lunes, 2 de marzo de 2009

Tres textos desconocidos

Carlos Díaz Dufoo hijo

DIÁLOGOS

EL VENDEDOR DE INQUIETUDES
(EN LA FERIA DE NOVEDADES PSICOLÓGICAS MIL AÑOS DESPUÉS DE FREUD)
Venid, fabricados científicamen­te, perfeccionados a través de prácti­cas centenarias de laboratorio, vengo a ofreceros procedimientos increí­bles, capa­ces de cambiar vuestro pacífico orden por inquietudes sutiles, tormen­tosas o crueles; inquietudes que llenan nomás un instante de la vida y que son lue­go un recuerdo melancólico de co­sas que tal vez no fueron; inquietu­des que llenan una vida y la sujetan al yugo de la dura necesidad; inquietudes que ha­cen cambiar un mundo e inquietu­des que rizan levemente un espíritu con la magia de lo inútil. Yo puedo daros el regalo de lo imprevisto y poner en vues­tra sencillez el fermento de la di­vinidad. Tengo aquí para vosotros un poco de dolor y un poco de conciencia. También un poco de gracia.

EN LOS TIEMPOS FUTUROS
Al declinar el mundo. En la tienda del Explotador de las Cosas Pasadas. Fren­te a una muchedumbre homogénea y unánime el expositor muestra a Prometeo.
—Ved, dice, a este hombre de una raza dura que, como los hombres de la Raza de Plata, engendró la Discordia, y puso en los corazo­nes el ímpetu infinito y las pa­sio­nes desmesuradas. Su sensibilidad inventa, su sensibilidad devie­ne. (Cada día presenta un sentido más o una modalidad más de un sen­­tido.) Su inteligencia llama a ca­da instante nuevas in­quietudes. Su voluntad orgullosa desdeña los frenos de la saluda­ble disciplina y vive la ilu­sión de una fuer­za propia, imposible y eterna. Su alma crea­dora desprecia las vir­tudes menores y los paisajes do­mésticos, el interés de la especie y el espíritu de las razas, y sólo gusta de los sueños personales, de los pro­yectos únicos y del éx­tasis peligroso. Pecador sinies­tro, ja­más pudo aprender del fracaso y, al caer en el surco amargo, caía pensando en el des­quite. Ved có­mo aún, definitivamente ven­cido, brilla en sus ojos la llama terrible de la li­bertad, y cómo sus crispadas manos ha­cen ademán de acabar con nuestros sa­bios conglomerados, con nuestros or­ga­nis­mos ma­ravillosos en los que ha de­sapare­cido el pe­ligroso impulso individual. Este torpe rebelde se imagina que, en la humanidad organizada, puede ha­ber alma personal.
La multitud, indiferente, aprobará con un solo gesto.

Padre mío, perdonad mis culpas. Mi vida fue perfumada por la gratitud.
—Hijo mío, nada podrá salvarte. Tus culpas no te condenan, son nombres de cosas que los hombres reprueban sin entender. Lo que te pierde es tu gra­titud, que hizo de tu vida una contabilidad despreciable. ¿Por qué no com­pren­diste que la gratitud es la generosidad de las almas secas, la caridad re­ducida a proporciones comerciales, el bien hecho teneduría de libros, el hombre su­bordinado a lo más vil del espíritu farisaico? Nada es de atri­buir­se al hombre grato, de no ser su incapacidad para ser hombre. De tu voluntad no ha bro­tado el bien puro, el bien que se hace sin propósito de recompensa ni liqui­da­ción. El amor se limitó en tu laboriosa pequeñez a saldar una cuen­ta. Reconociste siempre el deber del sacrificio, pero nunca el goce de hacerlo. ¿Qué puedes esperar de la divinidad si jamás te entregaste a ella?


(EN LA FERIA DE NOVEDADES PSICOLÓGICAS MIL AÑOS DESPUÉS DE FREUD)

Est-il moyen, ô Moi qui connais l’amertume,
D’enfoncer le cristal par le monstre insulté
Et de m’enfuir, avec mes deux ailes sans plume
—Au risque de tomber pendant l’éternité?
Mallarmé

Sí, hay un medio seguro, cultivar extremadamente la voluntad, hacer del yo un centro, y como un rayo de la conciencia universal, aniquilar y construir, absorber y difundir, ser sujeto y objeto —un todopoderoso—. Así huirá el alma nuestra de un sendero trillado, y en un momento de fuerza total conquis­tará, a sus propias expensas, dolorida y magnífica, el lauro de los otros en las acciones propias.
—El alma que se entrega a los otros es alma que se niega a sí misma. El obrar es negarse. Para hender el cristal el alma debe conservarse perfecta, trabajar aisladamente la esencia que se escapa, asumir los minutos eternos de una vida en un instante de lucidez suprema. ¿Acaso el mundo es algo más que un silogismo de cristal?
—Un alma que se ensancha y un alma que se estrecha son almas que oscurece el orgullo. Sed simples, sed comunes, sed pobres. Se sale de uno mismo por la puerta del bien.
—Para evadirnos de nosotros mismos no hay otro camino que el recuerdo.
—Las únicas ventanas de un yo miserable y limitado son la creación esté­tica y la creación filosófica. En ellas el yo no es nunca repugnante.

*
EL ENTUSIASMO Y EL HEROÍSMO
para Xavier Icaza Jr.
Tengo por merecido el desdén que sintiera Locke hacia el entusiasmo. El espectáculo de un entusiasmo es siempre desagradable para el sincero que no deja de advertir en él un falso idealismo, una ausencia de realidad, un artificial desarreglo y un ilogismo artificial.
El consensus gentium, como acostumbradamente, se equivoca: no es el menosprecio de los defectos —necesidad metafísica de panteístas— lo que ha­ce el entusiasta, ni lo es tampoco la exaltación de las virtudes —magia de inge­nuos—. Lo propio de él consiste en alterar caracteres, en desfigurar naturalezas, en corromper ideas.
Ved a este hombre, todo ademanes, arrebatos y ditirambos. En su gesto parece anidar el “divino furor” que enajenara el alma de Casandra. Acercaos a él. Una vida automática lo mueve; todo ambiente de pasión se ha borrado dejando en su lugar un plan superficial de emociones, una simulación retó­ri­ca fuera de la cual se mueve, ignorado, el espíritu del mundo.
En el entusiasmo la voluntad es exterior a la idea, gira en torno de ella sin penetrarla, sin incorporarse. La exterioridad llega comúnmente muy lejos y decir entusiasmo equivale a decir, no pocas veces, ininteligencia completa, en todas, incomprensión parcial. Centro petrificado, divinidad postiza, la idea no tiene otra misión que recibir cortesías y disculpar excesos. Así el entusias­ta, en su inferior tendencia, muda fácilmente de rumbos, e invariable cambia de entusiasmo sin alterarse. A la idea no vivida corresponde una fuerza externa que no amengua. En el alma del héroe la idea vive con él —nada más la idea vive en el alma del héroe— y su término es el término del alma he­roica. El entusiasmo sobrevive el fracaso de todos los entusiasmos.
Por su origen el entusiasmo aspira, ante todo, a un fin social e implica, en el fondo, incapacidad de pasión. La acción del entusiasmo nace de todos y va destinada a todos en la ineptitud que tiene para comprender que el úni­co valor de una idea consiste en tenerla. Y apasionado cómo ha de serlo si clasificable, geométrico, arbitrario responde a un temperamento de activo me­diocre, que jamás ha sentido el oscuro trabajo del alma, para el que no son el sobresalto y la duda, el amargo placer del propio descubrimiento, el acre encanto de observar cómo se orienta la personalidad multiforme en un ritmo obsedante, precipitado y tiránico, hasta llegarse a ser la propia víctima, el ins­trumento de un dios furioso y cruel. Nada más lejano del entusiasmo que la locura, forma exagerada de la pasión.
El entusiasmo halla su mayor contraste en el heroísmo. En el héroe la idea es el centro de la fuerza, la fuerza misma. Allá todo es actividad estéril, muerta e incongruente, triunfo de lo múltiple sobre lo uno. Aquí todo es mo­vimiento interior, vida infinita, acción universal. El héroe es intransigente, agresivo, batallador. Él ama la resistencia, en la que se siente nacer. Cada paso suyo es un deslumbramiento, porque cada acción heroica es una acción profunda, una acción libre, para hablar con Bergson, o una acción de necesidad trascendente, para hablar con Schopenhauer. Todo el vigor de la acción he­roi­ca procede de la acción misma. El héroe, inconsciente de su fuerza, la entrega, la desborda, con la generosidad de las fuentes inagotables. Él sabe, instinti­vamente, que “tiene sus raíces en la eternidad”, que su acto es único, místico, que de él nacerán nuevos actos heroicos por la misma necesidad que preside la multiplicación de los gérmenes. Él conoce que su vida, en lo que tie­ne de heroica, es una vibración universal, un sacudimiento orgulloso del ser, una liberación de los dioses adversos que lo empequeñecen.
Por eso la acción heroica es inconmensurable, no reconoce principios ni obedece a fines —principios y fines, torpes inventos para imitar el heroísmo.
Por eso también la acción heroica es proteica. Recordad el dulce he­roísmo de San Francisco, el magnífico heroísmo de Platón, el orgullosísimo de Giordano Bruno y el miserable de Romano de Ezzelino. Recordad, igualmen­te, el humilde heroísmo de las carolingias que desafiaban las iras de su em­perador cantando en voz tenue, al oído de sus amantes, canciones amorosas.

*
FILOSOFÍA DE LA TORRE DE MARFIL
I. La “torre de marfil” se construye sobre una personalidad excesiva. El hombre de “la torre de marfil” comienza por hallar interés en todo. La atención florece en él como una especie enérgica. La razón le significa un juego apasionante. Los sentidos, rebeldes aun al consejo práctico, buscan lo precio­so. La voluntad —este oscuro apetito de realización— sugiere una conducta discontinua y original, un armonioso desorden en el que el alma se encuentra siempre a sí misma. El mundo es un ritmo musical, una renovada aventura y una pluralidad significativa.
II. El hombre de “la torre de marfil” debe ser, pues, un metafísico —un metafísico es alguien que quiere pensar y explicar por cuenta propia, con teo­rías propias o con el reflejo propio de teorías ajenas—. La metafísica de “la torre de marfil” es más o menos sistemática —no puede serlo mucho—, más o menos intelectual —en general lo es poco—. Siempre es una metafísica co­lorida y concreta, porque no se forma para fines intelectuales, sino para uso de una concreta razón de ser.
III. Pide la formación de esa metafísica tiempo y ceguera, resistencia para advertir la metafísica vulgar, que envuelve y domina como Boyg, y la téc­nica normal de la conducta, arte animal, normal, urgente de la vida. Al contacto de una metafísica diversa, el hombre de “la torre de marfil” se crea una técnica especial, limitada a una experiencia romántica, original y pertur­badora, inadecuada, sobre todo, porque para el Homo sapiens el arte de la conducta es el arte de obrar como obran los otros.
IV. Vista de cerca esa técnica de “la torre de marfil” expresa la meta­física de “la torre de marfil”. En reglas blandas, dóciles a la transformación, corren deseos mudables, impresiones hondas y fugaces, propósitos locos y razones sutiles. Ahí anidan, preferentemente, vagos estados del alma, que la psicología científica y la técnica vulgar de la conducta evita con escrupuloso cuidado, formas de transición entre la voluntad y la idea, entre la imagina­ción y los sentidos, sentimientos innominados, modos espirituales que no se encon­trarán en los catálogos comunes de las facultades del alma. Nunca el río de la conciencia mostró mejor su peligrosa Loreley, ni el esfuerzo de los hombres por reducir al hombre a proposiciones claras y términos abstractos.
V. Se comprende que la técnica de “la torre de mar­fil” necesita del aislamiento para su desarrollo. Esta circunstancia es la única con la que se define, comúnmente, la “torre de marfil”.
VI. Cuando el hombre de “la torre de marfil” entra en la vida normal quiere, na­tu­ralmente, usar de su técnica de la conducta humana. No tarda, sin embargo, en obser­var que la extrañeza y el desdén acompañan sus actos, que el hombre es un ser particularmente resistente, que pien­sa con confusión y obra con claridad, que la vida libre es para él una imposibilidad y un enigma, que una ciencia vulgar y truncada pre­side sus jui­cios y orienta su conducta hacia fines inmediatos, de alcance colectivo y es­­casa significación.
VII. Un poco más de comercio hu­ma­no enseña al hombre de “la torre de marfil” que la vida no es un juego libre, sino un jue­go sujeto a reglas rígidas y sólidas, y que el éxito consiste en la mayor plasticidad dentro de la más aparente soberbia. El éxito es la sociabilidad exagerada. Con la técnica personal de “la torre de marfil” el éxito es inaccesible.
VIII. De su fracaso, el hombre de “la torre de marfil” puede salir por una actitud aristocrática o por una humillación sin hu­mildad. En uno y en otro caso “la torre de marfil” se derrumbó.
IX. Pero si su personalidad es más vigorosa, si “la torre de marfil” tie­ne mejores cimientos, al ahondar en su fracaso acaba por descubrir que la técnica ordinaria de la conducta es oscura, sabia y formidable y que el que la rompe, sin propósito de renovarla para todos, comete un crimen contra la vida. El mismo hombre de “la torre de marfil” es un hombre, y la vida co­mún de cualquier hombre tiene que resolverse en procedimientos co­mu­nes.
X. El hombre de “la torre de marfil” no querrá, sin embargo, después de tal descubrimiento renegar de su pasado; sólo reniegan de él los que no han intervenido en él. La torre quedará en pie señalando un misterio dolo­ro­so, como un límite que separa a un hombre de la vida de los otros y aun de su propia vida. Su destino es el destino melancólico de la mónada, que no tiene ventanas al exterior. Hombre desdichado el de “la torre de marfil” que mue­re dos veces “mientras los otros hombres no mueren sino una”.
XI. Pero “la torre de marfil” era siempre una elección, y la elección, cuando realmente lo es, vale lo que ningún otro acto humano vale. De los hombres pocos saben y quieren elegir.