miércoles, 18 de marzo de 2009

“¿Qué pasa, tío? ¿Es que no brillan mis ojos?”

Gabriel Wolfson
(Fragmento)

José Ribas, Los setenta a destajo. Ajoblanco y libertad, RBA, Barcelona, 2008, 764 p.

Hace poco recordé el cuadro de una pintora austriaca (en cambio no recordé su nombre) llamado Autorretrato como silla, para referirme a la novela El animal sobre la piedra de Daniela Tarazona, que bien podría ser una “autobiografía como iguana”. Ahora esa libertad plástica tan envidiable me sirve para dar una imagen del libro de José Ribas: se trata de una autobiografía como revista. La paradójica condición de esta imagen (el relato de una vida que sin embargo cuenta sólo un trozo muy concreto de esa vida; el egocentrismo propio del género confrontado con la multitud en torno a un proyecto editorial; el cuerpo, la sensualidad y el pensamiento de un sujeto en tensión con la llana y finalmente anónima materialidad olorosa a tinta de una revista) no sólo parece evocar lo que Enzensberger escribió sobre Durruti, el anarquista español: “Es imposible captar lo típico de Durruti en su peculiaridad individual. Lo que se destaca en los detalles anecdóticos es su actitud social, incluso en sus acciones más privadas”, sino que anuncia de forma muy clara la naturaleza fundamentalmente política tanto de la revista que Ribas animó desde los años setenta, Ajoblanco, como del presente libro donde relata aquellos episodios.”

Los setenta a destajo fue para mí un descubrimiento múltiple: de una época, una revista y una serie de personajes de los que desconocía prácticamente todo, en buena medida porque no corresponden a las imágenes canónicas de la llamada transición española. Pero veamos cómo hablaba de Ajoblanco la reportera Soledad Balaguer de El País en agosto de 1976, a propósito de una suspensión y una multa impuestas a la revista: “Lo cierto es que, pese a su mala impresión, a la dificultad de su lectura, a la nula publicidad realizada en torno a ella y a lo arduo de muchos de sus temas, se estaban vendiendo 210 000 ejemplares cada mes. La primera revista contracultural del país tenía su éxito. Los principales propagadores y consumidores eran los grupos afines al movimiento freak: gentes que fabrican collares y cinturones —pero lo hacen verdaderamente en serio, como pequeña industria artesanal— y que cultivan la tierra y se dedican a la ganadería poniendo en marcha explotaciones agrícolas abandonadas y viejas masías que se desmoronan por los campos difíciles de Tarragona o Lérida. El movimiento en sí es tan interesante que esperamos dedicar a él un próximo informe.”

Conviene conservar muchas cosas de este párrafo, incluyendo desde luego el emocionante candor de su enunciación: el inusitado tiraje de una revista hecha en su mayor parte por jóvenes casi adolescentes y que no llevaba más de dos años de existencia, lo que además suponía un increíble y artesanal sistema de distribución del que da muy bien cuenta Ribas en el libro; la ausencia de publicidad como síntoma de su apuesta libertaria y como garantía de independencia; la variedad y urgente actualidad de sus temas e intereses, que iban desde el asambleísmo, la autogestión, la sexualidad, las fiestas comunitarias o el cómic hasta pequeñas guías sobre cómo cultivar un huerto propio; y la existencia de un numeroso y heterogéneo grupo de personas, percibidas como participantes posibles y no como “nicho de mercado”, que daban cobijo a Ajoblanco sin delegarle su voz sino conformando más bien una atmósfera propiciatoria y colaborativa: la revista era termómetro y testimonio de las nuevas prácticas pero sin renunciar ella misma a ser un espacio de acción (es interesante en este sentido el brusco tránsito al tiempo presente a la mitad del párrafo citado, que parece revelar la irrupción en el ámbito de la difusión masiva —El País— de un movimiento vivo, estimulante y casi insospechado).

Una virtud muy natural del libro de Ribas consiste en ofrecer los rostros desnudos de otra época, rostros que ahora es difícil asociar a personas y no a Autores: Quim Monzó de veinte años, voluble, regocijado, acomplejado y lúcido, afín a Ajoblanco durante un buen trecho; el genial cantaor Enrique Morente a quien Ribas conoce por azar en una cueva del Sacromonte, entonces un jovencito casi anónimo y empeñado, según dice, “en innovar los cánones impuestos por los puristas de Jerez y Triana sin quebrar la tradición gitana”; un Fernando Savater regañón, exaltado, cómplice, y todavía real; o un miembro de Ajoblanco apodado Kithoue y de nombre Antonio García Porta, quien recibe, entre muchas otras, la carta de un lector de la revista llamado Roberto Bolaño, a partir de la cual se pondrá en marcha una relación que desembocará al tiempo en el primer libro de ambos: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Ahora bien: esta breve lista, a la que se podría añadir un puñado de personajes más —la periodista Soledad Gallego-Díaz, el ex alcalde de Barcelona Pasqual Maragall, el filósofo Luis Racionero o el director de cine Pedro Almodóvar—, constituye la selección de los nombres más probablemente conocidos por los lectores mexicanos, lista minúscula si se piensa que en las más de setecientas páginas del libro circulan unos mil individuos, amén de pequeñas organizaciones, grupos de rock, colectivos, editoriales o revistas aún más extrañas para nosotros. Los setenta a destajo no contiene, pues, la promesa de una lectura que descubra a cada página la imprevista intimidad de personas ahora famosas o prestigiosas; no vuelve sobre los pasos de una historia familiar para aportar simplemente un punto de vista complementario al ya existente y bien construido (y esto, creo, va también para los lectores españoles); y tampoco, por cierto, quiere ser un documento didáctico que explique con paciencia a las nuevas generaciones cómo fue todo aquello, tan atractivo, tan arriesgado, tan sexy, y tan concluido y empaquetado y envuelto para regalo. Y sin embargo la lectura del libro resulta fascinante, al punto de generar la sensación de que se trataba —se trata— de una lectura indispensable. En las siguientes páginas intentaré argumentar porqué.

1. Una condición de la escritura autobiográfica es su permanente oscilar entre el pasado y el presente, entre los hechos que se recrean y el hecho incontestable de que se escribe ahora: ese ahora, a veces explícito y si no impregnando la construcción de los viejos episodios, constituye sin duda la imagen de la autobiografía, menos proyectada hacia el pasado que hacia el futuro, y encarnación ella misma de la lucha entre apropiaciones y desapropiaciones, subjetivación y desubjetivación. Los setenta a destajo no elude este sino pero da la apariencia de trabajar sólo en el pasado y de haber puesto en suspenso el punto de vista de la enunciación actual. Así, se evitan esos saltos a través de los cuales se concluye una historia, los adelantos de treinta años merced a uno o dos renglones con los que se informa cómo terminó o a qué derivó la vida de tal o cual personaje a quien veíamos actuando en el pasado. Podría decirse que, a diferencia del común de las autobiografías, este libro se aparta de la lógica de la catáfora, aquella que otorga a las primeras apariciones de sus personajes el carácter de un deíctico que se irá llenando de sentido con el desarrollo de la escritura hasta alcanzar, al fin, el estatuto de nombre reconocible, y prefiere en cambio la inmediatez anafórica, que no requiere de un final para sentir que el relato de aquellas vidas valió la pena. El texto de Ribas —construido, según informa una reseña de Amelia Castilla, a partir de sus propios diarios personales, los archivos de la revista y muchísimas conversaciones con personajes de la época— parece trabajar en la pura superficie, borrando aquello que juzgaríamos profundidad o espacialidad autobiográfica (reflexiones o recapitulaciones del presente, refiguración temática o episódica de los hechos pasados, un contrapunto entre relato y evaluación, anécdota y juicio) para concentrarse en la narración minuciosa, exhaustiva, paciente, de unos siete años de muchas vidas en torno a una revista. Siendo así, ¿cuál es el rostro que termina dibujándose al paso de tantísimas páginas? ¿Cómo puede hablarse de una naturaleza política en la voluntad de escribir un libro donde parecen convocarse todos los hechos pasados a un mismo plano, donde prácticamente no asoma la interpretación actual de esos hechos, donde no suele recurrirse al contraste con otras versiones más o menos autorizadas, donde se conforma en lo fundamental una subjetiva atmósfera ética que en ese sentido es incomparable con interpretación alguna porque se juega en otro nivel? Es probable que en la pura posibilidad de plantear estas preguntas, motivadas imperiosamente por el mismo libro, esté ya buena parte de la respuesta.

2. En todo caso, se dibuja una imagen: a través de los cientos de personas que cruzan las páginas se dibuja una atmósfera y se perfila, entre otras, una figura que resalta en ella: la de un sujeto atento, observador, ávidos sus cinco sentidos, un sujeto móvil que comprende que su trabajo —su vida— pasa por estar abierto, por conocer obsesivamente a muchísima gente diversa, por oír y ver y hablar con todos. Ribas en estos años es la revista (un proyecto y una práctica para “quebrar de una vez por todas la barrera entre acción y pensamiento, entre lo que somos y lo que queremos ser”), y la imagen de Ajoblanco que ofrece el libro es asombrosa y entrañable: una revista que en ningún momento es la revista de alguien porque apuesta por confluir de forma natural con aquello que se mueve fuera de sí; una revista que elude por principio la estabilidad, la petrificación. Sobre todo, esta impresión nos queda al terminar el libro: lo extraordinariamente arduo (y político: vital) de un no mayúsculo aplicado a la revista: no consolidar, no dirigir, no repetir, no profesionalizar, no encausar, no fijar un perfil: hacer de la revista un verdadero espacio de discusión y acción (en este sentido, pudo haber sido, como lo fue en otros casos, un grupo de teatro, un colectivo de cómic, un movimiento anarquista de organización de barrios). Dice Ribas: “pretendíamos (…) participar activamente en los asuntos de la polis, aportar contenidos a una cultura participada por todas las clases sociales y que el sistema educativo no reprodujera los valores del capitalismo, la usura y la competitividad. Los miembros de la revista y gente afín, en pleno crecimiento, soñábamos con transformar las ciudades en espacios habitables con ágoras gestionadas por la ciudadanía sin policías ni funcionarios. (…) La revista tenía que agitar, provocar (…) y dejar espacio.”

Así pues, a cambio del no, un de fondo muy claro: a la posibilidad radical de que la vida sea otra cosa, una cosa más o menos propia.