martes, 1 de abril de 2008

Rojas nistágmico

Carmen Boullosa
(Fragmento)

En algunas escenas de la película Devil-Dolls (1936), la cómplice en la hechura de muñecas perfectas, Malita, mueve los ojos de izquierda a derecha y de derecha a izquierda a gran velocidad, conserva la cabeza fija mientras traza con las pupilas un ir y venir veloz, como un péndulo o en zigzag, palabras no precisas porque la línea de su camino es horizontal. (Rodrigo Rojas me explica que los términos apropiados son “nistagmo” —aunque éste puede ser también sobre un eje vertical—, o “movimientos sacádicos”.)
He visto este ir y venir en los ojos de los pasajeros del subway de Nueva York, cuando éste pasa de largo frente a una estación o se cruza con un tren en sentido opuesto. Es un movimiento involuntario. Los ojos siguen la luz, se mudan de la luz a la luz; tocan la oscuridad y corren a la luz. Cuando uno cae en la cuenta de estos ojos nistágmicos, cuando advierte este gesto extraordinario —así rutinario e involuntario—, se tiene la sensación de estar en medio de un ejército de poseídos o iluminados.
En el caso de Malita, la personaje de la Devil-Dolls, el movimiento es voluntario. Sus ojos no están en nistagmo constante. Es un acierto de la actriz (Rafaela Ottiano) o del director (Tod Browning), un gesto que le cuadra a Malita, cómplice en la fabricación de muñecas perfectas que son, en realidad, personas reducidas y sin voluntad propia. Es como si de pronto sus ojos siguieran el movimiento de esas figuras que contienen la luz de la vida y que, metidas en la oscuridad de su cambio de tamaño y aparente rigidez, dan cuenta de súbito de la luz de su milagro para, en un tris, regresar a la oscuridad de su prisión, otra vez inertes, rígidas muñecas.
Es la mirada que ve el instante; está ligada al tiempo, pero no tiranizada por éste porque camina en su propio riel. Se retira, se acerca a su objetivo, otra vez la luz.
En la poesía de Gonzalo Rojas he topado con estos ojos nistágmicos que responden con rapidez y agilidad únicas a la luz, ojos que bailan una danza horizontal, de la luz a la oscuridad, de la oscuridad a la luz, en una cabeza que conserva el eje, sobre un cuerpo que viaja. Son ojos perpetuamente móviles sobre una cabeza ensimismada, ojos que se menean huyendo de la oscuridad. Ojos del que ve el fenómeno (por decirle así) de la vida, y que la vacía —de cera ha de ser su tinta— sobre o en el poema.
Pero me dirá el Objetor: “cómo crees, Boullosa, estás mal; la poesía de Gonzalo Rojas no es visual sino esencialmente… esencialmente…” Antes de que yo lo rebata diciéndole “la mirada de los movimientos sacádicos es de cierta manera ciega, movida o guiada únicamente por la luz pero no por los objetos; no he dicho que sea una poesía visual”, la lengua del Objetor, buscando la palabra que pueda definir la poesía de Gonzalo Rojas, hace lo que los ojos de los pasajeros del subway, va y viene soltando horizontales: “táctil, memoriosa, sensual”. Me sumo a su ejercicio: echar mano de palabras para intentar definir o cazar esa naturaleza tan particular, tan única, de la poesía de Gonzalo Rojas, y me permito acotar nuestra enumeración (pero noten: cuando este diálogo entre el Objetor, y Boullosa ocurre, no hay citas, sino sólo ir y venir de palabras, con premura, como una sucesión de bautizos de pobre que le han dado poca plata al cura, con algo que desagrada —con razón— tanto a Gonzalo Rojas, la prisa; aquí sí me permito una u otra acotación):
Digo: terrestre.
El objetor: Erótica —“una cama que vuela por el mundo”.
Digo: poesía-cuerpo.
Dice: espiritual —“comes mujer para comer espíritu”.
Digo: desciframiento cifrándose.
Dice: busca hacer luz del misterio.
Digo: alegre.
Él: vital.
Seguimos con “trágico”, “diabólico”, “irónico”, “eléctrico”, “complejo”, “seductor”, “contradictorio”, “bivalente”, “mujer”, ante la que Objetor contradice: “¡qué va!, ¡es masculina!”.
Estoy dispuesta a rebatirle el “masculina” que me parece, por decir lo menos, burdo, pero sé que como soy mujer y de mi generación es más conveniente no enredarme en una batalla que pinta perdida. Tengo un estigma que me honra: nosotras no queríamos una habitación propia, sino un mundo que nos permitiera jugar con todas las piezas sobre el tablero completo, y aquí estamos, las mujeres. No me distraigo más porque Objetor y yo seguimos:
Yo: silencio
Él: joven.Tengo que repetir su última afirmación: “Joven, joven”. Porque la juventud y lo nuevo de la poesía de Gonzalo Rojas son. Desde La miseria del hombre, su poesía se siente contemporánea.