lunes, 11 de agosto de 2008

Bochinche, actual canon literario cubano

José Prats Sariol
(Fragmento)

Bochinche alberga significados deliciosos, puntuales para nuestro enrevesado tema: tumulto, barullo, alboroto. La RAE anota una tercera acepción, muy útil aquí: “Chisme, a veces calumnioso, contra una persona o familia, que cobra mayor proporción y maledicencia a medida que pasa de una persona a otra.” Por supuesto, también tiene que ver con las formas de la “transtextualidad”, en el sentido que le otorgara Gérard Genette, al ampliar el de “la literariedad de la literatura”.[1]
Aunque la presente indagación se limita a la poesía, algunas de las hipótesis pueden resultar útiles para otros géneros. Así ocurre con el virus político que ha pretendido convertir la cultura cubana en un rizoma. A pesar de que todavía no acaba de esfumarse, en este 2008 resultan obsoletos algunos deslindes de los años noventa. Ningún lector medianamente serio ya escinde en dos orillas los textos escritos por nacidos o naturalizados en nuestro archipiélago. Las consideraciones de territorio e ideología —válidas para las necesarias contextualizaciones sistémicas[2]— apenas ensombrecen una heurística similar a la utilizada para cualquier otro país, ante la contundente victoria que la noción de lengua en la que se escribe —a consecuencia de los ríspidos procesos de mundialización— obtiene año tras año, relega la “literatura nacional” a la historia.[3]
Precisamente el giro antilocalista, junto al eclecticismo crítico ante vertientes estilísticas, son los dos sesgos que con mayor diafanidad se observan en la más reciente literatura cubana, como parte de un fenómeno “posmoderno” que ya no quiere convertir el majá en sierpe[4] o la sierpe en majá, que ya no se rige por estéticas románticas.
El rumbo, del que señalaré algunos indicios, por supuesto que además se halla bajo las bondades y borrascas de fenómenos tecnológicos como la cibercultura, junto a la multiplicación enardecida de autores éditos gracias al abaratamiento de ediciones digitales, el aumento de las privadas en soporte papel (incluyendo de universidades y fundaciones), los blogs (fuera y dentro de Cuba)[5] y la inundación de sitios webs. La literatura cubana, en este sentido, experimenta un similar problema receptivo que, por ejemplo, la mexicana. Los críticos ni siquiera podemos estar al tanto de un género, dificultad a la que ya nos enfrentábamos alrededor de 1980, según testimonio de Gabriel Zaid[6] cuando entonces censó 549 poetas jóvenes en la nación azteca.
Veintiocho años después la complicación, aunque beneficiosa en varios ángulos para la poesía de habla hispana, hace pantagruélico cualquier esfuerzo que trate de abarcar las cuatro generaciones biológicas de autores cubanos vivos: bisabuelos (Fina García Marruz, por ejemplo), abuelos (Manuel Díaz Martínez), padres (Raúl Rivero), hijos (Pablo de Cuba Soria), además de promociones intermedias en edad (Reina María Rodríguez), distinciones por poéticas autorales (José Kozer), por grupos afines (los escritores que se agruparon en la revista Diáspora (s)) o por encontrarse en algún centro periférico: Las Villas, Madrid, Pinar del Río, Ciudad de México, Holguín; si admitimos la polémica designación de La Habana y Miami como principales núcleos urbanos generadores de circuitos culturales.[7]
Varias paradojas se agregan como señales de que hipótesis investigativas y evidencias textuales experimentan incertidumbres que dificultan conclusiones categóricas, por otra parte innecesarias —y siempre peligrosas— en las siempre movedizas espirales de la creación artística. La más obvia paradoja es que siendo la poesía el género menos leído, es el que mayor cantidad de autores y textos presenta; pero esta contradicción dialéctica no es privativa del tercer milenio de la era cristiana, sino un viejo espejismo que hace creer “poeta” a cualquier “espíritu sensible”, sobre todo en la primera juventud; a lo que se añade, del otro lado, la insignificancia que puede representar el dato numérico, por lo general ajeno a las élites generadoras de nuevas propuestas estéticas, siempre lectoras de poemas.
La segunda paradoja la enuncia Harold Bloom: “Todo poema es un inter-poema, y toda lectura de un poema es una inter-lectura. Un poema no es escritura sino reescritura, y aunque un poema fuerte sea un nuevo comienzo, ese comienzo es un recomenzar.”[8] Quizás el exilio y el insilio, bajo la diáspora externa e interna, ha provocado una suerte de adanismo donde por razones exógenas se producen escandalosas omisiones,[9] que niegan la inexorable formación de un canon. Fenómeno al que contribuye, aunque cada vez menos, la carencia de una intercomunicación fluida entre los autores. A lo que se añade, sobre todo entre los que luchan por ser “reconocidos”, un agón —nunca está de más recordar que “competencia” viene de la misma palabra griega que “agonía”— no siempre sano, no siempre saludable y muchas veces injusto, como ocurre con descalificaciones, ninguneos de obras significativas en razón del ideario, la poética o el círculo de amistades del autor. El caso de Heberto Padilla me parece el mejor ejemplo dentro de Cuba, el de Nicolás Guillén ilustra el sectarismo de ciertos círculos del exilio. Y al revés: ¿Cuántos poetas mediocres, en La Habana o en Miami, son exaltados como “figuras decisivas” según su condición de amanuenses o disidentes del castrismo tardío? ¿Cuántos libros no son calificados de “fundamentales” en flagrante olvido de la filología?[10]
Una tercera paradoja la hallamos en los ríspidos, controvertidos campus de la crítica literaria, casi siempre provenientes de la Academia. Mientras los estudios sistémicos tienden a disminuir, junto a los panoramas e indagaciones abarcadores de un periodo o de un grupo más o menos cercano, proliferan las reseñas laudatorias, casi siempre escritas por íntimos y por autores carentes de un mínimo instrumental de análisis, huérfanos de una cultura que incluye nociones de fenomenología y de Critical Thinking.
Recalco, además, la diseminación. No sólo como sitio donde el autor vive sino, más decisivo, como referente espacial en los textos. Asimismo, la abundancia de la parodia y de cierto aire minimalista, signo clave en la poesía subversiva de Virgilio Piñera y característico en poetas aún jóvenes como Carlos Alberto Aguilera[11] o en algunos textos de uno de los mejores poetas de las últimas décadas: Carlos Augusto Alfonso,[12] nacido en 1963, que vive en Cuba.
Pero quizá la zona más atrevida se halle en la utilización del ciberlenguaje y en los poemas escritos expresamente para su recepción vía internet, no para su divulgación en ese soporte. Lo que implica posibilidades de “armar” el texto, una interactividad que revoluciona la concepción tradicional de emisor-receptor, que ofrece cambios de imágenes y de música, por supuesto que también variaciones del texto, a urdir por el “lector” como un homenaje a los célebres caligramas de Apollinaire.
[1] Gérard Genette, Palimpsestes, Editions du Seuil, París, 1982, p. 9.
[2] Como la que realiza Pío E. Serrano en “Territorio, lengua e ideología en la narrativa cubana del exilio. (Narrativa cubana del/desde el exilio”. Copia del valioso ensayo (¿inédito?) que me enviara el autor vía internet.
[3] A propósito de un paranoico (Schreber) Elías Canetti apunta: “El éxito aquí como en todo depende exclusivamente de casualidades. Reconstruirlas, simulando una legitimidad, se llama historia.” Comparto la idea del intenso pensador, válida también para la identidad y otras categorías románticas de la modernidad. En Masa y poder, Muchnik Editores, Barcelona, 3ª ed., 1981, p. 445.
[4] Aludo a una de las máximas que José Lezama Lima pusiera en “Razón que sea”, como una especie de editorial en el primer número de la revista Espuela de Plata, agosto-septiembre de 1939. El desafío afirmaba: “Convertir al majá en sierpe, o por lo menos en serpiente.”
[5] Privilegio el vigoroso trabajo que realiza desde La Habana Yoani Sánchez. Su blog “Generación Y” obtuvo este 2008 el Premio Ortega y Gasset. Es sintomático que las autoridades cubanas no le dieran permiso para trasladarse a Madrid por el premio. Aunque el artículo periodístico (crónica, reportaje, texto de opinión) puede considerarse una forma del ensayo, es decir, parte de un género literario; también a veces incluye poemas y cuentos, como otros blogs de cubanos dentro y fuera del país (Cf. los que promueve Encuentro en la Red).
[6] Gabriel Zaid, Asamblea de poetas jóvenes de México, México D. F., S XXI Editores, 1980.
[7] Según los parámetros de Ángel Rama en La ciudad letrada, Ediciones del Norte, New Hampshire, 1984.
[8] Harold Bloom, Poesía y represión, Adriana Hidalgo Editora, Argentina, 2000, p. 17
[9] Las omisiones, por supuesto, no caen ya en los errores de los años setenta. Pero incluir uno o dos poemas en alguna antología, de tiraje mínimo, no significa reconocimiento, más bien se trata de sagacidad oportunista. Aún se espera la inclusión de Gastón Baquero, por ejemplo, en los programas y textos escolares, aunque el Instituto Cubano del Libro publicara su poesía, tras su muerte en Madrid. Cf. Gastón Baquero, La patria sonora de los frutos, Selección, prólogo, notas y compilación del apéndice de Efraín Rodríguez Santana , Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2001.
[10] Habría que añadir, por razones de complejo de inferioridad, de aislamiento y de contagio político triunfalista, la sobrevaloración de autores locales. Penosa realidad cuyo ejemplo más cercano lo experimento cada vez que algún crítico del insilio propone conferencias y hasta cursos monográficos, en universidades extranjeras, sobre poetas olímpicamente ignorados.
[11] También en poemas de Rolando Sánchez Mejías y Pedro Márquez de Armas, por solo citar dos autores entre los más relevantes. Porque otra historia, paródica de sí mismos hasta la autodestrucción, está en tres suicidas: Raúl Hernández Novás (1948-1993), Ángel Escobar (1957-1996) y Luis Marimón (1951-1995), este último víctima del alcoholismo. Obsérvese que los tres deciden desaparecer en el mismo quinquenio donde irrumpe el llamado “periodo especial”.
[12] Desde su primer libro, El segundo aire (Premio David, 1986), Unión, La Habana, 1987. También en su poderoso cuaderno Cerval. En esta línea resaltan poemas de Sigfredo Ariel, Jorge Iglesias y Emilio García Montiel, entre otros.