lunes, 21 de septiembre de 2009

El crítico como estratega: Rama y Retamar vs. Monegal

Idalia Morejón Arnaiz
(Fragmento)

Al ser interrogado acerca de la posible influencia de Emir Rodríguez Monegal en la expulsión de Ángel Rama de los Estados Unidos a comienzos de la década del ochenta, el director de Casa de las Américas (La Habana, 1960) respondió: “Emir Rodríguez Monegal fue sencillamente un instrumento, y creo que no es el dedo de Emir Rodríguez Monegal, es el dedo que estaba detrás de Emir Rodríguez Monegal (...). Si me pregunta usted, y esto es una conjetura, no creo que Emir hubiera hecho eso. Creo que Emir escribió algunas majaderías en las cartas que se han publicado después, sin embargo era un caballero, y no hubiera hecho una cosa de esa naturaleza. Pero repito, Emir no era el que decidía en estas cosas, él era sólo el director.”[1]
En su respuesta, Fernández Retamar funde dos momentos cronológicamente distintos en la carrera de estos dos críticos uruguayos (iniciados los ochenta, Rodríguez Monegal era catedrático en Yale, mientras que Rama intentaba serlo en Stanford), reforzando así la imposibilidad de Casa de las Américas de desvincular al primer director de la revista Mundo Nuevo (París, 1966-1968; Buenos Aires, 1968-1971) de la imagen estigmatizada de “colaborador” de la CIA con que había sido rotulado más de tres décadas atrás. Al (con)fundir las temporalidades y funciones de Rodríguez Monegal como director de revista y como “agente”, Fernández Retamar demuestra su actual disposición para explicar y justificar la tan criticada actuación del fundador de Mundo Nuevo. Al mismo tiempo que el empleo del adverbio “sólo” sirve para delimitar las atribuciones de orden político-práctico de Rodríguez Monegal, sirve también para mostrarlo en un plano de subordinación más que ante la política institucional de su organismo financiador (el Congreso por la Libertad de la Cultura, CLC; el Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales, ILARI), ante la política de los Estados Unidos, lo que significaría, en la visión de la izquierda militante, estar al servicio de quienes se oponían al modelo revolucionario latinoamericano.
La apelación a la integridad moral de Rodríguez Monegal (“sin embargo era un caballero”) para aliviarlo del peso de la “culpa” que durante casi cuatro décadas ha recaído sobre su participación en Mundo Nuevo, tal vez se explique por la resistencia de su revista tanto al tiempo de la historia política como al de la literatura, y nos enseñe hoy que lo que ha sobrevivido para la literatura latinoamericana de la disputa entre el radicalismo de derecha y el de izquierda en los animados años sesenta es justamente mucho de lo que trató de mantenerse al margen o contra dicho radicalismo. Desde el campo de valores de Fernández Retamar, el adverbio “sólo” propone la silueta de un Rodríguez Monegal manipulado, no lo suficientemente capaz de resistir a las maniobras de la CIA o de colocar su talento crítico al servicio de las demandas de una comunidad intelectual amante de la revolución planetaria. Pero la ausencia de responsabilidad que parece recaer sobre el uruguayo podría ser pensada además como la reevaluación de Fernández Retamar sobre el papel que jugaron ambas revistas en un debate que, si bien él pretende inspirado en la vocación rebelde de un solo hombre (Ángel Rama), sus mismos contenidos muestran cómo fueron creadas para operar dentro de campos de poder en que las jerarquías a partir de las cuales polemizaban compartían un mismo nivel de subalternidad, al responder en diferentes grados y con discursos opuestos a políticas institucionales y a ideologías que colocaban en juego, en primer lugar, el control político y económico sobre determinados espacios geográficos.
Detengámonos en el sintagma “él era sólo el director” para comentar la nueva esfera de actuación de los críticos en el contexto político sesentista y cuestionar de qué modo (re)define la naturaleza y funciones del director de una revista, su marca de institucionalidad, ya que también hace explícita la actuación de Casa de las Américas y Mundo Nuevo como receptoras, portadoras y divulgadoras de ideologías que circulan y se asientan en torno a figuras claves en la crítica literaria latinoamericana de los años sesenta. Más que indagar sobre las razones o los motivos que llevan al director de Casa… a presentar la actuación secundaria de Rodríguez Monegal como una derrota de la ingenuidad o de la estrechez ideológica, interesa explorar la intensidad con que el sintagma “él era sólo el director” espejea la funcionalidad de otro sintagma: hacer una revista (y dirigirla) implicaría la yuxtaposición de prácticas personales y políticas institucionales ante las cuales los directores se verían abocados a optar en diferentes grados. Y es justamente en función de los conceptos políticos que circulan dentro de los campos de poder en que se mueven que cada uno de estos directores opta por un modelo retórico, por un diseño intelectual. La idea del director como El Maestro, como la figura espiritual que rige la discursividad y ordena la sintaxis de una revista, y que como un hilo nada invisible había atravesado algunas de las principales publicaciones latinoamericanas de la época (Sur, Orígenes), es desplazada a partir del triunfo revolucionario cediendo lugar a una colectividad que reproduce los mitos y ritos participativos de la nueva estructura social. La imagen del intelectual como voz de los sin voz, como “técnico”, letrado y reproductor de los cambios sociohistóricos transforma, en el espacio cubano, las formas “tradicionales” de hacer una revista.
Si durante el quinquenio en que se mantuvo al frente de Casa de las Américas, Antón Arrufat trató de preservar ciertos espacios textuales en beneficio de la libertad de creación y la polémica estética, reivindicando así su formación en el interior de las páginas de Ciclón, Fernández Retamar (que en su juventud fue colaborador de Orígenes) negocia dichos espacios hasta el punto de llegar a ser totalmente controlado por la institucionalidad. Mientras tanto, desde otro contexto, Rodríguez Monegal mantuvo una concepción más unipersonal y centralizada del trabajo editorial. Para mantener su imagen de revista de diálogo, Mundo Nuevo produce cierta heterogeneidad interna, aunque basada en una plataforma institucional que, al oponerse a las grandes líneas de la política cultural de la revolución cubana, se contradice con la política de tolerancia que aparentemente mantenía con los escritores de izquierda que se insertaron en la estructura de su discurso liberal.
Al contar con un comité de colaboración integrado por escritores de diversos países del continente, la revista cubana aparece como el producto de cierta representatividad latinoamericanista, que guía la elección de autores y temarios. Los miembros de este consejo editorial son los mediadores y suministradores de una larga lista de adhesiones. Mundo Nuevo, por el contrario, siembra la duda en el estrecho espacio que separa la práctica canonizadora de Rodríguez Monegal, de la plataforma ideológica del ILARI, de la Fundación Ford o del CLC. El Comité de colaboración de Casa también participa como voz del consenso de la izquierda revolucionaria, mientras que Mundo Nuevo, al no tomar decisiones colectivamente, no torna público el espacio y el modo de negociar con las instituciones que la financian. Las copiosas manifestaciones de apoyo a la revolución cubana lanzadas en cartas colectivas e individuales, en declaraciones y congresos hacen de Casa un frente organizado capaz de asumir el papel de denunciante posicionado desde el lugar productor de la verdad (revolucionaria). Casa proyecta la voz de la urgencia, la voz del cambio, siempre convocando a los intelectuales a posicionarse y a tornar públicas sus creencias. La urgencia está dada por la proximidad geográfica de los Estados Unidos y por la profundidad de su presencia en la vida económica y política latinoamericana. La urgencia es el resultado de la inminencia de hechos concretos, como las agresiones imperialistas en los primeros años de la revolución, o la exclusión de Cuba de la OEA. Así, el discurso de Casa se convierte en una suerte de llamado público contra la política norteamericana, y la izquierda revolucionaria puede contar incondicionalmente con la revista para promover a sus integrantes.[2]
En contrapartida, el estilo didáctico adoptado por Rodríguez Monegal fue el eje que organizó la sintaxis de su revista. Aunque existen números monográficos en la forma dossier, el didactismo está dado por la articulación de diversos géneros en torno de una figura (Darío), un tema (el erotismo) o una literatura (la literatura argentina). Su empresa, entre pedagógica e ilustrada, se convierte en un lugar para lo “alternativo” frente a las poéticas comprometidas de la izquierda, por medio de la restauración y exposición (parcial) de figuras y temas excluidos de la mirada revolucionaria -como es el caso de la escritura de Manuel Puig, la animada ensayística de Cabrera Infante en torno al erotismo en la novela folletín o la estratégica aparición internacional de José Lezama Lima.

[1] Idalia Morejón e Irlemar Chiampi, “Entrevista a Roberto Fernández Retamar”, São Paulo-Cienfuegos, Cuba, enero de 2003.
[2] Mundo Nuevo también promueve no sólo a los autores de ideología liberal, sino a los que habían participado y luego roto sus vínculos con el régimen cubano. María Eugenia Mudrovcic ha trabajado con el enfoque sociológico y la línea de debates sobre el militarismo, el movimiento estudiantil y el latinoamericanismo que ocupó el grueso de la revista principalmente en su segunda fase, pero también debe ser recordado que la revista llega a oponerse a la política estética de su primer director, principalmente a través del cuestionamiento del lugar preponderante otorgado por Rodríguez Monegal a la nueva novela.