quiero decir: porque los hechos están ape­nas dispuestos para que nuestra inteligen­cia y nuestra emoción compongan los sentidos que importa que tengan: quiero decir: los sentidos intransferibles y preciosos con que conseguimos saber más bien quiénes somos, quiénes hemos sido hasta antes de haber comenzado a leer.
Ignoro cuáles deban ser los significados de los actos y los pareceres de los perso­najes, de las breves informaciones que llegamos a tener de ellos: del policía del cementerio, por ejemplo, se nos hace saber que es analfa­beto; al albañil siniestro no le vemos el rostro; la madre de Emilio es traductora, el padre la enerva llenando los vasos hasta el borde y están separados por un filoso rencor enfun­dado en las suavidades de la paternidad compartida y del hastío; en el cementerio hay un empleado que altera las fechas de las lá­pidas; Eurí­dice es masajista, tiene los tobillos gruesos y se deja besar por este empleado; el de­tector de chistes de Emilio está estro­peado, y, alrededor de todo (también hay un monaguillo hermoso, un río subterráneo y una caverna, un paseo en auto, una escale­ra de mano, una alergia al cempasúchil, una crema perfumada, una bofetada, un abejo­rro), la in­minencia de la ciudad, vol­viéndolo todo más inexplicable. Ignoro, en suma, qué pueda pen­sarse de lo que he pre­sencia­do, de cuanto vi y oí en estas páginas hechas de detenimientos y concentracio­nes, de una prosa urdida con contenidos fulgores, absorta en el regis­tro de lo poco que ve suceder; lo que sí sé es que la lectura de esta novela ha sido —asombrosa e inesperadamente—, más que una lectura, una vivencia, y acaso como Emi­lio, salgo de ella sabiendo que enamo­rarse es una forma de eludir la muerte, que sujetar­se a veces puede ser una forma de de­sasirse y que un chiste puede salvarnos la vida.
Todo cementerio es un lugar propicio pa­ra las intensificaciones: del silencio, de la luz, de los breves sonidos que juegan con ésta, de los olores y de las palabras que en ellos se pronuncian, pues allí adquie­ren una calidad de definitivas, por trivial que sea o parezca lo que formulen. Al comprobar esto, al presenciar en un cementerio la aparición inefable de una mujer delante de un niño de doce años —y al hacerse cargo de lo que ocurrirá después—, Morábito ha escrito una novela entrañable.