lunes, 11 de mayo de 2009

En el instante del lenguaje

Ernesto Lumbreras

Hugo García Manríquez, Los materiales, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 80 pp.

En el trabajo de investigación de El manantial latente (2002), Hernán Bravo Varela y el autor de estas líneas, decidimos incluir en su índice de autores a Hugo García Manríquez (Camargo, Chihuahua, 1978) tras la lectura de algunos de sus poemas publicados en revistas que circulaban en aquellos años. Sólo él y Pedro Guzmán, de los 38 poetas antologados en el referido volumen, no habían publicado hasta ese entonces un libro individual. ¿Qué fue lo que leímos y nos entusiasmó para incorporarlo como uno de los dos guardianes de frontera de nuestro libro? En una primera lectura, aquellos poemas manifestaban una tácita elección de los medios retóricos y gráficos para esbozar propiciatoriamente una experiencia del mundo, intelectual como sensorial, entrevista instante por instante, avanzando para desvelarla centímetro a centímetro en la selva virgen de un lenguaje extrañado de sí mismo y de lo que pretendía nombrar. Al mismo tiempo, notamos que su escritura sugería, expresada con inventiva y sin dogmatismos, una de las pocas certezas de la lengua poética, a saber: el conocimiento supremo de un poema se encuentra en el poema mismo. Y sí, en distintos momentos sus poemas daban cuenta de este saber esencial pero que no siempre, en la mayoría de los poetas, se asume saberlo desde el ejercicio mismo de la escritura de un poema.
Por supuesto, en este poeta se encuentran otros valores: la glosa con las voces de otros poetas en un juego transcreativo, la emotiva contención del hablante lírico puesta al servicio de la emotividad del poema, el paisaje tipográfico de su discurso que enfatiza, entre otras cosas, la ruptura con la linealidad del decir y la coexistencia de tramas y voces alternas dentro del mismo flujo lírico. La aparición de No oscuro todavía (2005) y Los materiales (2008) corroboran la pertinencia de comentar y discutir la poesía de García Manríquez, ya no desde una intuición producto de la lectura de unos cuantos poemas, sino a partir de un corpus poético “bien plantado mas danzante”. Después de la temporada de huracanes antológicos, nunca tan prolífica y devastadora en la historia de la poesía mexicana contemporánea, se torna necesario volver los ánimos y la reflexión a un conjunto de libros y de autores que han sobrevivido al “sonio y la furia”. No es nada temerario colocar a este poeta chihuahuense en el selecto grupo de poetas que importa leer y analizar para dilucidar el siempre escurridizo y cambiante presente de la poesía de México.
Cercano a tradiciones foráneas, la norteamericana con los poetas de Black Mountain y los Objetivistas y, también la brasileña, en particular la de los poetas concretos, la genealogía de Hugo García Manríquez presentó desde sus comienzos un gusto por dotar al poema de otras implicaciones vinculadas o no a la literatura. En su primer libro —por ejemplo, la disposición de una collage de escrituras y registros, no tan radical como La nueva novela del chileno Juan Luis Martínez ni como El Odiseo confinado del argentino Leónidas Lamborghini— echa a andar una maquinaria verbal dispuesta a medirse con el universo y apuesta para conseguirlo todo: un derroche de giros de oralidad, asociaciones librescas y privadas, tautología lógicas y metafóricas, parodias de su empresa mesiánica y del yo lírico que pretender llevarla a cabo. A diferencia de lo que pasa en Los materiales, en su opera prima el poeta confía en el poder de la palabra para “perturbar el universo”, en su capacidad de asumirse, aunque sea de manera provisional en el doble de la realidad; por eso dice y reitera: “La hierba como la canción que empieza. / —¿La canción del nuevo mundo?—.” Con una resonancia creacionista como punto de embarque, el viaje de No oscuro todavía llamó la atención de propios y extraños antes incluso de que se publicara. Me parece que el adjetivo de “raro” para calificarlo resulta a la postre un fardo que distrae y simplifica la aventura de leerlo desde la coordenadas de la experiencia lúdica, en “ese juego que salva”, como declaró él mismo en cierta poética publicada.
El espíritu y el talante de Los materiales son contrarios al ímpetu expansivo, vertiginoso, de múltiple conexiones y cabos sueltos de su primer libro. Ahora persiste la duda de que la palabra, incluida la poética, entre y se posesione del objeto que nombra para multiplicar su sentido primigenio. Entonces, contra la audacia verbal impera la suspicacia y el recato en el decir. Pero también, entre estos dos libros, hay semejanzas inocultables: la desconfianza en la subjetividad y en la emoción del hablante, el gusto por ceder la iniciativa a la cosa, en el orbe de Francis Ponge, para que sea ella la que hable de sí y diga lo que sabe y lo que no. De cierto, esta última estrategia es la premisa que rige el camino que hacemos para recorrer las diversas estancias de este volumen. En un sistema de composición acotado por poemas de corta extensión que se van sumando, minimalista respecto de su menú tipográfico, austero en su economía verbal y en los tonos cromáticos y de inflexión, esta segunda entrega de García Manríquez se coloca en una zona fronteriza donde el lenguaje avanza hacia su desaparición: “El mapa abunda también / pero mapa no es territorio.”
De principio a fin, el devenir de los poemas de Los materiales, ora dubitativo, ora francamente escéptico, glosa el tema de la pintura y sus inagotables encrucijadas en torno de lo que representa y crea a partir de los materiales que se encuentran en la mesa de un artista plástico. Es verdad que la palabra madre y la palabra material comparten la misma etimología latina, “mater”; de esta misma raíz, por cierto, también surge el vocablo matriz. La aparición de dos pintores en este libro, Martín Ramírez, el migrante jalisciense que se descubre pintor en un manicomio norteamericano, y Guillermo Sánchez Arreola, además de pintor también novelista y traductor, ponen de relieve las quimeras e imposibilidades del lenguaje visual para representar el mundo según la poética aristotélica. En las ideas y analogías que Hugo García Manríquez pone en circulación sobre este tema, la palabra poética expone, en la acepción fotográfica de la palabra, el alma o el espíritu de los materiales, su animosidad como él mismo la llama, ámbito de origen, matriz de lo que está por decirse o ser para que, en el ars combinatoria de las elecciones y renuncias, haga posible, como dice Juan García Ponce —el mejor crítico de arte que hemos tenido—, “la aparición de lo invisible”.
Con el doblete de No oscuro todavía y Los materiales, además de su anunciada y esperada traducción del mítico Paterson de William Carlos Williams, Hugo García Manríquez estará en la mira de todo aquel que se interese, con rigor, en la poesía mexicana de los años recientes.