miércoles, 6 de febrero de 2008

Cuaderno de Pripyat

Carlos Ríos
(Fragmento de la novela inédita del mismo título)

LUGAR FRONTERIZO
El video abre con el caballo ubicado a la izquierda de la pantalla, el automóvil a la derecha y yo en medio, envuelto en un abrigo verde y amarillo. Domingo, 3 pm. Esa tarde paramos a un costado de la ruta porque nos llamó la atención su cabeza gigante, dotada de un maxilar absolutamente desproporcionado para su cuerpo de potrillo de carrusel. Un ejemplar rarísimo, de una docilidad sorprendente, como si fuese la versión amplificada de un perrito faldero. Como falsos ecuyeres seguimos la velocidad de sus patas desde la última curva en la que su cuerpo avanza hacia el vehículo. Descubrimos en la vacilación de esa bestia el reflejo de nuestra incertidumbre, a metros de ingresar en la ponzoñosa Pripyat. Avanza el animal hasta convertirse, por derecho propio, en el único guía posible, en este océano de sigilo donde traducimos el susurro de las hojas. Me acerco con intenciones de ofrecerle unos terrones de azúcar —más tarde me preguntaré qué hacía ahí el azúcar, los terrones en cuadraditos color café aparecidos en mi mochila— y se escucha la voz de uno mis acompañantes. El otro no deja de filmar. Así le dije: “Czarnobai, precioso estúpido, jamás dejes de filmar.” El caballo podría destrozarme la cabeza pero él tendría que continuar con su trabajo. Camino hasta llegar a un metro del potrillo. Inclina con cierta desconfianza su cabeza con el propósito de limpiar, con su lengua áspera y poluida, la mano que le da de comer. El caballo consume la ración y mueve el cuello en señal de agradecimiento. Luego se aleja. Duración: 3 minutos y 47 segundos. Son las imágenes que ha tomado Czarnobai esta mañana y que veo una y otra vez, después de subirlas al YouTube, ebrio de una tristeza que ya no es pasajera, y más cansado que de costumbre. Envío el link correspondiente a Frida y luego reviso si ella no puso algún video en la página. Aparece el último, de hace cuatro días, donde los dos peleamos en Barajas. Asunto: “Peleas conyugales”. ¿En qué momento filmó esa discusión? Yo no estaba dentro de mí (otros dicen fuera de sí) y cuesta creer que soy la misma persona que abre el bolso y le tira la ropa por la cabeza a esa mujer menuda, sin pechos, con el pelo corto teñido de naranja.
HOMBRE: No entiendes nada.
MUJER: Bestia indecente… Quieres arruinar nuestras vacaciones metiéndote en ese caldo radioactivo. ¡Pues muérete!
HOMBRE: Es mi familia, ya te dije. Dejémonos de estupideces…
MUJER: ¡Estúpido obsesivo! ¡No hay nada tuyo ahí! ¡Nada!
Todo eso y más, mucho más, y cuando digo “mucho más” me refiero a la bofetada, a los insultos. Para que lo miren los amigos. Humillación lanzada al ciberespacio para que juzguen cada decisión que uno toma. Desollamiento virtual, derrape escénico y vergüenza al por mayor, chillante, en tonos menstruales, epicéntricos. La tan perra, le cortaría la cabeza con una katana… etcétera etcétera, pero no es tan así, al pie de la letra, el recuerdo es un espejo deformante. Además tiendo a magnificar los hechos, es el famoso “dolor activo” que opera sobre mi biografía, animando sus látigos. Sin embargo, el video de la farsa está ahí, y tiene dieciséis comentarios que no me atrevo a consultar. Frente a la pantalla soy el caballo, el increíble y tan estúpido animal de la ciudad dormida, que repite en silencio una oración desesperada: “nunca seré un expositor moderno, el mediador que todos estaban esperando… me niego a llevar el acontecimiento hasta el zaguán de todos los hogares y allí hacerlo… representarlo de tal manera que todos sientan que están viviéndolo como si lo estuvieran presenciando, o mejor dicho, como si lo estuvieran viviendo...” Es mi lucha interna. Batallo a diario con la idea de la diferencia, de lo que “podría ser si”. El trabajo y su agenda postergan el asalto final. Cada día falta menos. Es crecimiento, cosecha, orden, la lógica majestuosa de la que todos hablan y tan pocos consiguen. Voy por ella. Si sobrevivo, allí estaré. La ciudad que duerme junto a mi habitación lo hará posible.

Volamos a Madrid, yo me vine a Pripyat a hacer mi trabajo y Frida se fue a rastrear lo que quedara del Merzbau, la casa que el artista Kurt Schwitters había diseñado en Noruega, una construcción delirante que era más bien una obra que crecía adhiriéndose a las paredes, abriendo techos y ventanas singulares y distorsionando todo parentesco con el interior de una vivienda. Yo me quedaba prisionero de sus ojos, escuchándola y admirando en sus descripciones esa casa-ciudad, desproporcionada para cualquier humano que quisiera habitarla. ¿Necesitábamos más cuerpo para merecerla? Tal vez era el refugio para una utopía que no nos animábamos a transitar. Nunca sabré. Luego abría bien los ojos y volvía, como si alguien me diera un latigazo en las orejas. Ella me reprochaba que jamás le hiciera caso y de nada servía explicarle que sus palabras eran justamente las que me transportaban a otras galaxias, donde sus habitantes construían casas desaforadas, guiándose por impulsos eróticos o estrategias de disuasión ininteligibles para una cabeza tan apocada como la mía. Doy un rodeo por los archivos de YouTube (intruso en las desgracias ajenas) y luego de un par de horas entro al chat con la idea de encontrarla, pero no está. O me ha quitado de su lista. ¿Qué hora es en Noruega? Llamo al hotel Gyldenlove donde habíamos reservado habitación. En un inglés seco y amable, una mujer me explica que no hay ninguna Frida Kauffmann alojada allí desde el miércoles. Desorientación. ¿Se habrá quedado a dormir en la Merzbau? ¿Se hizo amiga de alguien y así consiguió hospedaje? La imagino en uno de los 25 barrios de Oslo, digamos por decir alguno en Frogner, que es el más caro de todos, sentada plácidamente en una construcción que semeja el acordeón de un fiordo, rodeada por un séquito de hombres blancos, resplandecientes, bien dotados y muy interesantes. Vean, pues, cómo los celos empiezan a desmenuzar mi espíritu de bacalao mexicano que se niega a ser noruego. Es necesario despejar, le digo a su foto en el portarretratos. Ningún apoyo mágico ahora. FAMILIA, esa palabra que tanto la había hecho enojar, regresa porque tiene su razón de estar en estas páginas. Mi tío fue un ingeniero que había venido a Pripyat en 1969 para cursar un diplomado sobre energía nuclear. En vez de regresar a México, se casó con una ucraniana y se estableció en la ciudadela. Después de la explosión, nada supimos de él. Ese mismo mes mi padre murió en una pelea de borrachos en la colonia Santa María. El único familiar que tengo, o tuve, nunca sabré bien, es un primo que sólo conozco por fotografías. Se llama Piotr y es ucraniano. Fue evacuado junto con las miles de personas que desalojó el ejército en abril de 1986. Llegar a Pripyat para rastrear sus huellas es un hecho inútil. Frida tiene razón. Pero es la sangre la que me impulsa a seguir. De encontrarlo, es probable que no entendamos una palabra de lo que dice el otro. O tal vez mi tío le enseñó algunas palabras en español. Entro a Internet y hurgo como en un basurero sólo para que llegue el cansancio. A punto de rendirme, entro en el YouTube e ingreso en la ventanita de búsqueda la palabra clave. Aparece un video. Nunca había encontrado imágenes sobre el desalojo de Pripyat. Había visto mil y una veces fotos sobre la ciudad abandonada, incluso algunas imágenes sobre los efectos de la radiación en niños y animales, pero jamás había encontrado un documento fílmico sobre el arreo de personas hacia otras ciudades que ocurrió aquí hace veinte años. Encuentro estas imágenes y quedo viéndolas durante horas. Quiero tomar aire y salgo al balcón del Polissya. Desde el corazón muerto de Pripyat me llega una brisa en la que reconozco los olores de la ciudad sitiada. Necesito una cerveza, hablar con Frida, contarle que acabo de encontrar el tesoro que persigo desde hace un par de meses. Veo esa gente una y otra vez, hasta aprenderme de memoria las secuencias. Abril. Sol y viento. La entrada del ejército y de la Cruz Roja. Caras dobladas por el terror. La caravana de ómnibus. Quiero que todo eso entre en mi cabeza antes de ponerme a escribir. En esto, y sólo en esto, sigo a ciegas el consejo que dio alguien sobre cómo reconstruir los acontecimientos: confiar en la percepción y escribir a partir del recuerdo de aquello que hemos olvidado a medias. Es el único camino que soy capaz de recorrer. Abro una cerveza, el frío llega amargo y desgaja mi garganta. Primera disfonía. Mañana tengo la entrevista con Oksana Zabuzhko y sé que no saldrá una palabra de mi boca. Ahora vayamos a las imágenes. Mañana Dios dirá. El registro tiene una duración de 2 minutos 35 segundos. Las imágenes aparecen recopiladas por una tal Volinova —no es la persona que filmó— y fueron tomadas el 27 de abril de 1986. El reactor estaba en llamas pero la gente, ese mismo día y el siguiente, siguió haciendo su vida como si nada hubiera pasado. Quien puso el ojo allí decidió, tal vez de una manera premonitoria, mostrar imágenes de madres platicando mientras sus hijos juegan en el parque Lenin. Puede observarse en el cabello de las madres y en el movimiento de los árboles que es un día de mucho viento, un aire milagroso gracias al cual las cincuenta mil personas que residían en Pripyat no murieron de inmediato. Amanece. Las letras se deslizan como hormigas. Quiero olvidarme de Frida, dejar que chorreen las palabras, que hablen sobre aquello que estos ojos se niegan a admitir, que para eso —dicen ellos, los que están del otro lado, tras una cortina de papeles ácidos, un espacio que alguna vez tendré que transgredir, por gusto o por razones que todavía desconozco— me pagan. Suena el teléfono. Es la poeta Oksana Zabuzhko. Estoy lista para la entrevista, dice. No será más de media hora porque tiene que estar antes de que oscurezca en Kiev. El lugar elegido es un catamarán desventrado en medio del río, propiedad de la familia de su marido, en otros años, cuando Pripyat era una ciudad joven, con un inmenso futuro por delante, la perla más moderna y envidiada de esta región de Ucrania.