miércoles, 18 de junio de 2008

Tres poemas

Luis Fernando Chueca

Díptico de la rémora y el navegante

1. El navegante

Tu cuerpo se adhiere a la carena y detiene
el progreso de mi nave.
No importa si cruzamos aguas claras o mares endiablados,
igual si es conveniente o perjudica tu fuerza,
limita mis intentos o
los de cualquier otro entre nosotros.

¿Cómo, tan pequeño, logras
demorar el tiempo y dilatar la distancia
que separa al hombre de su afán?

Rémora te han llamado,
y el nombre, así lo dicen, está impreso en lo esencial.
R é m o r a, pronuncio y
hasta mi hablar se vuelve
balbuceo
cuando tu esmerado oficio me rodea.

Mis viajes ahora ya no acaban
la vista de mis ojos se oscurece
y mi querer se difumina o se arrepiente.

Rémora me intuyo yo también
aletargado ser que no termina.


2. Rémora

La demora no es mi oficio, ni separar al hombre de sus ansias
fundamento de mi filosofía;
lo mío es andarme entre las aguas y el vacío
y acomodarme,
calmo, en los cálidos tablones que me acogen.

La tarda ruta es mi provecho, no mi ley.
Yo me valgo, solamente,
de tu aletargado movimiento.
Si buscas razones a tu paciencia exagerada,
a la morosidad de tus acciones
o a la lenta progresión de tus palabras
mira, pues, hacia el centro de tu ánima, que no están fuera de ti.

Echenis es mi nombre, rémora no,
esa es solo una vana explicación; ilusión de quienes
me arrojan a la cara los reproches de sus culpas.
¿Qué sabré yo de tus temores?
¿Qué tengo yo que ver con el fuego congelado que te impide el movimiento?

Echenis soy, la rémora está en ti.


Cuzco, 1984

La imagen ofrece un lugar común: en Cuzco, seis muchachos en fila delante de la piedra de los doce ángulos. Es 1984, están de vacaciones y no alcanzan los veinte años. Tienen la belleza de la edad y refulgen a pesar de la jornada agotadora. No lo saben, pero miran hacia algo que la proximidad de la piedra representa.

Veinte años después me detengo ante la fotografía que conserva aquel instante. Recorro la toma contra el orden propuesto por el lente de la cámara. El último en la fila (el primero en mi repaso) es Juan Pablo. Vive en Europa y recibo sus correos con largos intervalos. En uno reciente me habló del tiempo y la distancia que taladran la memoria. A Pancho, a su lado, lo vi hace pocos días. En el 84 era el único en quien podíamos reconocer la escritura inmediata de la muerte: la ausencia de su madre le había dejado una marca en la mirada. Pancho ha ilustrado algunos de mis poemas y quizás quiera hacer un dibujo de este retrato funerario. Al despedirnos acordamos buscar a Paco, que está dos puestos más allá. Paco será el primero que lea este libro cuando lo haya terminado: comparto con él varios nombres de este listado y es posible que encuentre en él algún asomo de su voz. Para ambos escribí en 1988 un texto cuyo final decía: “Regresamos, uno por uno / a la última esfera del infierno.” Eran tiempos oscuros y pensaba ingenuamente que el poema serviría de exorcismo. De César, ubicado entre ellos, no tengo noticias. Diría que la tierra se lo tragó si no fuera porque sé que hay abismos que de pronto se agigantan. Luego de Paco estoy yo, aunque alguien piensa que es imposible reconocerme. El primero al lado de la piedra es C. Él guardó los negativos de ese viaje adolescente del que queda como único testimonio la imagen que comento. Murió casi de golpe hace tres años: la piedra absoluta de la ausencia creciendo desde el centro de su cuerpo. Lo visitamos —Pancho, Juan Pablo, Paco, yo— varios sábados seguidos pero no pudimos verlo. Lo siguiente fue el velorio y el entierro.

Para ellos escribo este poema.


Díptico

1

La fotografía pudo tomarse en una avenida transitada. Su rostro quemado por el sol ostenta un sinnúmero de arrugas. Pero lo más nítido no es su prematura vejez o la mano que estira hacia los autos. Lo que sobresale en J es la falta de una pierna que lo obliga a mantenerse a rastras a no más de noventa centímetros del piso: no hay silla rodante ni muletas. Ese dato esconde una historia que conozco, aunque ahora no importa cuál es ni cómo sucedió. El muñón, sin embargo, se exhibe como metálica cicatriz. Y detiene el cuerpo de J, como detiene mi pensamiento en el momento en que algún médico termina de cortar su pierna y luego la coloca en un frasco de formol, en una bolsa plástica o simplemente la arroja a la basura.

Mientras imagino ese instante como un envío anticipado de la muerte, J observa mi mirada esquiva, me llama por mi nombre y pide algo que, apurado, intento terminar. Tampoco importa ahora qué. Me dirige luego unos ojos del todo alejados de la sórdida imagen que proyecta y manda saludos a mi madre. Le agradezco y sigo mi camino. Los autos corren como mi esfuerzo por no ser fotografiado.

2

El hombre muestra su muñón y exhibe sus medallas. “¿Tú qué hiciste?”, le pregunta a la reportera. “¿Qué hacían todos mientras yo perdía mi pierna a nombre de la patria?”, insiste con orgullo marcial e ineludible.

Yo no puedo enseñar alguna herida calada hasta los huesos. Apenas una cicatriz que una tijera dejó en mi pierna como recuerdo de un estúpido accidente. Los muñones los soñaba obsesivo a los doce años. Cuando también imaginaba que se me caían los dientes o extraviaba los zapatos. Nada más.

“¿Dónde estábamos nosotros durante el reino de la muerte?”, recupera mi atención la impostada conductora del programa. Yo desconfío de los heroísmos militares y apago el televisor. No me interesan las medallas ni muñones ni recuerdos fantasmales que me impidan mirarme la cara siquiera en el espejo. Estuve estos años haciendo el amor con mi mujer y lavando los piecitos de mi hija. Y escribí estos poemas. También reí, grité, tuve trabajo. E hice otras cosas, y alguna incluso dejó su huella al rojo vivo. Pero no veo razón para contarlas.