miércoles, 18 de marzo de 2009

El arquitecto

Bernardo Carvalho
Traducción de Idalia Morejón Arnaiz

Tuve la idea de esta ciudad sentado en el inodoro, con constipado. El baño era muy pequeño y convencional, era como todos los baños, con azulejos beiges en las paredes y losas marrones en el suelo. Todas las piezas eran también marrones. Pero eso no quiere decir nada. También conocí otros baños. Fue observando las formas que de repente llegué a la conclusión de que todo aquello, agigantado, podría ser una ciudad. Desde donde estaba sentado veía a la izquierda el bidet y, más adelante, el lavamanos debajo del espejo rectangular. Para comprender la ciudad es importante saber exactamente dónde estaba situada cada cosa. Nunca pensé en hacer de ella mi obra. Hoy, cuando atravieso y confirmo aquí y allá las mismas proporciones del baño —en una escala millones de veces mayor, evidentemente—, nadie me reconoce. No saben que soy el responsable del modo como viven y, más que eso, por su sobrevivencia. Hoy, cuando la atravieso, veo el gran estadio –la arena, como le dicen- donde quedaba el bidet, y el palacio de gobierno donde estaba el lavamanos. Tampoco nadie reconoce en esos inmensos edificios las formas de un baño. Todo lo que se les da pierde el origen. No se ven a sí mismos. Después dicen que no saben de dónde vienen. Es lo que van a decir dentro de algunos años, si es que aún no lo dicen. Hoy dicen que el palacio de gobierno está en lo alto, suspendido, para evitar una revolución. Toda la oposición repite la misma cosa. ¿Cómo es posible que no vean que toda la ciudad estuvo inspirada en un baño, y que el palacio de gobierno, por ser el lavamanos, sólo podía estar más arriba? ¿No te das cuenta? Quieren decir que fui ideológico, pero ya ni saben quién fui. Hablan de quien indefinidamente construyó la ciudad, como de un ente superior, abstracto, contra el cual se rebelan. No saben lo que hacen. Cuando atravieso los parques y plazas que se suceden, recuerdo exactamente el día en que los concebí, en verdad una noche, mirando los dibujos circulares que las losas formaban en el suelo. Tal vez ésa haya sido mi idea más brillante en la urbanización de la ciudad. Las losas eran de un mal gusto inigualable, pero su composición, de cuatro en cuatro, me llevó a la idea inicial de lo que hoy tal vez sea lo más agradable de todo. Cada losa tenía una franja convexa que la atravesaba, sin cortar los dos lados consecutivos, y contorneaba un pequeño cuarto de círculo en una de las esquinas del cuadrado (el hombre dibuja en la tierra para la mujer):


No es que el dibujo fuera especialmente inventivo u original. Pero mi apropiación de él llegaría a serlo. Montadas de cuatro en cuatro, esas losas formaban círculos y rombos con los bordes cóncavos intercalados. Estos últimos estaban formados por las mismas cuatro losas que hacían los círculos, sólo que dispuestas de manera invertida, con los centros hacia fuera (mientras habla, el hombre dibuja en la tierra para la mujer):


Percibí de inmediato que las inversiones, aparentemente un desorden en la composición, que podría haber sido sólo de círculos, estaban allí para romper la monotonía, disfrazarla al menos, y que la perfección del funcionamiento de la lógica de las formas estaba en esa aparente imperfección. Los círculos, por tanto, serían las plazas, con fuentes en el centro, un gran espacio para transeúntes alrededor y, por fin, representados por las franjas convexas, cuatro bloques de edificios curvos, segmentados en los cuatro puntos cardinales por la intersección de las losas. De cada uno de esos intervalos saldrían dos franjas divergentes y curvas que conducirían a las intersecciones de otros círculos, dispuestos en diagonal con relación al primero. Hoy esas franjas divergentes y curvas son caminos en medio de los bosques y parques que se intercalan con las plazas, y están formados por la inversión de las losas. Toda esa composición modal articula lo que podemos llamar, por analogía, el piso. Son cerca de trescientos kilómetros cuadrados, no me dieron más, que componen la base sobre la cual se yergue la ciudad. Ni siquiera recuerdo cuántos parques y plazas hay, ya que son tantos. En medio de ellos fue construida la arena, donde tienen lugar los grandes encuentros, los juegos y las representaciones. La semana pasada, un hombre fue allí a contar su historia y a cantar unas boberías. La arena se repletó para escuchar su testimonio, pero parece que no llegó a decir nada y murió horas después. Esto ocurre una vez al año. Como promedio. Siempre hay uno u otro que muere sin decir nada. Entre las grandes construcciones, además de la arena y del palacio de gobierno, está también la cisterna —o lago, como le dicen— donde se encontraba el inodoro, y con idéntica forma. La cisterna acumula toda el agua de la ciudad, luego de haberla rescatado del interior de la tierra. También está el sector de las máquinas, el complejo industrial que genera energía y regula el funcionamiento de la ciudad. Queda donde estaba la bañera, a la derecha del inodoro, y está separado del resto de la ciudad por lo que ellos llaman cortina, una gigantesca placa divisoria de un vidrio especial que fabrican allí mismo, y hay gente que ni sabe que existe porque no lo ve. Es lo que evita que los residuos industriales contaminen al resto de la ciudad. Fuera de los edificios circulares de las plazas y las grandes construcciones, el grueso de las habitaciones fue colocado en la vertical, a lo largo de lo que en el baño eran las paredes de azulejo. Ahí tal vez esté mi segunda solución más brillante. En el baño, entre azulejos lisos, había secuencias diagonales con motivos florales. Hoy son jardines suspensos, parques verticales. Hace mucho tiempo que no los visito, pero los veo de lejos, y de lejos pueden parecer verdaderos paraísos. La idea era romper con la claustrofobia y el vértigo de esas habitaciones verticales, donde vive la masa, y creo que lo conseguí, si es que lo que ellos dicen es verdad. Toda la ciudad está cercada por esas paredes de parques y habitaciones verticales. Las intersecciones de los azulejos sirven de elevadores individuales en la vertical —pequeñas cápsulas una tras otra y en movimiento continuo— y esteras rodantes en la horizontal. Cada azulejo representa un conjunto habitacional, aunque ya ni tengo idea de cuántas familias viven allí. Sé que no debe ser una maravilla, pero en esas circunstancias, sabes, traté de hacer lo mejor. El cielo —que también es llamado de techo— reproduce la ilusión de un azul celeste y la de las nubes. En el centro hay una lámpara capaz de filtrar y reproducir la luz y el calor del sol del lado de afuera a cualquier hora del día, aunque manteniendo siempre una estación intermedia, entre la primavera y el verano. Porque estamos en subterráneo. Mientras más uno se aproxima al cielo, mejor se ve todo el sistema climático, concebido por un gran físico de cuyo nombre no me acuerdo, y que murió poco antes de la inauguración de la ciudad, por eso nadie sabe que fue él quien lo hizo todo. Cierta vez oí decir que del centro de la lámpara se puede llegar a la superficie de la Tierra por un canal paralelo al que filtra el calor exterior. Pero no creo que se hubieran arriesgado hasta ese punto. Cualquier contacto con la superficie podía acarrear la destrucción de toda la ciudad. Cuando presenté mi proyecto inspirado en el baño, no creía que ellos realmente tuvieran la intención de construirla. No pensaba que acabaría viviendo aquí. Hoy puedo decir que soy feliz en la ciudad. Vivo en un apartamento de buen tamaño —por lo menos para mí, porque Mónica se fue—, en el número 42 de la plaza 15. Todos lo cuartos dan al fondo. O sea, al parque que está entre la plaza 15 y la 17. Hace algunos meses decidí ir allí, porque desde mi ventana vi una cosa extraña la noche anterior. Alguien caminando con una linterna entre los arbustos, buscando alguna cosa. De noche raramente hay gente en los parques, ya que no hay luz, y la persona en cuestión caminaba exactamente en dirección a un punto que, arquitectónicamente, nunca conseguí resolver: el cuarto de círculo de las losas que en las plazas acaba formando las fuentes, pero en los parques queda suelto, perdido. Aquello me dejó loco, me dolió mucho que alguien caminase de noche alrededor de aquel punto no resuelto en la articulación de los parques. Como la ciudad no debe tener carros, aquellos cuartos de círculo perdidos fueron concebidos inicialmente como respiraderos de una red de transportes subterránea, pero después llegaron a la conclusión de que, mientras menos se desplazasen las personas, mejor sería la calidad de vida. Por eso todo el mundo sólo anda a pie y los cuartos de círculo quedaron perdidos en medio de los parques, sin función. En verdad, ni siquiera los respiraderos llegaron a ser construidos. Existía apenas el proyecto y pequeñas plataformas justo atrás de donde vivo. Esa persona no podía saber que yo supiese, que yo era el arquitecto y vivía justo allí atrás. Es verdad que la vegetación creció en los últimos años, pero yo sabía que ella todavía estaba allí, como las demás, una pequeña plataforma de concreto, una placa, señalando dónde debían comenzar las obras de la red subterránea. Desde el balcón de mi apartamento, en el quinto piso, veo apenas los arbustos, los pinos, el sauce y algunos cipreses. Después de ver la luz rondando el lugar donde debía estar la plataforma en medio de la noche no conseguí dormir más. Ni siquiera con las píldoras. Por eso decidí ir al parque. Al día siguiente tomé el camino norte que conduce a la plaza 16 y lo abandoné después de los primeros metros. Caminé por el césped, subí una pequeña colina y me adentré en el bosque. Fue imposible encontrar la plataforma. ¡Me quedé rondando por todas partes y nada! Fui yo quien construyó la ciudad, debía saber dónde estaba la plataforma. Y era allí mismo que debería estar. Pero no estaba. Comenzó a oscurecer y tuve que abandonar la búsqueda. Fue cuando vi las ventanas de mi apartamento a unos quinientos metros y la luz de la sala que olvidé encendida, e imaginé cómo sería verme desde allí. Recordé también que tenía una cena y regresé corriendo. Cuando estaba saliendo de casa, ya en el pasillo, oí sonar el teléfono, pero no volví para atender. Debía de ser Mónica, después de dos meses sin noticias suyas. Diseñé esta ciudad para una joven bonita, como tú. Su nombre era Mónica. Nos encontrábamos en el parque, caminábamos juntos, ella empujando un cochecito de bebé. Un día le pregunté qué le parecía la ciudad, que había hecho para ella, caminando a su lado, mientras ella empujaba el cochecito. Me miró, sonrió y continuó andando. Pero no volví para atender. Estaba muy atrasado. Llegué a la cena casi a las diez. Ya todos habían llegado. Sólo conocía a algunos. La cena fue servida en una mesa muy grande para los veinte invitados. Hacía tiempo que no comía así. Me senté al lado de una mujer de cabellos castaños que le caían sobre los hombros; decía que se le estaban cayendo a montones y ya no sabía qué hacer para que parasen. Una mujer de ojos pequeños como los de las mujeres de la superficie, que los tienen así a causa de la luz tan fuerte. Una mujer muy simpática, que me habló del hijo, todavía bebé, de su familia, de la hacienda que tuvieron, me imaginé que habría sido en la superficie, del sueño de volver a ver un día el sol de su infancia. Le dije que Mónica también decía lo mismo. Me preguntó quién era Mónica. Le dije que no la veía hacía dos meses. Salimos juntos y juntos descubrimos, a mitad del camino, mientras caminábamos, que vivíamos en el mismo edificio. Su apartamento también daba al fondo, al parque. La acompañé hasta su puerta, en el tercer piso, y continué subiendo hasta la mía. Antes de despedirnos, me dijo que necesitábamos vernos con más frecuencia, ya que vivíamos tan cerca. Yo asentí sin darme cuenta aún de que si vivía en la misma ala y tenía el mismo parque bajo su ventana, tal vez hubiese visto la misma luz que yo había visto caminando en medio de la noche alrededor de lo que —sólo yo sabía— debía ser la placa, cubriendo el único punto no resuelto de toda la lógica urbanística de la ciudad, como un tragante, el punto ciego. Sólo pensé en eso cuando ya había llegado a casa y miraba por la ventana el parque completamente oscuro en medio de la noche. Pensé en telefonear para preguntarle si no había visto allí una luz en medio de la noche como yo la vi, donde yo sabía que estaba la placa. Pero recordé que no había anotado su número de teléfono. Al otro día dejé una tarjeta debajo de su puerta. Una tarjeta extremadamente tímida, proponiéndole que nos encontrásemos algún día. Me llamó dos días después, dijo que había estado ocupada y que por eso no había llamado antes. Nos reímos muchísimo y acordamos cenar al día siguiente en su casa. Abrió la puerta con la misma elegancia con que me había contado sus historias durante la cena, con que había bebido vino y hablado de la superficie, con que había atravesado las plazas a mi lado en la madrugada, como Mónica. Ella usaba el mismo vestido y yo el mismo traje. Al entrar fui atraído por la ventana que enmarcaba el parque, de donde venía una ligera brisa, y por el pensamiento de que ella también debía haber visto, sin duda, la luz caminando en medio de la noche, como yo la vi. Me fui acercando a la ventana y toqué el alféizar. Me dijo que era una hermosa vista y yo que era igual a la mía. Me miró con la misma expresión tan elegante y nostálgica de la cena, mientras hablábamos de tantas cosas, de las mareas en la superficie, por ejemplo, de la primera vez que vio el mar. Después puso un disco y restalló los dedos. Dijo que estaba feliz por vivir allí, mirando los árboles. Le pregunté dónde estaba el hijo y respondió allá dentro, está durmiendo. Caminó hasta la ventana y puso las manos en el alféizar. Dijo que ésa no era una prisión, aunque pudiese parecerlo. Era lo mismo que decía Mónica. Nos sentamos, comimos y conversamos sobre los otros vecinos que conocíamos, los parientes más viejos que no conocieron la ciudad, sobre lo que habrían pensado de ella. Le dije que la cena estaba deliciosa. Me agradeció. Le pregunté si salía mucho. Se rió y dijo que no. Quería saber la razón de mi pregunta. Fue cuando le conté que había construido la ciudad y lo que había visto desde mi ventana. De repente cambió. Era como todas las demás. Primero escuchó atenta, cada vez más atenta, para decir verdad. Después perdió aquella elegancia y la sonrisa. Estaba aturdida, sin saber hacia dónde mirar. Se levantó y comenzó a recoger los platos. Fue cuando pregunté si ella también había visto la misma luz de noche en el parque y, ríspida, dijo que no, estaba durmiendo, no había visto nada. Poco después ya estaba en casa, porque súbitamente ella se había sentido mal y me pidió que la dejara sola. Siempre que cuento que construí la ciudad es así, pero contigo fue diferente. Pasé unas dos semanas sin verla, y un buen día nos encontramos en la escalera. Ella estaba abriendo la puerta de su casa, enredada con las bolsas del mercado en los brazos. Yo iba bajando y le di los buenos días, me paré a su lado y le dije buenos días, repetí, porque pareció no oír. Cuando me vio, fingió que no y repitió buenos días y tal vez algo más como si hablara con un extraño. Le dije que me había acordado de ella cuando, la tarde anterior, vi a una mujer corriendo por la plaza, con un cochecito de bebé, como Mónica solía hacerlo, pero evidentemente no era ella, que ya estaba cerrando la puerta y diciéndome que necesitaba darle la comida al bebé. Aquella noche vi la luz por segunda vez, caminando cerca del lugar donde debía estar la placa y, al día siguiente, ella había desaparecido y el bebé también, como Mónica y el bebé y las otras. Fui al parque aquella misma mañana, y aunque no haya encontrado la placa, finalmente entendí lo que estaba ocurriendo. Caminando dentro del bosque, acabé encontrando decenas de cochecitos de bebés vacíos y abandonados entre los arbustos. Entendí por qué Mónica había desaparecido, me había dejado, y ahora ella y el bebé y otras tantas. Creían que aquella era una salida, cuando en realidad no lo era, yo lo sabía, porque fui yo quien la construyó. Deben haber encontrado la placa y creído que era un camino de regreso a la superficie, donde volverían a ver el sol y salvarían a los niños. ¡Qué aberración! ¿Salvar de qué, si yo construí la ciudad para ella? Una ciudad donde hubiera lugar para los dos, donde no hiciera mal tiempo. Se equivocaron, y ahora sólo yo sé que están perdidas en los túneles que serían usados para un sistema de transporte subterráneo, pero no lo fueron. Sólo yo sé que de aquí no hay salida, porque fui yo quien la construyó sólo para ella. Ya hice innumerables tentativas. Hace meses que trato de alertarlos. Vine a la policía en incontables ocasiones para tratar de salvarlas, porque ahora están presas. Es por eso que desaparecen de repente y no pueden volver. Ya dije que la culpa es toda mía, por haber dejado aquellos puntos no resueltos, aquellos puntos ciegos. Nunca imaginé que alguien pudiera ver un punto ciego. Pero ellas lo vieron. Sólo que no entendieron que era apenas una marca, que revelaba toda la fragilidad de la ciudad. Creyeron que era una salida. Pero no, ese punto representaba toda la fragilidad. Esta vez te he pedido que me acompañes para que les digas a ellos que estoy diciendo la verdad. Porque me pareciste una buena persona y contigo fue diferente. No cambiaste cuando te dije quién era yo. ¿Dejaste tu cochecito en casa? Tú no eres como las otras. Crees en mí. Me amas. ¿Tal vez? Ellos no creen nunca. En nada de lo que digo. Cuando les hablo de la ciudad se ríen. Me expulsan a puntapiés, sueltan los perros, me insultan y me piden que no vuelva nunca más, pero yo regreso, porque es verdad. Dicen que debería estar en el manicomio. Como si esta ciudad tuviera uno. Pero no lo hay. Porque no lo construí.