martes, 12 de agosto de 2008

Lengua nocturna

Efraín Bartolomé

EL CADEJO

El Cadejo es cuadrúpedo y es negro y es lanudo y surge de la noche por campos y poblados en donde el monte abunda y no penetra el sol. ¿Has sentido esa cinta escalofriante que recorre tu espalda cuando entras, solo, en el boscaje umbrío? Es el Cadejo. Son sus ojillos rojos y encendidos lanzando su delgado veneno electrizante. Es hijo de la Culpa y fue adoptado por la Noche. Por eso le temen los borrachos y los concupiscentes, los trasnochados y los que vienen de hacer mal. ¿Has oído el latir alborotado de los perros en las lejanas rancherías donde no hay luz eléctrica? Le ladran al Cadejo. Se les eriza el pelo y sus músculos se tensan, a veces hasta el desgarramiento, produciendo una curva violenta en su espinazo súbitamente adelgazado. Los perros de bravura más probada se acercan al Cadejo con dientes agresivos y tiran tarascadas que sólo encuentran el aire. Al día siguiente duermen todo el día: están cansados, agotados, lánguidos. Dice mi tío Rodrigo que a veces se aparece por la vega del río, a veces por el rancho de don Manuel Trujillo. Se roba las muchachas, se come los niños. Se lleva los borrachos hasta el espinero: los deja atascados en el Chamenhá. El Cadejo entra a veces por las calles oscuras de los pequeños pueblos y se esconde acechando a sus posibles víctimas. Sabe esconderse bien y logra engañarnos haciéndonos creer que los destellos colorados de sus ojos son tan sólo luciérnagas, brasitas de cigarro, fragmentos de un tizón que el viento dispersó. Se ha dicho que es como un gran perro, como un carnero enorme, como una danta, pero con mucho pelo ensortijado. Se cree que tiene cuernos porque a veces da topes a los bolos que no quieren regresar a su casa y siguen buscando alcohol en los rincones de la madrugada. Entre los que saben de lenguas hay quien dice que su nombre viene del portugués cadello, del latín catellus: perro pequeño, cachorrillo. Es obvio que en Centroamérica, gracias a la fertilidad de la tierra, gracias al aire y a los ríos, ha medrado hasta alcanzar su tamaño actual. Hay quien dice, también, que ya no se aparece, porque le gusta la sombra y el monte nutrido y ahora, con las brechas y con las carreteras, su casa ha sido destruida poco a poco. Otros piensan que vive escondido en el alma de ciertos hombres que usan embozo, sotana o metralleta y tienen estremecimientos de placer mientras riegan con sangre el camino a Utopía.