viernes, 3 de octubre de 2008

Salutación en Trocadero

Andrés Sánchez Robayna

La araña y la imagen por el cuerpo,
no puede ser, no estoy muerto.
Paradiso, XIV


Vine a su casa, a interpretar su ausencia.
Y todo en la ciudad era un imán,
todo en el tiempo conducía hasta allí,
su lugar y su luz, metáfora de usted.

Respirar era entrar en su recinto,
penetrar los misterios de la casa,
las graciosas columnas desafiando
todo principio del espacio.

Altos techos de gruta como lo resistente,
lo resistente como cuerpo de aire.
Si usted se oculta, yo acaricio el gamo,
el gallo en la pared y la mayólica.

Respirar era entrar en sus palabras,
y yo quería conjurar su ausencia.
Usted, que no esperaba,
usted el deseoso, me esperaba tal vez.

Fui preguntando por el tokonoma,
indagando el vacío con la uña del ojo
hasta suplir la ausencia suya
con el grácil sentido de su tao habanero.

Lo que encontré fue su palabra,
que en el tiempo abre ya
todo espacio, el aquí, todo tiempo, el ahora,
en las islas que nos esperan.

Allí lo convoqué, y usted fluía,
humo o terrible invisibilidad,
sigilo o cal en la pared arañada,
secretísimas formas de la luz.

En su casa sonaron otra vez sus palabras
como jade irradiante, inagotable brisa
que agasaja los ruidos de la calle,
las alegres columnas semihundidas.

Su palabra de jade, allí en su brisa,
en su prueba, a la que usted llamó
la fuga de la escarcha, la palabra
de la infinita posibilidad.

Su puerta se desploma, al fin cede a la luz.
Usted no está y está, y así puede decir:
Todo perdido, nada perdido.
El gamo salta, escúcheme, buenos días.