martes, 27 de enero de 2009

Armando González Torres: teoría de la adulteración

Josu Landa
(Fragmento)

Armando González Torres, Teoría de la afrenta, CONACULTA, col. Práctica Mortal, México, 2008, 82 p.

Casi nada en Teoría de la afrenta, de Armando González Torres, es lo que aparenta. Lo que en él se ofrece como fábula no lo es, al menos en el sentido común del término. Lo mismo cabe decir de lo que allí se designa como parábola. Tampoco es claro que propugne ninguna teoría, en la acepción usual del vocablo, y no le faltarán razones a quien descrea de la voz anónima que asegura, en la cuarta de forros, que se trata de una ristra de “poesías”. Por no parecer, este volumen ni siquiera parece inscribirse en el catálogo de la colección Práctica Mortal, dados los cambios que ha experimentado ésta en su ya legendaria presentación, invariablemente cuadriculada, ajedrecística, durante tanto tiempo.
Los nombres juegan a petrificar lo que en la vida es volátil y dinámico: hay que celebrar que el poeta González Torres nos lo ponga de nuevo en evidencia, a partir del artilugio del simulacro: el simple acto de adulterar varios géneros de expresión literaria, aparentando que se ejercen, al tiempo que se les desvirtúa en las entrañas mismas de los poemas en prosa con que se presentan, como si se tratara de palimpsestos bastardos, labrados en el continente vacío de unas formas bendecidas por un prestigio canónico. González Torres sacude, así, los significados de palabras como “poesía”, “poema”, “teoría”, “fábula”, “parábola”, “confesión” y otras, con lo que da una vuelta más al molino que, en los últimos tiempos, viene triturando los cánones formales asentados por la tradición.
Esta maniobra del poeta obliga a ciertas prevenciones exegéticas. Por si acaso, hay que empezar por reconocer que estamos ante un libro. Tal vez ésta sea la única evidencia. Respecto a todo lo demás, se impone rehacer todas las convenciones vigentes. Hay que convenir en que los textos que integran Teoría de la afrenta son poemas, conforme al sentido griego de la voz “poema”, es decir, por el hecho de que se presentan como obras acabadas, como objetos verbales consistentes, debidos a una poíesis al servicio de una intención estética, no tanto porque estén libres de pasajes ensayísticos y netamente narrativos o plasmen la prosodia y la métrica o las manipulaciones en los juegos de lenguaje y, en general, todas las operaciones transgresoras y transignificadoras propias de la textualidad que en los últimos casi 200 años recibe la denominación genérica de “poesía”.
La irreverencia ante los géneros no es una novedad, pero González Torres la estira hasta una radicalidad poco frecuente. De hecho, puede asegurarse que esa actitud tiene precursores tan lejanos y de tan implacable vocación disolvente como Sócrates, por cierto un personaje igualmente sometido, por el poeta, a los rigores de la adulteración paródica, hacia el final del libro. Esta afirmación puede sonar gratuita, habida cuenta de las obsesivas taxonomías y jerarquías formales con que los griegos dieron cuerpo a sus preceptivas de poética y retórica. Pero ahí tenemos al gran filósofo, en el diálogo platónico Fedón, dando cuenta de su intuición de que la filosofía es “la más alta música”, mientras explica a amigos y discípulos, poco antes de ingerir la cicuta, su sorprendente empeño en versificar las fábulas de Esopo; de manera similar a como lo hallamos en República, donde también se registra esa convicción de que el discurso teórico es musical. Reacio a la oratoria casi siempre, receloso ante la poesía, el pensador ateniense parece estar mejor dispuesto que nadie, en su tiempo, al menosprecio de las formas y a poner en primer plano la expresión artística, esa irradiación de almas poseídas por algún avatar de lo divino.
Esos momentos del discurso socrático-platónico —en general, preteridos por filósofos y estudiosos— no sólo desdicen en parte al Sócrates admonitorio y condenador de los frutos de toda mímesis artística, sino que resaltan su comprensión de la unidad esencial de todo lo que sea musiké, es decir, expresión derivada de la intervención de lo divino en su advocación de Musas y no sólo lo que normalmente se entiende por “música”. Aun cuando no se conozca ninguna musa de la filosofía, lo que importa es que también ésta, cuando es genuina, responde a un fervoroso y arrollador impulso expresivo, asociado a la divina potencia de Eros. No parece, pues, ajena al filósofo la intuición de una afinidad ontológica entre poesía y filosofía. Tener presente esto puede ahorrar, a algunos, asombros como los que suele suscitar el célebre dictum aristotélico de que la poesía comporta un provecho teórico, científico, que no puede esperarse de la historia. También permite advertir la existencia de cierto espíritu de lo que hoy llamaríamos “vanguardia”, mucho antes de los tiempos de Horacio; pues, en su célebre Carta a los pisones asegura, no sin alarma, que “pictoribus atque poetis quidlibet audendi semper fuit aequa potestas”, es decir, que “pintores y poetas siempre tuvieron el justo poder de atreverse a cualquier cosa”. Finalmente, puede ayudar a comprender que no es tan decisivo el género de escritura y que son lícitas, desde siempre, las irónicas licencias de artífices como Armando González Torres, en virtud de las cuales una irrefrenable necesidad de decir se desahoga parasitando y adulterando opciones formales cosificadas por la tradición. Así que, por mucho que el talante de los textos de González Torres luzca ensayístico y narrativo, su fondo es raigalmente poético.