jueves, 26 de julio de 2007

Las potestades incorpóreas

Alberto Garrandés

¿Cuántas veces había sucumbido al brillo mate del desierto, sin haberlo visitado nunca? Relatos de viajeros ilustres, novelas de fama discutible, películas de distintos países y fotografías viejas... Todo aquello lo acercaba a la limpieza inhóspita de las dunas, y sin embargo, a pesar de su distanciado conocimiento, era como si, en una existencia anterior, el desierto hubiese calado hondo en él porque, sencillamente, estaba allí mismo, en su ropa y en su piel, y también en la profundidad de sus ojos...
Detrás había quedado la pared trasera del templo, con su verde blanquecino y sus anfractuosidades aparentes. Una ancha franja de ninfeas resecas, a punto de uniformar su coloración terrosa en un gris cromático que tendía al dorado sucio, separaba a Diana de la amplia escalinata. Sintió, al andar, que había llegado al punto más lejano posible, donde la noche interior —no la noche inminente de aquel paraje sin objetos ni ruidos— empezaba a brotar por la piel hasta constituirse en una pátina fría semejante a la que dejan los pavores del destierro. ¿Adónde había llegado en realidad? Volteaba la cabeza y la mole del templo brillaba tenuemente, casi acogedora, pero la irradiación dispersa del sol moribundo bañaba las arenas en sentido inverso, con una opacidad impersonal y fría.
Aun así, Diana avanzó por la arena amarillenta, gruesa, y empezó a oír el canto lejano del aire encima de las dunas que iban levantándose en la distancia. No eran, sin embargo, dunas hijas de la furia de los vientos, sino grandes formaciones macizas y bajas, dispuestas allí por el capricho de un clima regular, cuyas modificaciones se sucedían muy de vez en vez, cuando ciertas tormentas azotaban el templo y el polvo cristalino, como una sílice empeñada en erosionarlo todo, adornaba los corredores y se incrustaba en las junturas de los bloques de piedra otorgándoles un aspecto fantástico.
La noche estaba a punto de caer y cerró los ojos temblando, para no ver cómo morían en el horizonte los últimos cendales del resplandor. De pronto se hizo un silencio extraño, lavado por la definitiva ocultación del sol, y Diana calculó, antes del advenimiento de las sombras, el rumbo que iba a conducirla hacia las dunas más próximas. Arriba las estrellas hacían su entrada con brillo discreto y supo que no habría luna esa noche. El aire aquietado parecía una gigantesca masa traslúcida, recorrida de modo intermitente por los rápidos gestos —palabras, voces ininteligibles— de una brisa sin origen preciso.
Su paso por la arena dejaba una huella medio barrida que le iba a servir de referencia para el regreso, pero el acto de regresar no era más que una noción limitada y vana, porque ida, regreso y estancia no significaban nada más allá de la mera ejecución de aquellas acciones tan nítidas y, al mismo tiempo, tan difusas. Sus pies desnudos marcaban el trazo del camino y escogió, de entre las dunas que encubrían el horizonte, una prominencia redondeada, pero de cresta filosa y curva. El roce del viento —amagos de naturaleza inteligente, como llegó ella a pensar mientras el miedo le crecía dentro— llenaba sus ropas de arena. Y aunque la noche comenzaba a enfriar, tomó la decisión de quitárselas y sacudirlas. Respiró hondo, miró hacia el templo —desdibujado a causa de la suspensión del polvo— y se encomendó a las fuerzas que la habían acompañado hasta allí, olvidada, por el momento, de las espantosas solicitaciones del aire.
Pero en la falda de la duna, suave y casi amable, había una especie de calor que manaba de su centro mismo. Tuvo esa impresión, que no significaba sino un deseo, o una conjetura. Cierta incandescencia en calma se conducía a través de la arena hasta llegar a la superficie, y entonces la falda se volvía generosa y acogedora. ¿Protegería ese calor su pobre vida, a expensas de aquel paraje apacible y riguroso? Pensó en las bestias de la noche, en las criaturas que brotaban de la tierra o que se formaban dentro del aire negro, y se sometió al absoluto del silencio, al absoluto oscuro de un territorio por el cual debía pasar y en el que todo acto era un signo.
El escritor abrió los ojos y vio la libélula iluminada con violencia, como si el voltaje hubiera subido. La habitación se hallaba más clara que nunca, a pesar de las sombras habituales de Villa Gema, y no sintió ruido alguno salvo los murmullos recoletos de las calles que bordeaban la casona por la parte de atrás. Se levantó, entró descalzo en el baño y abrió la llave del lavamanos. El agua corrió con un rumor bajo, como de regurgitación, y se miró al espejo. Comprendió que necesitaba afeitarse, arreglar su aspecto, y, al mismo tiempo, desechó la idea abatido por una pereza que se hallaba insólitamente ligada a las fichas recién escritas, huérfanas aún de la emoción en la que él ansiaba sumergirlas. La libélula refulgía quieta y fantasmal, como un pájaro muerto en mitad de su vuelo. El espejo le devolvía un rostro a punto de ser suyo, el rostro de quien se encuentra impelido a realizar un esfuerzo de cuyo fin conoce muy poco.
El agua fría lo despabiló y, al pensar en el café de Gema, en el inminente espectáculo de las tazas amarillas, estudió las ocasiones —ya que le resultaba imposible evitar el juego de la civilidad a escala menor— de recomponer su misantropía y su obsesión con el enmascaramiento de la intimidad. Fue entonces cuando decidió arreglarse la barba, darle al bigote algunos cortes para mantenerlo a raya y lavarse la cara y los brazos. Temía tropezar dos veces con las mujeres en la cocina —el agua caliente para su baño, la ceremonia del café— y pensó que una sola vez ya era bastante. Aunque no se creía capaz de confesar tales sentimientos públicamente, les temía a las tentativas de fisgoneo y a la curiosidad de la casera.
¿Por qué el desierto? ¿Porque era limpio, preciso, dueño de objetos austeros? Le parecía un sitio abstracto, pues cultivaba una impávida vecindad con algunas monocromías de vanguardia que a Alejandro no le decían absolutamente nada. Sin embargo, el desierto estaba vivo. Respiraba con prudente dilación y se dejaba acariciar por el aire caprichoso que habitaba en su mismo ámbito, sin salirse de allí, apresado por una suerte de simpatía solemne y juguetona. Excepto en los días de tormenta, cuando la acometividad y los desafueros no anhelaban expresar más que la metáfora de su furia, o de su fuerza, el aire —cristalino, esclarecido por la deserción del polvo— se hacía diverso y transformaba su ir y venir en mimos o ademanes que apenas tenían dónde mostrarse. Pero había una mujer. Una mujer sola que iba manifestándose allí como una pincelada móvil, y entonces el aire hacía lo suyo, con una coquetería difícil de explicar.
Diana llegó a la falda de la duna y un repentino cansancio la obligó a recostarse. La superficie parecía deleznable, pero poseía una consistencia muy práctica. En lontananza, emborronado por la compactación inmóvil de la atmósfera inferior, el templo dejaba de ser aquella masa imponente y llena de sentido para metamorfosearse en una mácula abstrusa a la que Diana debía renunciar. La falda de la duna la acogió bien, pero la arena dentro de la ropa continuaba siendo una molestia insoportable.
Cuando la noche terminó de abrir sus puertas, se desnudó por completo y trepó hacia la cresta. Allí la calidez se dispersaba con pujanza mayor. Hizo un bulto con la ropa y se lo puso debajo de la cabeza antes de tenderse y relajar los músculos. Las estrellas brillaban más, el cielo sin luna era más oscuro y los silbidos del aire dejaron de escucharse.
Al verla en la cima de la duna, blanca y expuesta, quieta y en apariencia subordinada a un sueño imperfecto, Alejandro se dio cuenta de que algo paradójico ocurría. La imagen estaba allí, trazada por él mismo dentro de esa curva profunda donde la conciencia es, de momento, un intervalo protector de quimeras lúcidas e instintivas. Sin embargo, se dejó ganar por la sorpresa —como si la desnudez de la joven no fuera cosa de él, o de su voluntad— y permaneció atisbando la escena. El cuerpo de Diana resaltaba sin brillo. El aire de la cima era menos denso y aun así ostentaba una quietud esencial.
El olor del café trascendió la puerta y llenó la habitación. Todavía no se había repuesto de la sorpresa que le causaba la visión de la chica entregándose a los peligros de la noche vacía, pero el café lo desataba de aquel ámbito —tan suyo y, al mismo tiempo, tan exótico— y lo hacía regresar a la casona, o más bien a lo que ella representaba para él. Gema estaría preparando ceremoniosamente un café digno de su juego nuevo. Se encontraría en su lugar de siempre, contenta por la rehabilitación de la estufa y, sobre todo, por la inminencia de un trance en sociedad, la pequeña y frágil sociedad de tres desconocidos.
Pensó en el modo en que iba progresando el tejido de sus vidas allí, tras el portón de Villa Gema, y volvió a experimentar aquel viejo y abstracto temor. Sin embargo, a pesar de todo, el portón era un objeto de firmeza secular y los cobijaba del estruendo, o de la desesperación del otro mundo, y les infundía una confianza cada vez mayor porque se alzaba de continuo entre ellos y la Ciudad Sumergida.
Magra sin ser macilenta, de una delgadez que distaba mucho de lo enjuto gracias a una apostura casi dibujada, Diana dormía envuelta en el calor de la duna. Y aunque entonces su cuerpo se deshacía en la distancia, Alejandro no dejó de percatarse del rastro dejado en él por la imagen de la joven. El rastro no pasaba de ser un tímido temblor, como el segmento final de un centelleo, pero se encontraba allí y no podía hacer nada para evitarlo. De hecho no estaba haciendo nada para desembarazarse de ese centelleo que expiraba dentro de su carne y sus venas, y sólo veía un rostro recién compuesto ante el espejo. El semblante y la mirada de quien acaba de salir de una cámara oscura en busca de una certeza.
Llena hasta la mitad, la ficha más reciente había adquirido la curvatura del rodillo. La extrajo, escribió con bolígrafo —de tinta roja— una frase que no debía olvidar, e insertó una ficha nueva. Tecleó durante un rato, sin interrupción, hasta que la ficha estuvo llena y saltó por sí sola fuera de la máquina. Se sintió, de momento, eximido de la culpa que nace en la presunción del tiempo perdido. Y pensó, al ver los renglones y las palabras, que tal vez Gema guardaba alfileres grandes y algún frasco de alcohol. Los tipos de la máquina ya estaban algo tupidos y algunas letras se habían marcado con un relleno fastidioso.
La temperatura de la sala ya era otra y los libros habían terminado de secarse. Diana estaba sentada en silencio en el extremo de la escalera, las rodillas muy juntas, semicubiertas por un vestido ancho de tela gaseosa, de color crema. Tardó unos segundos en descubrirla allí, tan inmóvil, absorta en una vigilancia que a él le pareció exagerada. En algunos libros la humedad había dejado arrugas incómodas, pero se trataba de un efecto inevitable que sólo el tiempo iba a remediar.
—Vamos a llevarlos a tu cuarto —dijo ella.
Reordenaron los volúmenes para trasladarlos con comodidad, y entre los dos los devolvieron al lugar que ocupaban antes, en la larga fila que él revisaba todos los días. El cuarto no se veía ordenado, en especial el exiguo ámbito de donde salía la escritura. Pero el marasmo de la iluminación, que se debía en parte a la hermética solemnidad de la libélula, le daba cierto orden a las cosas. Diana se dio cuenta de que el piso tenía polvo. El polvo hacía de las suyas y se incrustaba a causa de recientes humedades.
Fue cautelosa:
—Le he dicho a Gema que puedo ayudarla a limpiar.
No se dirigía a él, ni siquiera lo miraba, y sin embargo el comentario hacía valer su peso. Alejandro empezó a sonreír y condescendió a una sonrisa cabal.
—Mejor nos vamos a la cocina.
Antes de que él cerrara la puerta, ella dijo:
—La foto que me regalaste me gusta mucho.
Iba a comentar que aquella imagen deparaba algo vertiginoso e insólito, pero en Diana determinadas palabras no nacían con facilidad.
—Es tan extraña... —agregó.
Había mirado otra vez la imagen de la dama desnuda, con escarpines, peluca y guantes, echada como si tal cosa sobre la silla de estilo en aquel jardín tenue, casi incorpóreo, que parecía fluir dentro de sí mismo a pesar de hallarse confinado por el borde de piedras. Había escudriñado la foto, movida por una especie de recelo imposible de definir. Y había notado que en la dama desnuda, aun cuando se expresaba muy bien la ligereza del dormir, o del tránsito hacia el dormir, se configuraba además una expresión difícil, o imperfecta, o aberrante. En la cara de la mujer se había dibujado una remota aflicción que parecía brotar del hundimiento de sus párpados y el arranque de la boca. De modo que, si en efecto se encontraba dormida, el sueño podía deberse más al cansancio de la tristeza que a la fatiga producida por algún esfuerzo relacionado con su belleza y su desnudez.
—Sí. Es extraña —aseguró Alejandro.