jueves, 23 de julio de 2009

Rumor de aquellos mares que fuimos

Juan Leyva

Algaida: bosque o breña; bajo de arena o médano; cobertizo de ramas o de paja; colina arenosa junto al mar. Duna. Y el mar es otro cúmulo de médanos, una modulación continua de cimas y hondonadas. Y el cielo, una serial de médanos nubosos. Y el bosque, una algaida de copas y cortesas. Y el aire, un mar de brillos, roces, olores, ecos, rumores que se pierden en la digitación de los años. El universo todo, un juego de formas y sabores, de pieles. Algaida es la memoria y es el sueño, la selva o el desierto o el rumor de aquellos mares que fuimos. Un es, un fue y un estar siendo. Una techumbre sin muros, propietaria de todos los umbrales. Escultura de arena, de recuerdos, cuya modulación cincela el olvido como en un contador de segundos, con lentitud, soplo a soplo, verso a verso, centímetro a centímetro: tic-tac de la palabra y los sentidos. Así, la casa verdadera, la única que poseemos, es la memoria y el cosmos; la piel que nos ha dado cada día. Algaida culmina en metáfora y en personaje, porque el héroe —llamémosle así a nuestra voz— le habla, la convierte no sólo en páramo y selva del pasado, sino en oído, en una tú que oye hablar de sí misma; en imagen, sustancia, motivo, textura y recorrido; universo creado y creador, tierra para la siembra del poema; en confidente que se deja hablar de la inminencia:
Tren silencioso de arena sin férreos andadores, sin convoy, sin
materia.
Me arrastra, algaida, fijo hacia el poniente,
grano a grano,
corpúsculo a corpúsculo
—polvo en pie delgadísimo que somos—
para
reconstituirme en otro punto, edad y hora
y en un orden sólo en apariencia
idéntico.

Es la inminencia de un viaje sin tornavuelta; y para Lizalde, ateo y escéptico, más allá del poniente no puede esperarnos más que la nada; una metamorfosis cuyo desenlace ignoramos, y aun así podemos honrar, como alguna vez lo hiciera Ovidio.
El poeta sabe que la ropa de antaño nos ha olvidado; las calles, los paseos, los árboles, los besos, los aromas, se quedaron en otras estaciones, y no sirve creer que los hemos traído con nosotros. Cuando volteamos, hurgamos en bolsillos sin costura: no hay nadie, nada, tan sólo una galaxia nebulosa, una confusión de imágenes… Y el gran reto es abrir muy bien los sentidos hacia una ilusión que nos dé significado, que parezca que atrapa el silencio de la memoria, o interpreta unas notas cuyo resplandor sólo para nosotros resulta visible. Dueños de un presente, si acaso, aspiramos a veces a poseer incluso un país de antaño.
Lizalde es un testigo del siglo, es ciudad y es palabra; música y roca; verdugo, enamorado, gourmet de huerto y raspa de palacio; marinero de asfalto y pájaro de sótanos y cloacas; astuto explorador de los elementos. Se detiene: la mirada cosecha desde el hoy hasta los territorios de la infancia, y estimula con ello los sentidos, las aves de la memoria alzándose desde cada una de nuestras radas, porque el poeta sabe que el cuerpo es el mundo.
Algaida es poema, es libro y es el solar que inventa un poeta a la manera de una geografía de la imaginación y de la memoria. Entra a ella por rutas diferentes, como si de una vez supiera que no la alcanzará, que es inasible, que no hay mapas que guarden las rutas que anduvimos; o bien, que todo mapa se transforma a cada paso, a proporción de intuiciones y espejismos. El poema nos sitúa a la orilla de un tiempo, a la orilla de un mundo suburbano que es, también, la orilla de la memoria: y por eso aquí algaida, la palabra, es hija de Proteo, como una voz que fue y será polvo, pero es también la suma de todas las armonías. A diferencia de otras de sus visitas al pasado y la urbe —donde campean pasiones negativas, si bien que no exclusivas—, en Algaida el poeta es un calculador y sereno paseante que contempla un terreno, el suyo; y va hallando los brillos y los ecos de la conmoción, los aires que levantan las páginas perdidas, los placeres estagiritas de la evocación. Portales, la colonia al sur; los años fundadores. ¡Ah mísera ciudad que aún tenías huertos! ¡Borracha que te ahogas en tus miasmas! ¡Puta de oficio precario!
¿Cómo no recordar el modo en que un balón se funde con la luna?; ¿los pájaros, con un aria desprendida de la vitrola paterna, de la casa que observa la vagancia intemporal e impune de la infancia, embarrada de pasto y estiércol, ungida de aves y cuadrúpedos, reseca al sol, sacudida de rayos y truenos, de granizos severos, de noctivagaciones en que las estrellas pendían a la mano como frutos de un árbol dormido o complaciente? Edén al fin, pese a nuestra incurable discusión con los mitos.Y la naturaleza es en Algaida un baño sin fin, un precipicio de delectación. Por eso el autor pareciera allegarse cuerdas y botas, brújula y croquis, barómetro y piqueta; buscar orientaciones celestes. Quiere que aquel jardín y aquella casa, en convivencia, no se le escapen en lo informe. Busca lo visual y lo auditivo, degusta el pasado, besa la piel del tiempo y se deja invadir de todas las aguas. No elude tampoco las llamas: volcán, cohete, fiesta, destrucción, apocalipsis.
Las tentaciones sistemáticas —que Lizalde ha sabido hacer a un lado cada vez con mayor habilidad— prevalecen en Algaida en una suerte de taxonomía del paisaje cuya base es la manera en que cada uno de los sentidos nos acerca al mundo y sus elementos. El poema, el pasado, así, se perfila en estratos, sin por ello escapar hacia la desintegración: “A nuestra espalda el rastro, la enana cordillera / de los borrosos médanos que fuimos…” Los frutos y las hortalizas, la herbolaria olorosa de los guisos hogareños nos siguen más allá del poniente y de la noche, pero antes, antes está el poema, brindis gozoso:

Al filo de la tarde hay menos hojas que plumas en las frondas,
pletóricas de especies pajariles
(…)
El absoluto oído primigenio que repara el desastre.
El último jardín de la memoria…

Entonces, luego de vislumbrar vegetaciones y aves, frutos y nubes, viento, el poema nos lleva al mundo de los sonidos, al sonoro jardín, el master class de un Pan que pastorea en la altiplanicie azteca; el concierto animal de la tía natura de Rimbaud, para quien —como en el caso nuestro— la madre tal vez haya sido, más bien, la hembra artificial de la urbe. Pero enseguida:

A la espalda del ojo y el oído,
el jardín del aroma y el del aire,
poema del olfato y los pulmones y el alma de flores, pastos, bosques.
¡Naturaleza amiga, tía carnal de mi prole!

Más allá de lo visual y lo auditivo, la partitura olorosa, la música afónica que nos invade hasta las venas; el sápido olor de la distancia que en una mandarina se transfigura en plato excelso digno pero ignorado de los dioses. Y el cielo. Por todas partes el azul destino: “Vivimos de lo alto, del cielo mudo y de la luz candente,/ pendemos, títeres, de los astros innúmeros…” Y ahí, como es debido, Lizalde se da tiempo para homenajear a la amada, para hacerle su sitio en el desfile de creaciones supremas. “¡Qué grandiosa tarea!” —declara—, “(dan ganas de creer en Dios al verla)”.
Jardín hasta que un día se descubre vacío, seco, el pozo, el flujo que alimenta la casa paterna, como debe de haberle ocurrido a muchos, arrojados, entonces, a “las milicias inquilinarias”; el regreso a la urbe y sus servicios o el ingreso a las filas suburbanas de la insuficiencia. Fin de una era, no sólo para la ciudad y sus alrededores, sino para la vida misma del poeta. Y otro día se vuelve, muchos años después; se retorna a los barrios de la casa antañona, la vieja calle donde el eco dijo… La abigarrada deformación incansable de la ciudad, los antiguos huertos y llanos convertidos ahora en colección de barracas, negocios rústicos y calles polvorientas: “figones, tugurios, cavernas de carbón”.
En la última zona entre el esplendor y la sombra, el autor se detiene y medita. El universo entero nos contempla más allá del sol y del horizonte, más allá de la noche, como un tambor lejano, como una fiera agazapada. No hay el menor pesimismo o debilidad ante la muerte aquí: llueve sobre nosotros por todos los milenios desde Gilgamesh. Se ofrece un brindis en homenaje al ocaso y, mientras tanto, se sale del infierno antes Anáhuac para mirar de nuevo la estrella, la noche, lo inmenso, la corriente de dunas del pasado, que otorgan solidez a este presente, al concierto del sol en su retiro. Ésa es quizá la tarea cotidiana de todo hombre: cae el sol, nos alistamos para la muerte.
Y Lizalde, ahí, en ese punto, recupera amigos y autores, la textura entrañable de otros idiomas, cuyas frases se mueven en una respiración y un hablarse a sí mismo que se abrazan al mundo de la palabra. El verso se modula en ese brindis rojizo, se ensancha libremente, se recuesta, se lanza en arrebatos y regresa mancito como un toro que vuelve a su querencia, olfateando la yerba entre las pausas. El verso en Algaida abunda en longitudes mayores que la alejandrina: una danza de pies quebrados, cláusulas, versos de arte menor y mayor en distintas combinaciones; y, ante todo, el verso como ese aire, ese “Galerna, vendaval del tiempo”, que dibuja las dunas del azar, el destino, la muerte, la memoria; que oscila y canta, derriba, erige, talla, se pasea, se recrea en las olas y en la sabbia: molde, artista y materia.
Lizalde ha sostenido muchas peleas: con el amor, el odio, la estulticia ideológica, la culpa y la vergüenza, la desazón, la tortura de lo irremediable; la incuria que nos mantiene postrados. Sin embargo, en Algaida es una voz serena que conserva la fuerza de todos sus libros, el seño firme y claro, la sonrisa, el temple a puño limpio, sin cuchilladas. Se ha dicho con razón que se trata de una obra madura, plena y armónica. Así es: talló Lizalde aquí una imposible Soledad, pues lo suyo es lo tenso entre la corte y la aldea, y viceversa. ¡Pero qué Soledad a un tiro de nuestras piedras!