martes, 12 de agosto de 2008

La montaña y el verso

Eve Gil

En 1982 se publicó el primer libro de Efraín Bartolomé (Ocosingo, Chiapas, 1950), un poeta que dejaría huella en las letras mexicanas. Ahora que Bartolomé es reconocido como uno de los mejores poetas vivos de México (junto con, me atrevo a especificar, Eduardo Lizalde y Francisco Hernández), se lanzan varias ediciones conmemorativas, una de ellas en tiraje de colección (Ediciones Monte Venus-Universidad de Colima, 2007) que vuelve a deslumbrar con el violento canto de sus imágenes.

—¿De quién fue la iniciativa de lanzar una edición conmemorativa por el XXV aniversario de
Ojo de jaguar?
—Qué bueno que me preguntas eso porque me das oportunidad de agradecer a mucha gente. Salieron, de hecho, cuatro ediciones conmemorativas: dos en Chiapas, una en Colima y otra en Tabasco. Creo que todo empieza con una nota de Juan Domingo Argüelles en El Universal sobre los cinco lustros de Ojo de jaguar. A partir de ahí se desencadena una serie de gratos acontecimientos: Marco Antonio Campos le propuso al rector de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas hacer algo al respecto. El rector, Jesús Morales Bermúdez, narrador y ensayista, lector sensible que ha escrito y publicado sobre Ojo de jaguar, aceptó la propuesta y un día me llamó. Me comentó que Rodrigo Núñez, un refinado editor chiapaneco, le había llevado la idea de hacer una edición del libro y que ya estaba caminando el proyecto con la Casa Juan Pablos. La edición en pasta dura y tamaño devocionario, para que quepa en la bolsa de la camisa y vaya junto al corazón, es una pequeña gema.
Mis amigos Sonia de la Rosa y Roberto León Chanona, dueños de León de la Rosa Editores, de Tuxtla Gutiérrez, tenían muy pendiente la fecha y prepararon una hermosa edición llamada Lengua nocturna Los poemas inéditos de Ojo de jaguar. Es eso exactamente: los poemas inéditos que se incorporan al libro en 2007. Hicieron un trabajo editorial precioso en gran formato: doble carta, papel de algodón, relieves y gofrados, con ilustraciones de Manuel Cunjamá. Cien ejemplares numerados y firmados.
La edición tabasqueña fue con Francisco Magaña a sugerencia de Marco Antonio Campos. Chico Magaña conocía bien el libro y recibió el proyecto con mucho entusiasmo. Bajo su cuidado salió un libro bello, sobrio y elegante. Hay un sobretiro especial de veinticinco ejemplares numerados y firmados que vienen en estuche de tela.
La joya de la corona es la edición de MonteVenus, el proyecto editorial de un grupo de poetas de Colima: Sergio Briceño, Verónica Zamora, Sandra Velázquez y Carlos Ramírez Vuelvas. Han sido lectores de Ojo de jaguar desde hace muchos años y lograron hacer esta apabullante edición con el apoyo de la Universidad de Colima. Es una lujosa edición para bibliófilos: el libro viene encuadernado en tela, con el título en relieve, en gran formato (44 x 29 cm.), impreso en papel Domtar Titanium de 118 gr., libre de ácido y sin cloro elemental, con guardas de papel Domtar Feltweave Spirit Red de 216 gr. La obra va protegida con sobrecubierta ilustrada y plastificada. El tiraje es únicamente de trescientos ejemplares numerados y firmados por el autor y no circulará en librerías.
¿Por qué todo este revuelo? Porque, me da gusto decirlo, este mi primer libro supo ganar lectores desde su aparición inicial en Punto de partida, en nuestra sacrosanta UNAM, en 1982. Ha llegado ahora a su décima edición. La más reciente, la séptima, era del 2006: Ojo de jaguar es uno de los cuatro libros incluidos en El ser que somos, la antología de mi obra que publicó en España la Editorial Renacimiento. Me tocó el privilegio de ser el primer autor latinoamericano incluido en su Colección Antologías. La edición mexicana anterior a esa fue una edición bilingüe, español-inglés, en tomos paralelos, ilustrados, de gran formato, que hizo el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas. Ésta se agotó desde hace unos cinco años y la antología española es muy difícil de hallar en México. Por eso, porque el libro tiene lectores y el libro ya era inencontrable, porque algunos de esos lectores son mis amigos y porque algunos de esos amigos son editores o tienen contacto con el medio editorial, es que sucedió este acontecimiento que me tiene tan feliz. “Escribir poesía es arrojar un puñado de pétalos de rosa al Cañón del Colorado… y esperar el eco,” es una frase que se atribuye a Pound. Debo decir, con gran alegría que todas estas muestras de cariño de mis amigos son formas variadas de escuchar el eco.
¿Cómo era el Efraín Bartolomé que plasmó el paisaje de su natal Ocosingo en este maravilloso libro? ¿Ha cambiado a lo largo de veinticinco años? ¿En qué?
—Era un joven de entre 24 y 30 años, que comenzaba el ejercicio profesional de la psicoterapia, tenía tiempo completo como profesor universitario, se estrenaba como padre y terminaba de formarse o de esculpirse a través de la escritura apasionada de poemas. Esa pasión, que comenzó a los nueve años, se acentuó a los 16 y comenzó a producir frutos maduros a los 24, había crecido como un amor secreto. Nunca luché contra ella pero sí hice esfuerzos por no sucumbir tanto a la lectura y a la escritura de poesía mientras me formaba profesionalmente en el campo profesional de la psicología. Era lector de todo siempre aspirando a ser merecedor al título de poeta. Es un sueño que todavía conservo. El choque entre la Naturaleza que yo vi en esplendor y lo que ya no podrían ver los ojos de mi hijo, fue generando el libro. En el resto del planeta estaba sucediendo lo mismo, quizá por eso el libro hiere del modo en que lo hace.
—La hamaca es una presencia constante en tus versos, ¿escribiste estos poemas balanceándote en una hamaca al ritmo de la brisa marina?
—No. Los sitios de mi escritura son la selva y el trópico pero estos están bastante lejos del mar. No son poemas escritos en el reposo sino bajo el sol y contra el viento, bajo la lluvia y sobre la tierra. Yo soy un caminante y un gustoso de la montaña. Cada vez hay que ir más lejos para encontrarse con territorios vírgenes, y a mí me gusta hacerlo. Si Ojo de jaguar puede tocar el alma de sus lectores es porque los cuatro elementos son la materia viva de la escritura. Recogí un poco de la húmeda tierra natal y la amasé con sangre y luz hasta que logré una escultura donde, como lo quería mi maestro Salvador Díaz Mirón, palpitaba una hermosura trágica.
—Leyendo los comentarios críticos respecto a tu obra, descubro que casi todos los analistas coinciden en un elemento muy interesante: “el ritmo”... y digo interesante porque percibo que ese elemento, la cadencia en la poesía, empieza a diluirse o a perder importancia... ¿qué opinas respecto a esto último y qué importancia tiene para ti la cadencia de los versos?
—La poesía cabalga siempre sobre la música pero es claro que la pura sonoridad aún no es poesía. Para que se produzca el milagro es necesario que haya una emoción originaria en el poeta, luego el feliz encuentro de sonido, imagen y sentido en los recursos formales, para que finalmente la emoción original cifrada en el poema con los medios antes señalados encuentre destino: la emoción en el lector. El poeta tiende su arco en el origen y prende una flecha de sangre sobre la playa del futuro.
—¿Es cierta mi impresión de que esta escritura entrañó para ti muchos riesgos de tipo físico y emocional? ¿Que incluso lloraste y sufriste?
—Tanto como reí y gocé. Esto tiene que ver con lo que te decía antes. Si el poema no tiene origen en las emociones del poeta no tendrá destino en las emociones del lector. Y cuando eso sucede el poema nació muerto. Logorrea sin logopea, divertimento en el vacío, material para el olvido, ofrenda que la Diosa ni siquiera escupirá…
—Aparece aquí un hermoso poema (bueno, todos son hermosos), dedicado a tu hijo Balam, que ya debe de ser un hombre, ¿cómo reaccionó él cuando supo que su padre lo había retratado en un poema?
—Mis hijos son buenos lectores de la poesía que importa para vivir. Él es artista plástico y a sus 32 años está luchando a brazo partido por conquistar territorios inexplorados en el arte. Mi hija estudió letras clásicas y se orienta hacia la cultura celta y la historia de las religiones. Las “Cartas desde Bonampak”, dedicadas a Balam cuando tenía siete meses, son material muy conocido entre muchos lectores incluso de su gremio. Hace unos días, en una reunión masiva, un hombre se me acercó diciendo: “A ver si recuerdas de quién son estos versos…” Y se soltó:

Viene la lluvia pasos de tigrillo
Viene la noche tapir ciego
Viene el hambre puma grande
Viene mi hijo sonrisa de la selva
Fruto silvestre Tempestad de alegría

Mi hijo viene guacamaya
Viene mi hijo quetzal
Viene el tigre niño
Viene Balam Balam Balam

Claro que me acordaba: dijimos juntos la segunda estrofa. Luego me contó que para el bautizo de su hijo, que ahora tiene 21 años, había hecho imprimir esos versos en las participaciones y se sabía de memoria esas estrofas.
A Balam nunca le he preguntado de modo directo su reacción ante el poema pero sé que me leen. Él y Celina aprendieron desde niños a moverse con naturalidad entre el oro más pulido del espíritu humano. No es fácil hacerles pasar gato por liebre.
—Pareciera por momentos que Efraín Bartolomé es un poeta solo, es decir, que parte de cero o de una tradición poética muy remota, ¿es cierta mi apreciación? ¿Quiénes son tus influencias literarias reconocidas?
—Por encima de todos, el padre Homero. Soy un gozoso lector de la Ilíada en verso aunque, como muchos, comencé con la versión en prosa de don Luis Segalá y Estalella. En verso he leído las versiones de Leopoldo Lugones, Alfonso Reyes, Gómez Hermosilla, Rubén Bonifaz, y la que me resulta más fascinante y lograda: la de Fernando Gutiérrez. En esa línea y ya en español, soy fan de Góngora, de Quevedo, de Garcilaso, de Manrique, de Díaz Mirón, de Rubén Darío, de Antonio Machado, de García Lorca. En otros idiomas, de William Blake, de Baudelaire, de Pessoa. Ellos y algunos más pero no demasiados.
—¿Realmente viste al cadejo cuando eras niño?
—Aquí el adverbio de modo: realmente, es lo que menos importa. Viví y sentí la atmósfera escalofriante que dejaban sus apariciones en un pequeño poblado a la entrada de lo que fue la gran Selva Lacandona, sin luz eléctrica, rodeados por los elementos: lluvias y tormenta, agua por todos lados, oscuridad total a veces y hormigueros de estrellas en otras ocasiones. De pronto los perros enloquecían y el vecindario despertaba y el rumor corría como un escalofrío en el espinazo de la noche. Al día siguiente los niños hablábamos en la escuela de aquella hierofanía y una anécdota traía otra y la leyenda se iba solidificando poco a poco.
—¿Qué escribes actualmente?
—Lo que la necesidad me va poniendo en la oreja del alma. Por lo general, y aunque no tengo prisa por escribir, no pierdo el ritmo. A veces el manantial gotea y otras veces produce abruptos torrentes incontenibles. Cuando estos se detienen en pozas apacibles, se forma un nuevo libro.