viernes, 17 de julio de 2009

Sin rastro, sin luz

Víctor H. Benítez
(Fragmento)

Soy un tipo duro, amigo, soy tan duro que estoy aquí hablando contigo y debería estar muerto. Tengo el estómago deshecho. Y tengo miedo, es natural. El miedo es bueno, al menos lo ha sido en mi vida. Verás, a veces creo que todo este asunto es una réplica...
Pedía ride, un aventón sobre la carretera como cualquiera. Solo, mi gaseosa y una mochila en la espalda. Siempre lo hacía, me agradaba... sabes, fue la primera vez que visité Tijuana. ¡Dios! Mi situación ahora me hace recordarlo, estoy pensando en ello a cada momento... Oh, viejo, un aventón es fácil, llegas rápido y no gastas nada; además, si te toca un buen acompañante, el viaje se hace agradable. Ya lo había hecho en bastantes ocasiones, pero ese día el destino daba la estocada.
Nadie se detenía. Estaba lejos, amigo, más allá de Piedras Negras, dos horas al sur de Eagle Pass. En el verdadero culo del diablo. La carretera infinita con ese calor de desierto que te chupa como sanguijuela. No tenía más que la mochila y ni un cascado peso. Los camioneros pasaban frente a mí como fantasmas. Sucio, sin rasurar; nadie levanta a un andrajoso, tienen pulgas. Yo no era un mendigo, pero lo parecía.
Estuve así horas. Era muy tarde y, para colmo, la lluvia se soltó. Me senté en la mochila, con el pulgar alzado. No podía andar más, dejé que la suerte tomara la iniciativa. Y la suerte apareció, amigo, pero la suerte tiene muchas caras.Un camionero que parecía un mono, eso era. Un mono-hombre negro como las llantas de un camión. “El tuco”, un tráiler de doble remolque que paró frente a mí. Bajó el vidrio de la cabina y sacó la cabeza moviendo el brazo. Viejo, tenía los labios más grandes que había visto. La barba albergaba piojos o larvas. Sudando, me dice: “Oye... ¿No tienes pulgas?” Era un gorila de dos metros que hablaba y bebía de una botella. Yo mido uno ochenta y frente a él parecía un pigmeo.
—¿A dónde vas? —me dijo.
—A México.
—Voy para allá.

Me gusta hablar con la gente. Si bebe, bebo; si me cuenta historias, yo cuento otras; si calla, pues callo igual. Además el sujeto parecía agradable.
—Mira, chaval, a mí me gusta el rollo de la banda. Escucha, mis bocinas, buffers, los cuatro cañones que llevo atrás, todo es para escuchar banda. Ahí tengo otras cosas, pero no me gustan. Jajajaja. Si quieres saca algo. ¡Hazlo! Mete la mano ahí. Pon lo que tú quieras. ¡Dame en la madre pues! Jajajaja.
—¿De dónde eres?
—De Tijuana. ¿Y tú?
—De México.
—Cuatro días tiene que no pego el ojo. Desde que salí de Río Colorado hasta ahorita. Tengo prisa, debí llegar ayer. Pasé por Club Iguanas y me retrasé nueve horas. Varias clicas me tienen vetado por allá, siempre piensan que llevo ilegales. Me quedé dormido en las redilas de una Ford, no sé ni cómo llegué ahí, bien borracho y con la carga esperándome. Estoy temblando. Y eso que llevo la farmacia acá atrás. Jajaja. Antes de recogerte... no podía respirar. Antes de recogerte, ¡ya no sentía la cara...!
Enseñaba mucho las encías. Su quijada temblaba cada vez que daba una palmada en el volante. Yo le llevaba el juego. “Venga, dame otra cerveza...” Me daba igual que se estrellara.
Viajamos cerca de trescientos kilómetros poniendo y quietando discos, bebiendo. Nadie nos detenía, ni tránsito, patrullas, ni policías de carretera. Él iba sin quitar el pie del acelerador. Rugía el motor como un leopardo. Estaba borracho y todo fue bueno, muy bueno, hasta que comenzó a meterse más polvo.
Empezó por tallarse la oreja con el hombro, como un tic. Y reía más, miraba sus ojos en el retrovisor, abriéndolos como un buey agonizante, se secaba la frente. Sudaba más, mucho, las gotas le escurrían por las barbas... Y nada hubiera pasado de no ser por la lluvia que lo ponía de muy mal humor.
Y entonces sucedió, viejo.
Del camino salieron siete desgraciados esperando turno, su volado; pedaleando frente a nosotros. Siete bicicletas desafiantes que rodaban frente al “Tuco”.
Él bebía y se tallaba la oreja, el volante vibraba como su quijada; los fijó como un águila.
—Maricas. Pedalean en la carretera como si fuera suya. Andan como señoritas paseándose entre los camiones. Esos deportistas hijos de puta. ¡Mira esos insectos!
Los hombres hacían malabares suicidas entre la lluvia y los camiones que los rozaban. Hombres-bicicleta tratando de avanzar contra el agua que no cesaba.
—Les voy a echar la cagada de paloma. ¿Has visto la mierda de paloma en el pavimento? Se endurece con el sol, ni la lluvia la borra... Jajaja.
Giró el volante tocando el claxon varias veces para llevarse a los dos primeros que pedaleaban frente al camino. Debió rebanarlos tras el volantazo, algunos volaron hacia el barranco y otros enganchados por las llantas de atrás cuando zigzagueó. ¡Irreal! ¡Todo sucedió en segundos, en un pestañeo!
El retrovisor no mostraba bien los cuerpos dejados atrás, de carril a carril, difusos por el aguacero. El trailero seguía jalando la cadena de su claxon, y reía; parecía el conductor de un tren.
—Jajajaja. ¡Muñecas! ¡Quisiera ver sus caras!
Con todas las uñas pegadas comencé a sudar. Alarmas rojas. Miraba el parabrisas rechinando. Él parecía ahogarse de risa; le roncaba el pecho, azotando sus manos en el volante. Tomaba más cerveza, cantando mientras alzaba la botella; me veía y se echaba a reír, apenas si se notaban las rendijas de sus ojos.
—¡Qué nadie se meta con el camionero! ¡Que nadie intente parar la máquina de un güey loco! Jajajaja.
Viraba el camión. Oía la carcajada o el motor, los ecos de las gotas pegando en el vidrio. Mi mente parecía una coladera; tal vez pasaron horas, o segundos, cuando paró de golpe frente a un puente.
—Algo truena allá atrás.
El trailero-mono se quitó la gorra y buscó en la gaveta. Prendió las intermitentes. Sacó una pistola, puso el cartucho de balas y se rascó las barbas. Hundió el dedo en el hoyo de la nariz. Y me apuntó.
—Te bajas conmigo. Algo viene crujiendo y no lo veo desde el retrovisor. Bájate.
Le obedecí creyendo que era todo. Hasta ahí llegué, me dije.
Fuimos atrás de la mole, al último remolque. Seguía lloviendo. Se agachó sujetando la pistola para ver qué había abajo.
—Es un bicicletero. ¡Me lleva! Métete ahí, sácalo antes de que me ponga de malas.
Yo apenas podía moverme.
—¡Metete ahí y saca al bicicletero!
Me apuntó otra vez.
—¡Entra!
Me eché al asfalto, sobre la boca negra del tráiler y el pavimento. Me arrastré. Los ríos de lluvia me llevaban. Alcé bien los brazos para librar el agua. El armatoste hervía, echaba vapor por enormes tubos. Topé con algo antes de llegar al segundo remolque: un cuerpo partido a la mitad, atorado en la parte del cuadro de la bicicleta; tan pegado a la máquina que apenas se distinguía. De los pelos lo arrastré de vuelta. Al salir lo puse a un lado del hombre-mono y luego fui a vomitar.
—Tíralo allá. Fuera de la carretera, en esos charcos.
Yo vomitaba.
—Niño, tienes que aprender a obedecer.
Tiró un balazo al cuerpo, volvió a coger aliento y tiró otro.
Me limpié la boca y, sin oponer resistencia, lo volví a tomar de los pelos y lo eché al charco.
Cayó salpicándome. Pensé en el pobre desgraciado en un charco. Ahí acabó, le tocaron las cartas malas. Tal vez no lo reconocerán, quedará pudriéndose o comido por las tuzas. Su familia, su esposa, sus conocidos. Nunca darán con él.
Un empujón me volvió.
—Súbete, aún nos queda camino para México.
Subí empapado, lleno de cebo y grasa de auto. Eché un último vistazo al charco y pensé: “Mierda de paloma”.