viernes, 24 de julio de 2009

Poemas sobre el pensar

Juan José Macías

MIS QUERIDOS hermanos,
no dejéis la virtud, imitad a los griegos.
Bajad. Subid.
Tropezad.
No se tropieza sino sobre la cima.

Mientras camino pienso; y
según el camino,
es como va mi pensamiento.

Mi pensamiento adquiere
la discordante forma en que camino.

Caminar es una manera del pensar.



LA POESÍA deja ver
la ausencia del poema;

su escritura es ya un dios
de cuya acción
nos hemos redimido.

Mis queridos hermanos:
la ausencia escribe.



QUIEN PIENSA es el ausente
que anula la presencia
(lo cerrado) del mundo.

Pensar es abrir las puertas del mundo,

habitar el afuera
donde irremediablemente
nos perdemos.

Pensar es una manera de no estar.



HAY NO obstante eso como un llamado
o una fuerza a continuar

en esa manera de quedarse
en donde se espera que está uno.

Pero la razón y la voluntad
son un ruido vacío.

Pensar es acertar en lo indeterminado;

regresar las cosas conocidas
al grado cero del enigma.



PIENSA EN una mano calma
que descansa,
infinitamente alejada de la vivacidad.

Piensa, luego,
en la expresión inconmovible
que toma entonces el lugar de la mano

y que en el aparecer de esa apariencia
se presiente —oh hija mía
que me sobrevivirás—

un acontecimiento prodigioso:
un pequeño estremecimiento que
terca e inútilmente llama

desde muy lejos a la mano.



EN LA estación de los cuentos y los poemas
crece un árbol cuya sombra
caerá sobre nuestros corazones.

Cuídate de los elogios. Cuídate
de los artificios del lenguaje. Nada,

salvo el propio sonido de su triunfo
hará inclinar para nosotros
la amistad de su fronda.

Seremos ese árbol si sabemos podarlo.

Será nuestro país. La casa con la amada.
Será lo que tú quieras. Piensa:

él es como ese dios en cuya piel
lleva tatuada la apariencia del mundo.



DE LOS isomorfismos que aprendíamos
en un libro de Ludwig Wittgenstein
pudimos
al menos separar

o bien ramales
o árboles
o breñas: pequeñas realidades que cogía

involuntariamente, distraídamente
el pensamiento:

llegaban de golpe, entraban de lleno
sin hacérselas pasar (oh cuánto amabas eso)
con la amabilidad que se acostumbra.