martes, 12 de mayo de 2009

Sobre relojes de cucú y encrucijadas de la novela en español

Pablo Sánchez
(Fragmento)

En la bibliografía sobre teoría del arte no suele citarse con frecuencia uno de los enunciados más sugerentes y cínicos sobre la relación entre creación artística y sociedad. Me refiero a las famosas palabras de Harry Lime, el personaje interpretado por Orson Welles en El tercer hombre, la película de Carol Reed con guión de Graham Greene. Por si alguien no lo recuerda, resumiré la memorable escena. Harry Lime es un canalla que se enriquece en la Viena posterior a la Segunda Guerra Mundial traficando y rentabilizando vilmente incluso el dolor de niños enfermos. Su maldad combina elocuencia y autojustificación, lo que le convierte en un cínico ejemplar. Ante la posibilidad de ser recriminado o sentirse culpable por sus crímenes y por la maldad del mundo moderno, recurre a un argumento perverso pero inquietante. El fragmento debería ser lectura obligatoria en todos los talleres de guionistas y dice algo así: “En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, quinientos años de democracia y paz y ¿qué tenemos? El reloj de cucú.”
Naturalmente, no cuesta mucho encontrar las trampas del argumento desde el punto de vista teórico, pero ni siquiera así pierde su encanto y su capacidad estimulante. Y, por otro lado, no deja de haber una lucidez macabra que extrañamente no ha caducado. Porque la ecuación entre guerra y arte, entre poder y literatura, es fundamental en la historia de géneros como el novelístico y hoy presenta rasgos novedosos que podemos empezar a diagnosticar y también encrucijadas ante las que han de situarse creadores, críticos y lectores. No se trata de negar la autonomía del arte y caer en un burdo determinismo sobre el poder de los contextos históricos; bastaría pensar en el carácter semiprofético de Kafka, señalado por Canetti o Kundera, entre otros, que demuestra cómo la literatura puede incluso anticipar colapsos históricos. Pero eso no significa que el escritor, por mucha aureola mítica y seudodivina que tenga, esté al margen de las tensiones históricas del presente en el que vive. Es más: su condición de intérprete polivalente y sutil del tiempo que le ha tocado vivir es parte crucial de su valor cultural.
En ese sentido, el texto de El tercer hombre me hace pensar que la paz es siempre deseable, pero lo que no me queda del todo claro es que algunas formas de paz generen buenas novelas. Vargas Llosa definía en los años sesenta al novelista como un carroñero que se nutre de la descomposición histórica de las épocas de crisis, y su propia obra de entonces se basaba en recuperar un realismo nada mágico pero sí bastante crítico. Aunque esa propuesta no estaba de acuerdo con el optimismo revolucionario propugnado desde Cuba, sí podríamos decir que formaba parte de la visión utópica del arte como preludio de la subversión social. Pero podríamos multiplicar los ejemplos de lecturas sobre la correlación entre violencia histórica y evolución literaria. Hay quien afirma, por ejemplo, que la literatura argentina nace y se estigmatiza con la violencia esencial de Facundo y El matadero. Y no olvidemos que, según García Márquez, el gran mito aportado por la narrativa latinoamericana quizá sea el dictador, que tiene una evidente base empírica y que tanta prosperidad ha mostrado en algunas de las mejores novelas en español del siglo XX. Por tanto, a nadie se le puede escapar la fertilidad artística de la violencia y del conflicto histórico; pensemos en Guerra y paz, o en todo el cine derivado de la guerra de Vietnam, o en el impacto que las guerras mundiales han tenido en la literatura de vanguardia y en el existencialismo literario. De la misma manera, se me ocurre que, por ejemplo, la novela española de la democracia (es decir, la novela de los últimos veinticinco años) tiene el síndrome del reloj de cucú: mucha paz y estabilidad, pero poco riesgo literario, ninguna conmoción y demasiados pactos entre caballeros. O sea que tal vez Orson Welles no andaba tan desencaminado; a la novela le sientan especialmente bien el caos y las convulsiones, la mala conciencia y la polémica, el radicalismo y los extremos opuestos, porque todo eso favorece su sentido inquisitivo y problemático, su riqueza de significado ideológico, su valor como resonancia magnética que descubre la vida oculta del cuerpo social.
Desde esa perspectiva, ¿cuál es el balance que podemos hacer hoy, sin alardes proféticos o decadentistas y sin propagandas más o menos encubiertas? Si algo parece claro, como regla fundamental del campo del poder en el nuevo milenio en el mundo occidental o en fase creciente de occidentalización, es la hegemonía de la democracia más o menos liberal y de la economía de mercado. Tal vez sea ese el horizonte ante el cual debemos movernos, en un sentido o en otro, de forma propositiva o de forma reactiva, como votantes y como lectores. Es cierto que hay evidentes focos de resistencia desde la sociedad civil y experimentos de dudoso futuro como el neobolivarismo chillón y recalcitrante del sin par Hugo Chávez, pero la gran alternativa, el socialismo real, perdió la batalla hace algunos años y su sortilegio, la sagrada Revolución, ya no tiene efecto mágico y menos aún literario. El mundo desarrollado promueve constantemente la expansión del capital defendiendo sus efectos benéficos y una imagen generosa, y convenciéndonos de que no hay más opciones que los males menores de la democracia. Las apariencias engañan, naturalmente, pero el fin del sueño revolucionario ha favorecido la aceptación de una cierta paz o tregua histórica que se sostendrá hasta que todo vuelva a explotar y alguna nueva crisis como la que ahora sufrimos nos devuelva a la triste realidad de que el mundo nunca ha dejado de ser injusto.
Con todo, y a pesar de las lamentables excepciones que conocemos, diríamos que hay un cierto progreso en la democratización de sociedades como las latinoamericanas o las del Este de Europa, o al menos hay un declive de las estructuras autoritarias o totalitarias, a lo que habría que añadir la expansión global del capital como realidad económica irrefrenable. No voy a ser optimista porque, como decía Cioran, los optimistas son más propensos al suicidio que los pesimistas, pero quizás habría que admitir que no estamos peor que en el siglo XX, que desde luego es difícil de superar en el cómputo de atrocidades, genocidios y destrucción masiva. En realidad, el mundo no está en paz, claro que no; simplemente ahora hay otras formas de violencia que afectan quizá más a la población civil que a la militar, pero lo más importante es que la posibilidad de crear un gran modelo para la transformación del mundo está en crisis, después de los relativismos posmodernos, las descentralizaciones del conocimiento, y también, para qué negarlo, la lección histórica que supone el horror en nombre de ideologías redentoras. En ese sentido, la paz europea actual es la paz del mercado y de la derrota del socialismo.
Sin darle la razón al egocéntrico de Francis Fukuyama, el autor de la teoría del fin de la historia en 1990, es cierto que vivimos un momento de occidentalización y poderío capitalista, que en España, por ejemplo, es verdaderamente abrumador e incluso presenta una carga fundamentalista. En mi país, el empresario, que ha sido tantas veces el malo de novelas y películas, ha pasado a convertirse casi en un héroe social, en un altruista creador de empleo, generoso y desprendido, y el capitalismo, lejos de ser un modo opresor y anti-igualitario de organizar la producción de bienes para la convivencia, es un nuevo pacto social del que muy pocos, sobre todo entre los intelectuales y artistas, se quejan públicamente. La competitividad y la productividad son los valores máximos y, aunque algunos opongan a esos valores otros menos venales como la solidaridad, hay una cierta impostura en esa solidaridad biempensante y autocomplaciente de ricos que ayudan a los pobres. Obviamente, el caso de México es distinto por su irregular democratización y por la heterogeneidad socioétnica no resuelta, pero el poder también quiere venderse internacionalmente como producto liberal marcado por el pragmatismo tecnócrata tan habitual de nuestros tiempos.
¿Qué tiene que ver todo esto con la literatura? Bueno, la pregunta vendría a ser ésta: ¿vamos hacia la producción en serie de relojes de cucú o reaparecerá el espíritu borgiano, en este caso de los Borgia? Desgraciadamente, yo diría que gracias al increíble auge de la mercantilización literaria vamos hacia el “modelo suizo”. Creo que hay muchos lectores que coincidirán conmigo en que, al menos en lengua española, no vivimos un momento de especial esplendor novelístico, de incentivos vitales a través de la correspondencia entre literatura y realidad; por supuesto, hay novelas unánimemente apreciadas y apreciables y muchísimo movimiento literario, pero la sombra persistente del boom todavía aqueja y acompleja a la narrativa en español y lleva a comparaciones más que nunca odiosas. La nostalgia de la audacia de otras épocas es comprensible: sobre todo, porque yo diría que se ha impuesto hoy una cierta tibieza literaria, un apaciguamiento general de las exigencias después de décadas de agitaciones literarias y extraliterarias. Es comprensible la necesidad de paz, de tregua tras tantas revoluciones soñadas y gritadas, y ya nadie puede sostener cabalmente los idearios bohemios y el espíritu redentor de lo que fue la literatura antes de que la posmodernidad barriera con todo para hacernos creer, en el fondo, que lo de la muerte de Dios no era tan grave. Pero el panorama novelístico hoy me parece peligrosamente conservador y conformista. Es, sin duda, muy presuntuoso y anacrónico hablar de crisis de la novela, puesto que todas las llamadas crisis literarias no son más que procesos de transición y renovación estéticas, y ahora estamos en uno de esos procesos. No obstante, algunos indicios de apatía y desorientación merecen una mirada crítica.
Lo que quisiera preguntar, desde mi posición absolutamente subjetiva e implicada y con intereses en juego que no me cuesta admitir, es qué literatura debemos defender, propiciar o premiar en un contexto como el actual. La legitimidad literaria siempre está en permanente disputa, y este momento no es la excepción. Me parece importante definir el horizonte de posibilidades y criterios para la novela hoy, al menos en el ámbito hispánico (ya no me atrevo a hablar de toda la novela occidental). Sé que, evidentemente, todo tiene que ser provisional y que cualquier diagnóstico envejecerá rápido, pero me gustaría pensar que es posible todavía proponer nuevas opciones y luchar para que se seleccionen algunas expectativas literarias y no otras.